Microrrelato de Nicolás Jarque Alegre: “Asegurando el futuro”

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La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí. El cuadro es conocido también como Los relojes blandos. Fuente de la imagen en Internet

ASEGURANDO EL FUTURO

(microrrelato)

Nicolás Jarque Alegre

Mis amigos jugaban con el balón, las canicas y la peonza o vivían aventuras a lomos de sus bicicletas mientras yo manipulaba el reloj que me regaló el abuelo. Un presente que me entregó la tarde lluviosa en que me subió al desván, después de prometerle que guardaría el secreto. A primera vista era simple, sin ornamentos que le hiciesen destacar, pero era –me confesó en un enigmático hilo de voz que dejaba pese a todo traslucir la emoción– ¡un objeto mágico! Con él, dijo el abuelo, cada vez más eufórico, podía administrar las horas, restar o sumar según necesitase, o incluso detener el tiempo. «Ha llegado tu momento», me susurró y continuó explicándome cómo había ido a parar a sus manos. «Fue en plena Guerra Civil, cuando el relojero del pueblo me lo confió y me reveló sus poderes antes de ser apresado por el temor de que cayese en poder de los militares. Y como nunca regresó, desde entonces soy el guardián del tiempo».

Cuando le pregunté al abuelo por qué me lo entregaba a mí, su respuesta me golpeó la conciencia. «Me muero y tú debes seguir mi cometido». No me permitió llorar, y, tras calmar mi corazón con un fuerte abrazo, me advirtió de que tendría que descubrir por sí solo el mecanismo del reloj, pues formaba parte de mi deber. A los pocos días la enfermedad postró su cuerpo a la cama como si de un vegetal se tratase y nunca más pude hablar con él.

Y hasta hoy, en que se cumplen veinte años desde que el abuelo nos dejó y treinta desde aquella tarde, el reloj me ha acompañado sin mostrarme ninguno de sus atributos. Aunque, eso sí, a diferencia de mis ociosos amigos, me he convertido en un meticuloso relojero capaz de distinguir que sus piezas son de fabricación china y la desorientación temporal de un abuelo que nació en 1944.

El autor

Me concibieron bajo la luna de Valencia, estudié cerca de los números y maduré con las letras. Todo eso y mucho más, soy yo.

«Tres líneas para definirte» me dijeron, y pensé que eran demasiadas para un microrrelatista, así que lo dejé en: soy ateo, valenciano y escribo.

De pequeño me decanté por los números y de mayor por las letras, y ahora no me resisto a combinarlos en historias numéricas.

Desde pequeño contabilizo palabras, que a veces la inspiración convierte en historias.

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