Cuento de José Luis Ibáñez Salas: 1-2-1 de Pan Am

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Avión entre nubes. Fuente de la imagen

1-2-1 DE PAN AM 

José Luis Ibáñez Salas

El avión de su hermano estará ya despegando, y pronto le alejará tanto… El silbido acaba de estallarle en el oído, y el manotazo le recuerda su hombro dolorido y le traslada a la escalinata donde el frío abraza a la multitud que le rodea. Gritos en medio de lo que hasta hace unos segundos era un silencio doloroso y adormecedor, tan brumoso que le permitía pensar en el viaje hasta California de Richard, que será en Norteamérica más Richard que nunca, por cierto. El militar bajito le sobrepasa y ya solo ve la espalda del granito de una guerrera inmaculada, recia como recia es la figura de aquel hombre que manda callar mientras avanza hacia las voces que siguen gritando indignadas. Estará Richard ya cerrando sus ojos acostumbrado al vuelo y a las nubes. Y lo está aunque el libro que ha abierto hace todo el esfuerzo posible por tenerle en el vilo de la vigilia. Pero se duerme, sí, mientras los cielos que atraviesa le sumen en la dicha del sopor.

Se escucha la respiración del sacerdote que está a su lado, y hasta el aliento del clérigo le llega amortiguado por el frío que sale de las bocas de cuantos asisten inquietos al espectáculo del teniente general avanzando hacia las voces, porque es un teniente general, ahora lo reconoce, aunque hace ya varios segundos que le ha desplazado, enérgico, como ocultando las credenciales estelares de tan alto empleo castrense. Tras él, el ministro intenta seguir al decidido caballero que continúa chistando a quienes ya sólo emiten gruñidos de selva y hacia los cuales se encamina chulesco, despiadado. El ministro lleva puestas unas gafas de sol, apenas puede seguir los andares del anciano militar, tal es el gentío que cierra tras los pasos del teniente general una coraza para el amparo de lo que va a ser la escena y el vilo que atrapa a cuantos asistían al funeral, a otro funeral, son ya tantos. Cuánto tardará en dejar de echarme de menos mi hermano, se pregunta en el breve instante en que lo que ocurre a su alrededor se ha detenido en medio de la nada que sigue siendo esa mañana en la ciudad de un millón de muertos.

Despierta sobre el inmenso mar de aguas terribles y da con el libro en el suelo, ahora su acompañante en el asiento de al lado puede ver laverdadsobreelcasonosequé y el apellido Mendoza, poco antes de que Richard recoja lo que es sí una novela, la novela que él le ha recomendado e incluso le ha regalado esa misma mañana antes de despedirse en la puerta de la casa paterna, la casa de sus juegos de niños, la de sus peleas de hermanos, ya tan vacía y tan inmensa, la casa de la que ha salido hace una hora para llegar a su recién estrenado trabajo en un despacho de Serrano hasta el que no ha podido acceder porque unas calles antes le ha cerrado el paso el gentío silencioso pero torvo que es ahora gentío excitado y es una llama. Y la canción Hermano que te vas a California suena otra vez en el reproductor de cintas a cassette que es su cabeza, que es cada una de las cabezas de los dos hermanos, del que vuela y del que asiste impresionado al silencio repentino logrado por el viejo militar rodeado de amenazantes miradas de odio pero de admiración a lo que el anciano representa más que a lo que el anciano es, un traidor a los ojos de muchos de cuantos le han abierto paso y ahora enmudecen como señalando al principal causante del alboroto indisciplinado.

Es el océano un cielo y es un océano el cielo surcado por el avión donde Richard comienza a escribir unos versos automáticos inspirados por las canciones de Serrat que le recuerdan tanto a su hermano pequeño, su hermano que ahora estará sentado frente a un escritorio leyendo alguno de los originales, uno de los manuscritos que dará en ser o tal vez no uno de los libros que publica la editorial Punto de Vista, donde la semana pasada comenzó a trabajar gracias a su amistad con Lopo y al interés de éste por contar con Ramiro, unos versos que muy poco se parecen a los versos de las canciones de Serrat.

Única
inmejorable en su mesa de café
con el pelo a lo garsón
un amor una vida
y una vida en las entrañas
y un amor sin su paraguas
Única
en la verdadera noche
con el pelo de chico travieso
una vida un amor
y un amor en las entrañas
y una vida sin un paraguas

Posa el bolígrafo sobre el cuaderno cerrado ya con el poema en su interior, solitario como el paraguas que Richard no sabe de dónde ha podido salir, él que no es hombre de paraguas pero sí hombre de versos y de cuadernos repletos de poemas sin publicar, inéditos bien lo sabe él, tan inéditos como esa vida a la que va a su encuentro allá en aquella California donde como canta el cantante nunca llueve, al menos en su Sur, en su Sur que le aguarda. 1-2-1 de Pan Am dice la canción cuando le parece ver al anciano teniente general sufrir una torpe llave de judo que pretende derribarle pero sólo logra hacer de quien la lanza un monigote disfrazado de gallardo militar y del viejo un héroe de otro tiempo, resistente en su talla de valeroso defensor de la dignidad mancillada por las hirientes frases ya enmudecidas.

Todo vuelve a su ser helado en aquellas escaleras todavía atestadas, de las que ya se ausentan los gritones encabezados por su cabecilla con la cabeza baja. Y ahora sí escucha perfectamente a alguien próximo decir del viejo teniente general “joderconelGuti” en una sola palabra a mitad de camino entre el elogio y el insulto, entre la admiración y la falta de respeto. Y ahora vuela… Y ahora vuela a diez mil metros sobre el mar. Pensando en ella… Queriendo llegar. Y ahora vuela, vuela…

…..

José Luis Ibáñez Salas

[Fuente: Anatomía de la Historia]

“Nací el año que mataron a Kennedy. Que ya ha llovido. Decir que desde pequeñito me gustaron los libros y que por eso me hice editor sería faltar a la verdad. No del todo. Pero la faltaría. Comencé a ser algo parecido a un editor cuando en 1991 ¿o fue en 1990? disfruté del privilegio de trabajar a las órdenes de Ricardo Artola en la indispensable Enciclopedia de Historia de España que dirigía su padre, Miguel Artola, maestro mío en las aulas de la Universidad Autónoma de Madrid y maestro asimismo de este que firma en aquellos días de aprendizaje de los entresijos de la edición.

Tal vez cosas así contribuyeran a que Santos Rodríguez me ofreciera en 2008 dirigir la colección Breve Historia que enseñorea su catálogo de Nowtilus y que cuatro años más tarde Ramiro Domínguez contara conmigo para dirigir los nuevos proyectos con los que está dando un nuevo impulso a su prestigiosa editorial, Sílexy me publicara en 2013 mi primera obra historiográfica, El franquismo.

Ah, y los libros de texto que en McGraw-Hill y en Santillana dejan constancia de mi labor también deberían de aparecer aquí. Y aparecen. Y no me olvido de mis cinco años, los que transcurrieron entre 1995 y 2000, al frente del área de Historia de la Enciclopedia Multimedia Encarta de Microsoft, ni de los muchos que hasta su desaparición dediqué a asesorar, escribir y colaborar de todas las maneras posibles en una obra pionera y malhadada”.

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