Cuento breve recomendado: “Las medias rojas”, de Emilia Pardo Bazán

Monumento a Emilia Pardo Bazán, en La Coruña. Fuente de la imagen

 

Emilia Pardo Bazán representa un papel importantísimo en la aceptación del término “cuento” a causa del gran número y del alto valor artístico de sus producciones en este género. Es interesante señalar la opinión que del cuento tenía doña Emilia: « El cuento será, si se quiere, un subgénero, del cual apenas tratan los críticos; pero no todos los grandes novelistas son capaces de formar con maestría un cuento». El genio de los cuentistas, en este caso de Pardo Bazán, reside en la habilidad para presentarnos, en un mínimo espacio, algo que refleje intensamente la condición humana. En el cuento lo importante, lo esencial, es la intensidad. Hay que captar el momento adecuado de la existencia. Los cuentos reflejan las escuelas literarias en que nacieron y el tipo cambia con el tiempo. En la época de nuestra autora, el estilo es denso y compacto; la trama se adelanta de manera sistemática. Este cuento se caracteriza por sus propósitos morales y un énfasis de las costumbres populares y la vida cotidiana. Llegados a la época realista-naturalista, encontramos numerosos cuentistas que influirán en la autora, como Maupassant o los hermanos Goncourt, pero sus cuentos siempre tendrán su propio sello de identidad”.

Cristóbal Navarro

[Este cuento incluye un comentario, al final, de Luís Martínez González]

LAS MEDIAS ROJAS

(cuento)

Emilia Pardo Bazán (España, 1851- 1921)

Cuando la rapaza entró, cargada con el haz de leña que acababa de merodear en el monte del señor amo, el tío Clodio no levantó la cabeza, entregado a la ocupación de picar un cigarro, sirviéndose, en vez de navaja, de uña córnea color de ámbar oscuro, porque la había tostado el fuego de las apuradas colillas.
Ildara soltó el peso en tierra y se atusó el cabello, peinado a la moda “de las señoritas” y revuelto por los enganchones de las ramillas que se agarraban a él. Después, con la lentitud de las faenas aldeanas, preparó el fuego, lo prendió, desgarró las berzas, las echó en el pote negro, en compañía de unas patatas mal troceadas y de unas judías asaz secas, de la cosecha anterior, sin remojar. Al cabo de estas operaciones, tenía el tío Clodio liado su cigarrillo, y lo chupaba desgarbadamente, haciendo en los carrillos dos hoyos como sumideros grises, entre lo azuloso de la descuidada barba.
Sin duda la leña estaba húmeda de tanto llover la semana entera, y ardía mal, soltando una humareda acre; pero el labriego no reparaba: al humo, ¡bah!, estaba él bien hecho desde niño. Como Ildara se inclinase para soplar y activar la llama, observó el viejo cosa más insólita: algo de color vivo, que emergía de las remendadas y encharcadas sayas de la moza… Una pierna robusta, aprisionada en una media roja, de algodón…
¡Ey! ¡Ildara!
¡Señor padre!
¿Qué novidá es ésa?
¿Cuál novidá?
¿Ahora me gastas medias, como la hirmán del abade?
Incorpórase la muchacha, y la llama, que empezaba a alzarse, dorada, lamedora de la negra panza del pote, alumbró su cara redonda, bonita, de facciones pequeñas, de boca apetecible, de pupilas claras, golosas de vivir.
Gasto medias, gasto medias repitió, sin amilanarse. Y si las gasto, no se las debo a ninguén.
Luego nacen los cuartos en el monte insistió el tío Clodio con amenazadora sorna.
¡No nacen!… Vendí al abade unos huevos, que no dirá menos él… Y con eso merqué las medias.
Una luz de ira cruzó por los ojos pequeños, engarzados en duros párpados, bajo cejas hirsutas, del labrador… Saltó del banco donde estaba escarranchado, y agarrando a su hija por los hombros, la zarandeó brutalmente, arrojándola contra la pared, mientras barbotaba:
¡Engañosa! ¡Engañosa! ¡Cluecas andan las gallinas que no ponen!
Ildara, apretando los dientes por no gritar de dolor, se defendía la cara con las manos. Era siempre su temor de mociña guapa y requebrada, que el padre la mancase, como le había sucedido a la Mariola, su prima, señalada por su propia madre en la frente con el aro de la criba, que le desgarró los tejidos. Y tanto más defendía su belleza, hoy que se acercaba el momento de fundar en ella un sueño de porvenir. Cumplida la mayor edad, libre de la autoridad paterna, la esperaba el barco, en cuyas entrañas tantos de su parroquia y de las parroquias circunvecinas se habían ido hacia la suerte, hacia lo desconocido de los lejanos países donde el oro rueda por las calles y no hay sino bajarse para cogerlo. El padre no quería emigrar, cansado de una vida de labor, indiferente a la esperanza tardía: pues que quedase él… Ella iría sin falta; ya estaba de acuerdo con el gancho que le adelantaba los pesos para el viaje, y hasta le había dado cinco de señal, de los cuales habían salido las famosas medias… Y el tío Clodio, ladino, sagaz, adivinador o sabedor, sin dejar de tener acorralada y acosada a la moza, repetía:
Ya te cansaste de andar descalza de pie y pierna, como las mujeres de bien, ¿eh, condenada? ¿Llevó medias alguna vez tu madre? ¿Peinóse como tú, que siempre estás dale que tienes con el cacho de espejo? Toma, para que te acuerdes…
Y con el cerrado puño hirió primero la cabeza, luego el rostro, apartando las medrosas manecitas, de forma no alterada aún por el trabajo, con que se escudaba Ildara, trémula. El cachete más violento cayó sobre un ojo, y la rapaza vio, como un cielo estrellado, miles de puntos brillantes envueltos en una radiación de intensos coloridos sobre un negro terciopeloso. Luego, el labrador aporreó la nariz, los carrillos. Fue un instante de furor, en que sin escrúpulo la hubiese matado, antes que verla marchar, dejándole a él solo, viudo, casi imposibilitado de cultivar la tierra que llevaba en arriendo, que fecundó con sudores tantos años, a la cual profesaba un cariño maquinal, absurdo. Cesó al fin de pegar; Ildara, aturdida de espanto, ya no chillaba siquiera.
Salió fuera, silenciosa, y en el regato próximo se lavó la sangre. Un diente bonito, juvenil, le quedó en la mano. Del ojo lastimado, no veía.
Como que el médico, consultado tarde y de mala gana, según es uso de labriegos, habló de un desprendimiento de la retina, cosa que no entendió la muchacha, pero que consistía… en quedarse tuerta.
Y nunca más el barco la recibió en sus concavidades para llevarla hacia nuevos horizontes de holganza y lujo. Los que allá vayan, han de ir sanos, válidos, y las mujeres, con sus ojos alumbrando y su dentadura completa…

Por esos mundos, 1914
Cuentos completos. Cuentos de la tierra, edic. Juan Paredes Núñez, La Coruña, Fundación “Pedro Barrié de la Maza Conde Fenosa” 1990, T. III, págs. 195-197.
 
Comentario
La novelista gallega Emilia Pardo Bazán, durante un tiempo máximo exponente del Naturalismo de Zola en España, es autora, además de sus conocidas novelas –Los pazos de Ulloa, La madre naturaleza, La tribuna, etc, de más de seiscientos cuentos. Los escribió de todos los tipos: amatorios, policíacos, eróticos, populares, gallegos, religiosos… Algunos de ellos, muy breves, son auténticas joyas literarias.
Este es el caso del relato que nos ocupa, “Las medias rojas”, apenas ocupa dos páginas, pero resulta un ejercicio literario que fascina al pensar la facilidad que puede llegar a tener un escritor para crear una historia.
En él se nos presenta a Ildara, una muchacha gallega que, atraída por la fiebre del oro americana, se propone embarcarse con ese rumbo para lograr un porvenir mejor. El ‘gancho’ le ha prestado el dinero y ya lo tiene todo preparado. Pero, como le ha sobrado algo, su coquetería la lleva a comprarse unas medias rojas. Éstas serán el desencadenante de su desgracia. Al percatarse de ellas su padre, el tío Clodio, sospechando que ha obtenido el dinero por medios poco honestos, le propina una paliza que le provoca un desprendimiento de retina. La joven no sabe qué es, pero sí que en esas condiciones no podrá cumplir su sueño.
El relato es una muestra de la realidad gallega de la época: en esa tierra, la emigración en busca de huir de la miseria siempre ha estado muy presente. Incluso, durante un tiempo, era la única salida que quedaba a sus habitantes. Pardo Bazán, por tanto, desea denunciar esta situación. Para ello, presenta a una muchacha pobre, perteneciente al pueblo, y ello otorga al relato otra de sus cualidades: es una muestra de folclorismo gallego, pues en él vemos representado el habla de la zona –“la hirmán del abade”,”ninguén”, “los cuartos”-, sus costumbres e incluso lo que comen. Por algo la autora tituló el volumen en que aparece esta narración Cuentos de la tierra.
Otra circunstancia que llama la atención es la ingenuidad de aquellas pobres gentes que pensaban que en las Américas el dinero corría por las calles –“los lejanos países donde el oro rueda por las calles y no hay sino bajarse para cogerlo”, muestra de su sencillez y que explica que se decidieran a emprender tamaña aventura. En suma, nos encontramos ante una brevísima narración, de factura magistral, y que podría figurar en cualquier manual de redacción literaria ejemplificando cómo debe escribirse un cuento.
Luís Martínez González

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