Cuento breve recomendado: “Carta de adiós a un hermano”, de Inner, El Pendejo

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someonePrint this page
Fuente de la imagen
“Me encuentro casualmente en Internet con este texto anónimo que me llama la atención. Lo leo y lo releo, y me digo que es una hermosa carta escrita desde lo más profundo del corazón, una carta escrita como catarsis, descargo o desahogo, pero, sobre todo, con amor y sinceridad. ¿Es una ficción literaria o es expresión personal ante una dramática realidad? No lo sé, aunque me inclino por lo último. En el fondo, es lo mismo: para el lector, si un texto impresiona por su fuerza expresiva es “verdadero”, ya sea pura ficción o esté referido a la más cruda realidad. Así pues, esta carta merece estar en esta sección de cuentos recomendados por su categoría literaria, es decir, por su capacidad de conmover e impresionar”.
Miguel Díez R.

CARTA DE ADIÓS A UN HERMANO

(cuento)

Seudónimo: “Inner, El Pendejo”


Mi querido hermano, mi hermano del alma. Estoy bien, aunque un poco jodido por cómo ha ocurrido todo: la mala fortuna, los mazazos inesperados, los fatales errores. Ha sido un mal sueño acabado en pesadilla: desde que te detectaron un simple adenoma en la hipófisis, hace ya como cuatro años, hasta el día de tu muerte, tras ser ingresado en la UVI en estado terminal, cuando, en principio, estabas en el hospital solo para curarte una de tantas neumonías.
Cuando me dieron la noticia, bajé hasta el pueblo, descompuesto. Creí que me iba venir abajo al encontrarme con mamá, pero no fue así. Al verla llorando junto a tu ataúd, se me quitó todo y no derramé ni una sola lágrima durante los dos días de duelo. Si alguien se me acercaba compungido a darme el pésame, lo reconfortaba. Si me preguntaban qué tal estaba, decía que muy bien. Si me preguntaban qué tal habías sobrellevado la enfermedad, contestaba: “Como si estuviera más sano que tú y que yo”. Y no mentía, ¿verdad?
Eso sí, en la mañana del tercer día, después de que te metieran en la incineradora, al salir del tanatorio vi el humo de tu cremación saliendo por la chimenea del edificio. Entonces se me saltaron las lagrimas. No lo pude evitar.
Ester, tu mujer, se llevó la urna con tus cenizas a casa, y a mamá le dieron otra más pequeñita que ha puesto en el salón. Al día siguiente, Ester le explicó a tu hija que te habías ido para siempre y que cuando te echara de menos podía abrazarse a tu urna: así lo hizo, y después te fabricó un altar con folios pintados de colores. Está hecha un encanto.
A tu velatorio acudió muchísima gente. Algunos se sorprendieron de la multitud que se había congregado frente a tu casa para darte el último adiós. A mí, no. A mí, que ya desde crío tenía que soportar que nuestro dormitorio pareciera una consulta, de tantos amigos como tenías y tantas visitas como llegaban a todas horas, no me sorprendió para en absoluto. Yo sabía bien de tu popularidad e hipersociabilidad; sabía que tu teléfono era un sin cesar de gente llamándote para buscar consejo, consultarte alguna duda o pedirte algún favor: siempre entregado a los demás, incansablemente. De hecho, esperaba a más gente aún y supongo que algún que otro cabrón al que alguna vez le hiciste un gran favor no se dignó aparecer por allí. En cualquier caso, estuvo prácticamente toda la familia, todos tus amigos y todos los amigos de la familia. Ninguna ausencia significativa.
En la iglesia, cuando el cura terminó la misa, tus mejores amigos formaron un gran círculo alrededor de tu ataúd, cogidos de las manos, mientras uno de ellos leía desde el atril uno de tus textos favoritos. Fue muy emotivo.
Sandra, nuestra hermana, se tatuó tu nombre en el brazo a los pocos días de tu ida. Con ella, tu mujer y su sobrina, ya son tres las féminas que llevan tu nombre grabado en la piel. ¡No te quejarás, eh!
Mi querido hermano, mi hermano del alma. Quiero pedirte perdón por haberte rehuido algunas veces. Te volvías pesado, muy pesado, cuando pretendías guiarme en la vida. Habías asumido el papel de padre de todos los hermanos ya desde que éramos niños, y yo con papá y mamá tenía más que de sobra en ese aspecto. Así que a veces te evitaba porque me agobiabas. Porque en el fondo yo era tan terco, orgulloso e independiente como tú; pero a mi manera: más callado y menos rebelde. Quiero pedirte perdón por haberte esquivado cuando me recordabas mis obligaciones con la familia y, sin embargo, no haber dudado un instante en llamarte cuando necesitaba ayuda o favores por cualquier motivo. Fui a veces ingrato y muy egoísta, lo reconozco.
Quiero que sepas, no obstante, que casi todo lo que he hecho durante este último año lo he hecho para contentarte. Exactamente desde que hace un año y pico supimos que tu problema no solo estaba en la hipófisis, sino que además tenias un cáncer de timo que te estaba comiendo las entrañas y buscándote las glándulas del cuerpo para extenderse.
Me puse en el peor de los casos y empecé a despedirme de ti. Por eso publiqué mi libro deprisa y corriendo, aun cuando faltaba por terminar e incluir el relato más importante, sólo para que lo tuvieras en tu estantería, dedicado a ti.
Por eso en julio me fui a Barcelona contigo, a ver a U2, sin pensármelo dos veces. Te dije que no tenía muchas ganas de ir pero que iba a hacerlo para que María, mi ex, dejara de recriminarme el que nunca la llevara a ninguna parte. Mentira. Fui porque no sabía si iba a tener otra oportunidad de pegarme un viaje contigo. Y no debía de haberlo hecho, ya que había previsto entregar mi Proyecto Fin de Carrera en septiembre y al irme una semana perdí tutorías que me eran imprescindibles, gasté un dinero que necesitaba para otras cosas, y prescindí de un tiempo de trabajo que después eché de menos.
Da igual, fui para estar contigo. Todavía guardo en mi móvil el mensaje que me mandaste en mitad del concierto, desde la otra punta del Camp Nou, mientras Bono cantaba y se balanceaba agarrado al micrófono colgante como un puto mono de feria.
Después, en agosto y septiembre, las pasé putas, muy putas, para acabar el proyecto a tiempo. A veces me planteaba entregarlo al año siguiente, más tranquilamente, pero me torturaba la idea de que durante aquellos meses de retraso a ti te pasara algo y te fueras sin ver a tu hermano convertido en todo un Ingeniero de Caminos. Por eso iba a toda pastilla, sin descanso, trabajando de 16 a 18 horas diarias. Quería darte una alegría y -por supuesto- que dejaras de darme el coñazo con el tema de la carrera.
Y entonces fue cuando, a tres días de entregar el proyecto, me llamaste para contarme que te habían detectado metástasis en el cerebro y que aquello no tenía cura. Perdí los nervios. “¡Deja ya de jugar a la ruleta rusa!”, te grité, “¡Te estás jugando la vida y no te enteras!”. Una autentica gilipollez por mi parte de la que me arrepentí segundos después. Lo siento. Supongo que estaba resentido contigo porque en su día, cuando supuestamente sólo tenias tumores benignos en la hipófisis, no aceptaste la ayuda de Alberto, nuestro hermano, que te ofreció dinero para que fueras a otra parte a hacerte otras pruebas. Él, y otros en la familia, ya habían empezado a desconfiar del diagnóstico de los médicos, que no conseguían atajar tus desajustes hormonales ni librarte del síndrome de Cushing. Aquello te podría haber salvado la vida: podrían haberte detectado el cáncer de timo a tiempo y entonces aún estarías entre nosotros. Obviamente ya era tarde, demasiado tarde, para reprocharte nada; así que ese día me juré no volver a recriminarte nada, absolutamente nada: ni de lo que habías hecho ni de lo que habrías de hacer después.
Por eso recientemente te defendí cuando en la familia se lamentaron con amargura de que te fueras comiendo las neumonías una detrás de otra por no cuidarte convenientemente después de las sesiones de quimioterapia, cuando andabas con las defensas por los suelos. Volvías del hospital, tras una operación o una sesión de quimio, y te faltaba tiempo para salir a la puta calle, como si no tuvieras nada, para visitar a tus amigos y tranquilizar a todo el que se preocupaba por ti. Porque tú siempre estabas bien, así te rajaran las entrañas veinte veces y te las volvieran a coser otras tantas. Bueno, eran tus últimos meses de vida y tenías derecho a vivirlos como te saliera de las pelotas. Además, ¿quién iba a cambiarte? Ni el cáncer ni nadie, por supuesto.
Se lamentaban de que no te hubieras cuidado mejor para haber vivido más. ¿Más, para qué? ¿Para terminar agonizando en vida? ¿Para consumirte lentamente? Tú no te merecías eso -no te merecías nada de lo que te ha ocurrido, pero muchísimo menos eso-, así que, aunque tu muerte me haya pillado con algunas deudas que saldar contigo, me alegra que te hayas ido ya. Porque nadie, menos aún tú mismo, habría soportado verte postrado en un infierno de morfina y lamentos. Te fuiste de improviso una noche, con la metástasis comiéndote ya los pulmones, y el día antes, a esas mismas horas, estabas en la cama, bromeando y zampándote como un glotón la asquerosa comida que sirven en el hospital. No podía ser de otra manera tratándose de ti.
Para terminar, quiero que sepas algo que seguramente te desagrade oír: estos últimos meses han sido los peores de mi vida. Ha sido horrible, asquerosamente horrible, tener que hablar contigo sobre tus esperanzas de vida o sobre la evolución de tu enfermedad, como el que hablaba de fútbol o de mujeres. Horrible el fingir que me tomaba el asunto con la misma naturalidad que tú demostrabas. Horrible el simular que tu estado no me afectaba para no hacerte sentir mal. Y es que yo nunca tuve tu fortaleza, lo sabes bien. En cualquier caso, lo he hecho lo mejor que he podido.
Mi querido hermano, mi hermano del alma. No sabes cuánto me ha costado escribir estas líneas, pero ya está hecho. Para decirte algunas cosas que no te pude decir en vida. Y para que el mundo sepa de tu existencia, para perpetuar tu memoria más allá del espacio que pisaste, para que quien quiera oírme sepa que se puede sobrellevar un cáncer con la cabeza bien alta, aun cuando la parca te aceche sigilosamente, trampeando el camino y lanzándote zarpazos mortales por la espalda, siempre a traición. Has demostrado que llevabas en las venas toda la casta de los “chatos” y que te sobraba ánimo y entereza para regalar incluso en las peores circunstancias. ¡Chapeau! Siempre me sentí muy orgulloso de ti. Ahora, muchísimo más.
Gracias por todo. Por servirme de ejemplo para tantas cosas. Por todo lo que te has ocupado y preocupado por mí. Por todo lo que me has dado, por todas las veces que me has empujado hacia adelante, y por todo lo que me has enseñado…, aunque tu última lección no sea fácil de asimilar: que la vida es un puto mojón de mierda que uno tiene que tragarse como buenamente pueda.
Me queda el consuelo de haber visto destellos de eternidad cuando te levantabas todos los días dispuesto a vivir como si te aguardaran mil años de existencia. Porque la inmortalidad eras tú cuando estabas vivo.
Tu luz brillará en la retina de todos los que te conocieron.
Un fuerte abrazo adondequiera que estés.

Seudónimo: “Inner, El Pendejo”. 
 

narrativa_newsletterp

Artículos relacionados

Deja un comentario