Características de la novela moderna

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Escritor Francisco Ayala. Fuente de la imagen

Características de la novela moderna

Releyendo fragmentos de una vieja edición del ensayo La novela: Galdós y Unamuno (Seix Barral, 1974), de Francisco Ayala, encuentro un pasaje interesante que alude a ciertas características de la novela moderna (que el autor denomina “cervantina”).

Transcribo un fragmento para los interesados en el tema:

“Una de las características de la novela moderna, o cervantina, por contraste con la novela de tipo tradicional, es que en ella la narración incluye perspectivas diversas, de donde le viene una cierta y buscada ambigüedad, imitación de la que presenta la vida humana misma. No se trata ya de un relato llano, en que la relación entre quien lo hace y quien lo escucha o lee es uniforme y siempre. Por otra parte, el interés no está centrado tanto en los acontecimientos referidos como en los personajes, quienes tienen a adquirir autonomía en el sentido de prolongar su existencia, como en línea de puntos, más allá del cuento, en el mundo exterior, dando la impresión de que dicho cuento no fuera sino un episodio conocido entre los muchos, posibles, que jalonan la carrera de una particular vida humana.


Para crear la ilusión poética de que sus personajes existen fuera del texto de la novela con un despliegue vital autónomo, pone en juego Galdós diferentes técnicas, algunas de las cuales vamos a examinar con referencia principal a la serie de Torquemada.

Por lo pronto hallamos que, en varios casos, inclusive el del protagonista, la presencia del personaje había sido establecida previamente en un plano secundario dentro de obras de otra imaginación. El recurso, como es bien sabido, procede directamente de Balzac, que lo había usado de modo sistemático en La comedia humana, por cuyos diferentes cuerpos narrativos transitan, con mayor o menos destaque, los mismos personajes. Y no hay duda tampoco de que la introducción y empleo consecuente y deliberado de este recurso en la literatura novelesca se debe al autor del Quijote, cuyas dos partes no sólo lo aplican con mayor riqueza imaginativa, sino que lo extienden hasta el punto de acoger en sus páginas a un ente ficticio procedente de obra ajena: el caballero granadino, que, desde el apócrifo, irrumpe en el mundo de nuestro don Quijote. Cuando publica Galdós su Torquemada en la hoguera, ya la figura había aparecido en El doctor Centeno, como prestamista modesto; en La de Bringas, con mayores alcances, y muy crecido en sus negocios en Fortunata y Jacinta. Al adoptarlo ahora para el papel protagónico, inicia Galdós la narración hablando con la voz del autor en primera persona: “Yo voy a contar cómo fue al quemadero el inhumano”, etc.

Y en el segundo párrafo nos dirá. “Mis amigos conocen ya, por lo que de él se me antojó referirles, a don Francisco Torquemada”. Indirectamente desde el punto de vista gramatical, pero de un modo bastante directo en la intención, habla ahora con sus lectores a propósito del personaje: “¡Ay de mis buenos lectores –exclama– si conocen al implacable fogonero de vidas y haciendas por tratos de otra clase, no tan sin malicia, no tan desinteresados como estas inocentes relaciones entre narrador y lector!”. Con esto se da por supuesto que, aparte del conocimiento de Torquemada adquirido por los lectores en las obras anteriores del autor, pudieran acaso conocerlo también en su condición de prestamista, es decir, fuera del campo de la ficción literaria en que autor, personaje y lector conviven. Imaginariamente, se intenta sacarlos a todos ellos, incluso al protagonista, del marco de la obra; o más bien, si se quiere, ensanchar éste para que dentro de él quepan a su vez el narrador y sus lectores; porque lo que en verdad se hace es ficcionarlos de modo definitivo, convirtiéndolos en personajes imaginarios que hubieran podido ser víctimas también ellos de los manejos del imaginario usurero.

De nuevo procura Galdós borrar los límites entre el mundo poético y la realidad cotidiana cuando, al dar cuenta de la viudez de Torquemada, dice con leve ironía cervantina: “Perdónenme lis lectores si les doy la noticia sin la preparación conveniente, pues sé que apreciaban a doña Silvia, como la apreciábamos todos los que tuvimos el honor de tratarla”, etc. Ya ahí el autor invita a ingresar con él dentro del campo de la ficción; pero pronto dará un paso aún más resuelto con referencia a Valentinito, el hijo de Torquemada. “Dos hijas le quedaron: Rufinita, cuyo nombre no es nuevo para mis amigos, y Valentinito, que ahora sale por primera vez”.

La novela: Galdós y Unamuno, Seix Barral, 1974, páginas 74-77.

El origen de la palabra “nivola”

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