Cuento breve recomendado “Un asunto vulgar”, de Arkady Avérchenko

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Arkady Avérchenko
Escritor Arkady Avérchenko. Fuente de la imagen

Estamos en San Petersburgo, en 1908, y Archady Avérchenko, la principal figura del movimiento satiriconiano, lee el manifiesto donde amenaza a la sociedad con revelar todas aquellas mentiras y bajezas que imperan en la vida social y política. Arkady está serio, parece molesto, y su voz se alza en medio de aquellos que están acostumbrados a reír con sus escritos y no han percibido, en ellos, ni la más mínima cuota de agresividad. Y es que la lectura a la que comúnmente se sometió este autor, –y que lo llevó a ser el escritor ruso más leído de su época–, acostumbraba seguir rutas establecidas desde una perspectiva distinta, cegados con el brillo de la dinámica y el humor de sus textos, y dejaba de lado quizá lo más importante en sus escritos: el objeto y objetivo de aquella risa. El sonido hueco y oscuro que se escondía en aquellas carcajadas.

La venta de sus libros, por lo demás, –a pesar de continuos exabruptos en reuniones donde parece atacar, siempre tras una sonrisa, a los distintos asistentes–, sigue incrementándose, a la vez que la cantidad de libros publicados es cada vez más abundante, tanto así que en los diez años siguientes a la lectura del manifiesto podemos encontrar más de 40 libros de relatos, sin considerar los pequeños textos para revistas y otras numerosas obras teatrales igualmente exitosas.

Sorprende también encontrar en esa gran abundancia, una variedad de temas casi igual de abismante, historias que ocurren en distintas realidades, en diversos niveles sociales y que encuentran en la naturaleza humana su punto común, el pozo oculto donde Arkady arroja sus carcajadas y las recoge impregnadas de algo que es también la sustancia de otros escritores, que han quedado en la historia como poseedores de una profundidad que a Avérchenko no se le reconoció, a pesar de que está presente de forma transversal prácticamente en todos sus escritos.

Hugo Rivas

UN ASUNTO VULGAR

(cuento)

Arkady Avérchenko (Rusia, 1881-1925)

La víspera de Navidad.

El frío era muy intenso, el viento atacaba furioso las casas y los árboles y no perdonaba a los transeúntes, que hacían todo lo posible para librar de sus ataques las mejillas, la nariz y la frente. Cuando se cansaba de callejear, se encaramaba sobre los altos edificios, en busca de un campo de acción más despejado, más abierto, y daba rienda suelta a su furia salvaje, rugía como un león, saltaba de tejado en tejado, se colaba por las chimeneas.

El novelista Dojov y el pintor Poltorakin marchaban por la acera, cubierta de nieve, envueltos en buenos abrigos.

Iban a una fiesta infantil que se celebraba aquella noche en casa del editor Sidayev, y pensaban con placer en la grata velada que les esperaba en los ricos y tibios salones, ante el árbol de Navidad, rodeados de niños felices, alegres.

El frío arreciaba.

—Es muy difícil escribir cuentos de Navidad —decía Dojov—. O hay que desarrollar un asunto vulgar, o pintar una serie de horrores más vulgar aún…

De pronto se detuvo y volvió la cabeza hacia las gradas de una casa de la acera opuesta, medio cubiertas de nieve.

—¡Mira! ¿Qué es eso?

—¿El qué?

—Ese bulto, en las gradas… A la derecha, en el fondo… Los dos amigos se acercaron y vieron acurrucado en el rincón a un muchacho.

—¿Qué haces ahí?

—¡Eh, chico! ¿Qué haces ahí, a estas horas?

El muchacho se removió, y surgieron de entre los andrajos que le cubrían una manecita roja de frío y una cara de ojos brillantes, mojados de lágrimas. Debía de tener ocho o nueve años.

—¡Me muero de frío! —balbuceó, castañeteando los dientes.

—¡No es extraño! —comentó, compasivo, el pintor—. Mira qué miserables harapos…

El novelista se inclinó, pensativo, sobre el muchacho.

—¡Poltorakin! —preguntó con acento solemne—. Esta noche es Nochebuena, ¿no?

—Sí; Nochebuena.

—Pues… ¡ya ves!

—Sí; ya veo…

El novelista señaló al chiquillo.

—¿Te has hecho cargo…?

—¿De qué?

—¡Qué torpe eres! ¡Éste es el niño que se muere de frío!

—¡Vaya una noticia!

—Éste es el famoso muchacho que se muere de frío en Nochebuena —añadió el novelista, en el tono de un hombre que acaba de hacer un importante descubrimiento científico—. ¡Hele aquí! ¡Por fin lo veo con mis propios ojos!

El pintor se inclinó también sobre la pobre criatura.

—¡Sí, no hay duda —dijo, examinándola atentamente—, es él en persona! Mañana es Navidad, si no mienten nuestros calendarios… Y no deben de mentir, cuando Sidayev nos ha invitado…

—Quizá haya por aquí algún árbol de Navidad encendido. Eso completaría el cuadro. La música, la sala iluminada, los alegres gritos de los niños en torno del árbol y, a algunos pasos de distancia, un pobre muchacho muriéndose de frío…

—¡Mira! —gritó el pintor—. En aquella casa, en la de la esquina, en el cuarto piso, la cuarta, quinta y sexta ventanas están muy iluminadas… Allí hay, seguramente, un árbol de Navidad iluminado.

—¡Entonces, todo está en regla!

—¿Qué?

—Que parece un cuento de Navidad… ¡Es curioso! He leído y hasta he escrito una porción de cuentos sobre el tradicional muchacho que se muere de frío en Nochebuena; pero no lo había visto nunca.

—Sí; se abusa un poco de ese asunto. Basta abrir en estos días cualquier periódico para tropezarse con un muchacho helado, protagonista de una narración sentimental.

—Desde hace algunos años suelen leerse también, en estos días, sátiras más o menos ingeniosas de tal abuso; pero esas sátiras también se han hecho ya vulgares. Ningún escritor que se respete se atreve a servirse, ni en broma ni en serio, del tradicional muchacho.

—Sí; es verdad… Si contamos en casa de Sidayev que acabamos de ver a un muchacho muriéndose de frío, como en los cuentos de Navidad, no nos creen.

—Se echan a reír.

—Se burlan de nosotros.

—Se encogen de hombros.

—No; más vale no contarlo. ¡Un niño que se muere de frío! ¡Qué vulgaridad! Es una cosa que no puede tomar en serio ninguna persona dotada de un poco de gusto literario.

—Figúrate —dijo el novelista— que se encuentran a esta criatura unos obreros, unos hombres toscos e iletrados, que no han leído nunca cuentos de Navidad. Se la llevan a su casa; le dan de cenar, le iluminan de, quizá, un arbolito… Y mañana se despierta en una cama limpia y caliente, y ve inclinado sobre él a un obrero de hirsuta barba, que le sonríe con ternura…

El pintor miró al novelista con ojos burlones.

—¡Caramba, qué improvisación! ¡A que acabas por escribir algo sobre el tradicional muchacho!

El novelista se rió, un sí es, no es avergonzado.

—Sí; le he dado rienda suelta a mi imaginación. Pero ¡no!… ¡Dios me libre! Detesto todo lo vulgar. ¡Vámonos!

—Pero… ¿vamos a dejar helarse a este niño? Podíamos llevarlo a algún sitio donde pudiese entrara en calor y cenar…

—Sí, sí —repuso, irónico, mordaz, el novelista—. Y mañana se despertaría en la camita caliente y vería inclinado sobre él el rostro barbudo… como en los cuentos de Navidad.

Estas sarcásticas palabras azoraron mucho al pintor, que no se atrevió a insistir.

—Bueno; como quieras… Sigamos nuestro camino. Y los dos amigos se alejaron, reanudando la conversación interrumpida. Sus voces fueron apagándose en la distancia. El muchacho se quedó solo, acurrucadito en el rincón, y la nieve siguió cubriéndolo…

El pobre no sabía que era —¡picara suerte!— un asunto vulgar

Cuentos, trad. N. Tasin, Madrid, Espasa-Calpe, 1977, págs. 148-151

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