Opiniones de un corrector de estilo: Los nombres de los personajes

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“El lector”, de Franz von Defregger. Fuente de la imagen

Opiniones de un corrector de estilo: Los nombres de los personajes

Algunos escritores creen que el retrato de personajes singulares empieza por la elección de apellidos ilustres, o al menos poco comunes, tanto que parecen haber sido encontrados en una guía telefónica tras una búsqueda afanosa. (No cito ninguno de estos apellidos para no herir sensibilidades heráldicas, aunque no es difícil encontrar numerosos ejemplos en la obra de muchos escritores españoles actuales). Tanto abolengo apedillista (todo sea por evitar los dignísimos Pérez, García o Fernández, denostados por muchos porque son demasiado comunes) me resulta artificial y le resta, en mi opinión, cierta verosimilitud a la obra. Pero no diré más, pues este asunto no deja de ser una cuestión estética, y donde hay patrón no manda marinero (y mucho menos el corrector de estilo).

Pero sí diré otra cosa: la combinación de ciertos nombres de personajes de grafía similar encierra un posible peligro: el de confundir al lector. Haciendo correcciones de estilo he llegado a recomendarle a algún que otro autor que se esforzara un poco en evitar nombres que son primos hermanos. Nunca me he topado en una misma obra con dos personajes femeninos que se llamaran Laura y Lara, pero sí con Roberto y Alberto, Lisa y Marisa, o María y Mario. Y aquí sí puede haber un problema, digo, porque el lector cree estar recibiendo información sobre Roberto, que apareció por primera vez –pongamos– en la página 23, cuando en realidad se trata de Alberto, cuya circunstancia conocimos en la página 40. ¿No sería mejor llamar a este último Pedro o Juan o Ismael en vez de Alberto? Si un personaje se llama Julián, ¿no sería mejor descartar para otro el nombre de Jaime (igualmente corto y que igualmente empieza por J) a favor de Ernesto? ¡Qué razón tenía Oscar Wilde cuando nos instruyó sobre la importancia de llamarse Ernesto!

(A nivel anecdótico: tuve un monitor de gimnasio al que llaman Rober –resulta paradójico– ¡porque se llama Alberto!).

En fin, aunque parezca un tema menor, los lectores agradecemos que los autores no nos compliquen la lectura con personajes que tienen nombres parecidos, pues al fin y al cabo hay un gran surtido donde elegir.

Y recuerda que Pérez, Gómez y González son apellidos tan dignos como otros cualesquiera. La singularidad de un personaje no se consigue solo con buscar apellidos extravagantes. Si fuera tan sencillo, todos seríamos grandes escritores (o al menos grandes autores de retratos literarios).

Francisco Rodríguez Criado es escritor y corrector de estilo.

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