plumas estilográficas

Cuento breve de Paloma González Rubio: ¡Que le corten la cabeza!

Decano Henry Liddell. Fuente de la imagen

¡QUE LE CORTEN LA CABEZA!

(cuento)

Paloma González Rubio

Desde la ventana de las dependencias superiores del decanato Alicia vio aproximarse la silueta del reverendo Do-do-Dodgson, que se hacía reconocible a medida que acortaba la distancia hasta la puerta principal. Era inconfundible con su figura un poco encorvada, como anclada al suelo; un pájaro melancólico incapaz de alzar el vuelo, víctima fácil del apaleamiento. Un buscador de tesoros subterráneos. Una especie acabada.

Do-do-Dodgson –era evidente– se dirigía cabizbajo al decanato, como si este fuera un patíbulo. Como no podría dar respuesta a las preguntas del juicio sumario que iba a celebrarse contra él, poco iba a importar la manera en la que preparase sus respuestas. Parecía resignado a la condena.Alicia se apartó de la ventana y miró desesperanzada las puertas de la habitación en la que la habían confinado, todas ellas cerradas. No había escapatoria.

Imaginó que una de esas puertas, como en un cuento, le permitiría refugiarse en un jardín encantador, un jardín que se abría a un muelle sobre el Támesis, en el que esperaba amarrada una barca en la que podía surcar las aguas y dejarse llevar por la corriente… El día era nublado y amenazaba tormenta, pero el viento abría claros en las nubes y, a ratos, el sol hacía que la superficie del río destellase con un brillo azogado, que le devolvería el reflejo de sus ojos, como las fotografías que Charles, el reverendo Do-do-Dodgson, le había hecho algunas tardes.


Se sorprendió llorando quedamente. “¡Qué curioso!”, pensó, y al momento se escuchó reprenderse, como si una Alicia perfectamente juiciosa estuviera en la misma habitación que ella. Una Alicia que era ella y a la vez era ya otra y tenía la voz y los ojos de los adultos: “De nada sirve llorar así”, le decía con un tono que no admitía réplica.

Lo cierto era que ya estaba cansadísima de tanto llorar. Esta vez –lo sabía– no encontraría una llave que abriese la puerta al jardín soñado de la infancia. Le esperaba un castigo ejemplar. No sabía muy bien por qué ni qué había hecho mal, pero no era tan cría como para ignorar que las malas acciones, las que alteran a los adultos, tienen consecuencias.

Había leído varias historias muy bonitas de niños que fueron quemados vivos o devorados por bestias salvajes y demás cosas desagradables… Y todo por resistirse a recordar los sencillos preceptos que le habían sido amorosamente inculcados. Como la prohibición de no dar a nadie detalles de la vida doméstica, ni reproducir las conversaciones y acciones de los mayores que se oyen por casualidad, ni decir que han perdido la compostura y menos aún mostrarlo. Ella era culpable y esta vez no se iba a librar por los pelos.

En el piso inferior se oía a su madre recibiendo al reverendo y la voz severa del decano Liddle que aguardaba en la puerta de su despacho con una cortesía gélida e indicaba al reverendo que pasase.

La voz de su madre, un poco apurada siempre, como si se esforzase en beberla para decrecer, era siempre idéntica. Era la voz que, al despertar de sus peores pesadillas, le susurraba con una sonrisa triste, que pretendía tranquilizarla: “Con el tiempo, ya te acostumbrarás. Hay muchas cosas que tú no sabes, la verdad sea dicha”. Una voz que apenas variaba sus inflexiones cuando acunaba a uno de sus hijos o cuando ejercía de reina de su casa. Su cabeza siempre parecía peligrar y procuraba ser prudente para no avivar la ira de la cocinera, tan temible como la del propio rey.

Alicia suspiró. Desde hacía tres días las horas de luz se irían acortando progresivamente. Lo sabía porque lo había aprendido en sus lecciones: solsticio. El momento que marca que los días crezcan o mengüen se llama solsticio. El de verano, el del mes de junio, marca el punto álgido de luz desde el que se inicia el camino a la oscuridad.

Eso, que podía parecer terrible, no dejaba de parecerle ahora una perspectiva halagüeña: significaba que las horas de felicidad en la barca propulsada por Duck, y con las barbillas puntiagudas de Lori y Edith clavadas en sus hombros, como picos de aves inoportunas, iban a extinguirse de todas formas, por mucho que ella intentara inmortalizarlos pidiendo más y más tardes como aquella.

Definitivamente que los días se acortasen era una buena idea. Así se haría vieja mucho antes y hacerse vieja significaba, sin duda, que llegaría antes a un sitio del que no tendría que moverse. Al menos le evitaría el desconcierto de caminar desorientada por territorios desconocidos y, como un solo año, a sus once de edad, se le hacía eterno, consideraba sin desagrado la oportunidad de reducirlo. Y, además, había otra cosa: tan habituada estaba Alicia a que sólo le ocurrieran cosas extraordinarias, que le pareció de lo más soso y estúpido que la vida siguiera su curso normal, precisamente a partir de esa tarde en la que nunca más podría repetirse el té tras unas horas de remo y paseos al aire libre, aunque a veces hubiera momentos que prefería que no hubiesen sucedido.

A Alicia le pareció que había pasado mucho tiempo desde que oyó las voces de su padre, de su madre y del reverendo Do-do-Dodgson al pie de la escalera, tras la puerta de la habitación en la que permanecía encerrada, cuando las voces de sus hermanos y la institutriz que regresaban de su paseo rompieron el silencio. Todos pasaron de largo frente a su puerta, como si ignorasen que ella estaba allí, cuando lo sabían perfectamente.

En la planta baja la puerta del despacho volvió a abrirse y resonó la voz, siempre alta y resuelta de su padre, que zanjaba el asunto que le ocupaba con formalidad:

–Bueno, quizá vea usted las cosas a su manera. Lo que es indudable es que la mayoría las ve de otro modo. Verdaderamente, si cada cual se ocupara de sus propios asuntos, el mundo giraría mucho más deprisa de lo que va

–E-e-eso es ci-cierto, deca-ca-no Liddle –replicó con un hilo de voz el reverendo Dodgson-. To-to-do esto ha sido un grave ma-ma-lentendido. ¿Qué les ha di-di-cho la pequeña?

No… ella no ha dicho nada. Se queda pensativa. Se le olvida hablar. –La voz de la señora Liddle se apaga, sin duda ante la mirada reprobadora del decano.

Sin duda eso quiera decir algo. –Concluyó el decano.

–E-ella, como ya les he dicho u-una y otra vez, sólo me dijo que había a-aprendido a no quejarse cuando se cae por las escaleras y se hace verdaderamente da-daño. Y yo le de-desabroché el ve-vestido porque me pareció que al caerse de la ra-rama se había lastimado seriamente. Su semblante se alteró. Se puso pá-pálida. Era indudable que sentía do-dolor. Quería co-comprobar que estaba bien. Aliviarla. Ya entienden. Es-estando ba-bajo mi responsabilidad… Y me asusté al ver las mar-marcas de golpes y e-ella me explicó.

–Bien, reverendo, es eso lo que ha sucedido y no necesita de más aclaración. Debe comprender, de todos modos, que este asunto, unido a su afición a retratar a niñas de corta edad, ha desatado las murmuraciones y que lo más sensato y honorable es… distanciarnos –digámoslo así– hasta que las aguas vuelvan a su cauce. Con discreción. Sin dar pábilo a las lenguas de los ociosos.

–Por su-supuesto que es lo más sensato. No les volveré a im-im-importunar con mi pre-presencia, naturalmente. No saben có-cómo siento todo este lamentable malentendido y lo que va a afectar a nu-nuestra amistad de ahora en adelante. Lo com-comprendo. Lo comprendo. Ninguno de no-nosotros puede ver comprometida su po-posición por un incidente fortuito.

Alicia, que podía oír con claridad el fin del encuentro, se asustó enormemente.

Todos estaban locos.

¿Y ahora? ¿Cuál es cuál?” No comprendía cómo era posible que uno y otro, su padre y el reverendo, se fingieran inocentes. Veía al primero con la vara que azotaba su cuerpo, el semblante del otro reconociendo con avidez las marcas más ocultas impresas por la vara en la piel, desabrochándole el vestido bajo los árboles y en su estudio. “Es por tu bien”, decían uno y otro. Y ambos habían llegado a un acuerdo que la excluía y silenciaba su dolor. De modo que ese era el castigo: agrandar su culpa y minimizar su presencia. Hubiera preferido que le cortaran la cabeza.

Ambos pretendían ser como los dos lados de la seta: uno la hacía crecer, el otro menguar. Sí, pero, ¿qué lado? ¿Cuál de los dos es cada lado?

* Este relato de Paloma González Rubio, redactado con motivo del II Encuentro de Escritores por Ciudad Juárez, fue leído el 1 de septiembre de 2012 en la librería Traficantes de Sueños (C/ Embajadores, 36, Madrid, España), en un acto similar al que se vivió en ciento veinte ciudades de más de veinte países y tres continentes.

Leer entrevista con Paloma González Rubio

Paloma González Rubio nos recomienda el cuento “El nadador”, de John Cheever

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