Cuento breve recomendado: “Paternidad responsable”, de Carlos Alfaro Gutiérrez

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Padre e hijo en la playa. Fuente de la imagen

 

“La gloria del cuento es la brevedad. Hacer impacto. Si en esa brevedad el verbo se hace carne, sale un cuento maravilloso. Y siempre tiene algo de misterio. Se debe encontrar una sobriedad que no quite expresividad. En realidad, nadie sabe lo que es un cuento. Al que cree saberlo, se le nota, porque hace un mal cuento”
Medardo Fraile

 

[Este cuento incluye un comentario, al final, de Blanca Ballester]

 

PATERNIDAD RESPONSABLE

(cuento)

Carlos Alfaro Gutiérrez (España, 1947)

Era tu padre. Estaba igual, más joven incluso que antes de su muerte, y te miraba sonriente, parado al otro lado de la calle, con ese gesto que solía poner cuando eras niño y te iba a recoger a la salida del colegio cada tarde. Lógicamente, te quedaste perplejo, incapaz de entender qué sucedía, y no reparaste ni en que el disco se ponía rojo de repente ni en que derrapaba en la curva un autobús y se iba contra ti incontrolado. Fue tremendo. Ya en el suelo, inmóvil y medio atragantado de sangre, volviste de nuevo los ojos hacia él y comprendiste. Era, siempre lo había sido, un buen padre, y te alegró ver que había venido una vez más a recogerte.
Granos de mostaza, Madrid, Ediciones Internacionales Universitarias, 2000, pág. 32.
Comentario
Comenzar a leer el cuento de Alfaro puede costarnos un nudo en la garganta a las víctimas de nuestros propios recuerdos, a los que la nostalgia nos hace ver a nuestro padre en el tipo sentado justo delante en el autobús, en el señor que compra el periódico en el quiosco de esa esquina, en el conductor parado a nuestro lado en el semáforo. Muchas veces se me ha encogido el estómago al reconocer una calva familiar, al ver un andar parecido, al creer oír una voz que ya no hablará para este mundo; muchas veces mi corazón ha querido saltar de alegría mientras que mi razón me repite lo que ya sé y me niego a creer. Después, muchas horas e incluso días después del reencuentro que no fue tal, mi corazón sigue enturbiado y en mi mente dudo lo indudable, como el protagonista del cuento.
Sin embargo, en el cuento de Alfaro la visión, por una vez, no es una alucinación. El protagonista (al que parece estársele explicando el porqué, como si lo hubiera olvidado por el atropello) ve a su padre, “más joven incluso que cuando murió”, en la acera de enfrente. Noqueado por la imagen (“lógicamente”), avanza inconsciente por la calzada, en donde un autobús lo embiste. En el paso entre la vida y la muerte comprende que su padre, una vez más, viene a recogerlo, esta vez de la vida, para acompañarlo y estar con él.
Es increíble la maestría con la que Alfaro condensa en un cuento breve, brevísimo (lo que dura un segundo de confusión y un atropello; casi una foto, una instantánea) una tan intensa emoción, revelación y esperanza. Y, sin embargo, no hay ni una nota de sentimentalismo, cosa que el lector, desorientado ya desde la primerísima frase (“Era tu padre”) agradece. Además, “Paternidad responsable” no permite resumen; cualquier intento de contarlo es más largo y menos efectivo que el cuento mismo; no le sobra ni le falta una palabra. Hay que leerlo.
El autor juega con la ambigüedad de manera delicada y perturbadora. Cierra el cuento y a la vez lo deja abierto; la puerta de par en par a preguntas, interpretaciones y debates transcendentales al tiempo que los aparta, o más bien los ignora, con elegancia. La historia que retrata es una de amor, de muerte y de fantasmas, y el final es feliz y triste a la vez porque no hay un final: es la historia del último segundo de la vida, del primero de la eternidad y del amor de un padre por su hijo, que une y traspasa a ambas.
Para todos los que hemos tenido un buen padre, que se ha ido joven, y para todos los que lo hemos visto alguna vez en retales de otras personas, el cuento de Alfaro es un trago agridulce, un brindis a las alucinaciones de la nostalgia, e incluso, por qué no, una razón para creer en un reencuentro tranquilo, sin lágrimas ni sentimentalismos, cuando todo haya terminado. Todo, menos el amor.
Blanca Ballester

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