Cuento de José Luis Ibáñez Salas: Secretos

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Estación de metro. Fuente de la imagen

SECRETOS

(cuento)

José Luis Ibáñez Salas 

En el andén de la estación no hay nadie. Solo ella. Se diría que, en el de enfrente, un muchacho joven la observa. No sería para menos. Su llanto desconsolado apenas maltrata su hermosa presencia morena. Al contrario. La ilumina muy a su pesar.

Él parece decidido a volver sobre sus pasos y encaminarse hacia el banco donde la chica solloza. En efecto, se dirige hacia el túnel que le eleva por encima de las vías que aun les separan. Ella ha dejado de verlo ya. Para ser más exactos, le habría dejado de ver si le hubiera mirado porque probablemente no haya reparado en el muchacho. Aunque…

Se acerca a ella, se sienta en su mismo banco, pero la muchacha se levanta, tal vez asustada. O simplemente molesta porque la vean llorar. La sigue observando, ahora ve su espalda y su culo y sus piernas, las piernas que asoman por una falda del color de los sueños. Se levanta porque en un instante eléctrico parece que ella se va a sentar en el borde del andén dejando sus piernas balanceando sobre los raíles del suburbano.

De pronto, le suena su móvil. A la chica. Estalla la festiva Almost saturday night del inmortal John Fogerty, brevemente. Tan brevemente que a penas le da tiempo al muchacho a reconocer el punteo dichoso de la guitarra del gran Fogerty. La ve hablar con alguien a través del minúsculo aparato. La escucha decir estaba muerto. Y nada más. Parece que la conversación solo fluye del lado oculto, del que él no puede oír nada, de aquél reservado para la escucha anonadada de ella. La atenta escucha que ha aparcado al llanto.

Un escalofrío lento y corto. Insignificante como escalofrío. Ese tipo de escalofrío le ha recorrido a él la espina dorsal durante lo que no podríamos establecer si han sido dos o tres segundos. ¿Cinco? No, cinco son ya muchos.

Ella ha descendido a las vías del tren suburbano, del metro. Al principio, el chico cree que ha bajado para rescatar el pequeño móvil con el que estaba hablando. No. Ella avanza hacia el interior del túnel por el que tal vez progrese a su vez el convoy que esperaba. Ella. La muchacha que ahora tiene la falda sucia, de una suciedad no dañina, más bien aun presentable. Y su belleza se pierde en la oscuridad de la noche inesperada.

Hace años, él apenas tendría seis, no más, viajaba con su madre en un metro abarrotado el día 5 de enero. El de la Cabalgata de Reyes, la grande, la que pasaba por el centro de su ciudad. El gentío era tal que las puertas de su vagón se cerraron cuando aún no había entrado en su interior su madre. Pero sí él. Y el tren arrancó. Y él viajaba rodeado, apretado, comprimido, a la altura de las cinturas de los adultos. Sin su madre.

Al llegar a la siguiente estación, la señora que le había intentado tranquilizar, en vano, le recordó lo que ya le había anunciado nada más partir el tren, sin su madre. Que la esperarían en la siguiente estación… Y el próximo tren llegó a los tres minutos. Fiel, más que puntual. Trayendo en su interior a su madre. Trayendo a su madre y depositando en el andén no solo a su salvación sino la aversión incontrolable a las muchedumbres y a los túneles y a la soledad en medio de la multitud.

Y ahora, él persigue a una muchacha a través de la negra superficie penetrable del interior de las tripas de la ciudad subterránea.

No puede verla a ella. Ni escucharla. Y lo extraño es que no se acerque ningún convoy. Lo extraño y lo aterrador por su propia posibilidad múltiple.

La chica se ha detenido cuando aun la luz mantiene un atisbo de su decisiva importancia, de su necesaria y vital cercanía tranquilizadora.

Y él… Él casi no puede contener sus ganas de regresar hacia el andén y en pos de la luminosa presencia del falso día bajo el asfalto.

La sensación de peligro que no le había visitado al escuchar la conversación a través del móvil le abate ahora que se acerca a lo que intuye es algo más que el aura de ella. Le abate, le trastorna y le retiene. Pero al mismo tiempo le consiente no dar media vuelta y enfrentar la vía de la luz que aun sigue a su espalda difusa y atractiva. Atractiva como la chica que no es más que una sombra en las sombras, una silueta sin límites en medio de la noche oscura del alma de la ciudad.

Un sonido de torbellino tranquilo, inanimado comienza a llenar todo. El túnel es el absoluto. Y el trueno es cada vez más reconocible como caballería de metal andante. Ella sigue detenida pero ahora se ciñe a lo que debe de ser la pared del hueco. Él se queda paralizado sin saber dónde está, sin saber qué hacer. Aterrado. Suspirando.

El bramido es falso, porque cuando los vagones circulan a menos de un metro de sus cuerpos postergados casi no escuchan sino sus propios corazones. Ella el suyo, él el de él. Y la noche vuelve a crujir silenciosa.

La muchacha es solo un llanto renovado y sin angustia, como una letanía asumida. Eso es lo único que el chico sabe de ella en esos instantes en que el túnel es profundo y lóbrego, de una frialdad exasperante.

Como solo sabemos de ella a través de los ojos de él, creemos que su avance es decidido y la imaginamos serena en medio de la angustia. Él no puede ahora más que intuir en el silencio negro los pasos que ella da hacia la nada.

Si el chico fuera capaz de contener su pánico podría dar rienda suelta a su fantasía para atraer hacia sí la esencia de la muchacha tras de la cual camina aterrado. La esencia y los días del pasado de ella que han conducido a este penoso caminar entre las vías invisibles para un tren subterráneo que de un momento a otro volverá a mandar nuevos vagones.

Ella. Baja las escaleras del metro corriendo, despreocupada del movimiento y de la contundencia de los vuelos de su falda que ponen al descubierto sus muslos. Está a punto de caer y sigue llorando, tal y como lo lleva haciendo desde que media hora antes haya sentido el cuerpo abandonado, muerto junto al que yace.

Un nuevo fogonazo de luz la obliga a pegarse a la pared del túnel y a convertir su mano izquierda en una visera. Detrás, el chico escucha desbocados los latidos de su propio corazón y pierde por un momento el control hasta olvidar dónde apoyarse para apartarse ante el ímpetu de la máquina y su séquito articulado.

El conducto por el que transitan ella sin saber que alguien la sigue y él sin saber en pos de quién va es ahora un codo que no permite que aparezca ni un atisbo de color distinto de la negra trama solo difuminada levemente por el móvil de la chica que también sirve de lumbre tenue al muchacho perseguidor.

Vuelve la imagen de su madre agachándose para besarle llorando en medio de un andén sin sitio. En medio de la desolación derrotada, de los restos del terror ante el abandono y la pérdida, ante lo desconocido. Y él tropieza ahora no sabe si con una traviesa o con qué demonios… Cae, la chica se gira hacia atrás apuntando con su móvil como si el telefonito fuera un arma o al menos una linterna contundente y no es nada, solo una llamita que no la informa de qué ha pasado atrás. Una rata, piensa. Y eso la pone los pelos de punta y la hace acelerar, torcerse un poco el pie izquierdo y abandonarse ya sí al llanto sin recato pero sin sonidos.

No podemos saber qué hace ella o sí porque para eso estamos aquí, para conocer. Conozcamos pues cómo anda con una ligera cojera agraciada, cómo solloza sin amargura y usa la manga de su blusa para limpiarse los líquidos que emanan de sus ojos y de su naricita, cómo empieza a temer que la luz breve de su telefonito empiece a avisarle de que su batería está en las últimas.

Un túnel es como el interior de una ballena que nos haya tragado. Un no lugar. La tripa de un monstruo bonachón, repleta de diablillos que no se sabe de dónde te van a llegar. Y la oscuridad.

Si el chico mirase a su izquierda, también a su derecha, de hecho el andén derecho lo tiene más cerca, podría admirar… si la oscuridad casi absoluta se lo permitiera, una estación. Una estación abandonada. De paredes de mosaico, como hace años, como hacía décadas ella misma las exhibía lustrosas orgullosa, para nada. Un fantasmal museo sin visitantes, ajeno al tiempo y casi al mismísimo espacio, que la chica se ha detenido a mirar asombrada, olvidando las lágrimas y los mocos. Él se detiene y mira a la muchacha mirar al lugar detenido más que ningún otro lugar que él conozca.

Ella trepa por el borde del andén más cercano. Se encarama sobre su suelo y camina por él en dirección a una de las salidas. Entonces, el muchacho comprende que la chica no se ha detenido casualmente por asombro para admirar sorprendida la abandonada estación de suburbano. Ella sabía hacia donde iba cuando comenzó su escapada a través del túnel. Sabe hacia dónde se aproxima.

La falda está ya rota y asemeja la chica una rediviva Jane, la chica de Tarzán, del Tarzán de las películas de Weissmuller y aquellos tarzanes que ninguno de los dos ha visto jamás en pantalla alguna. La blusa, remangada desde hace rato, tiene el mismo colorido de la falda, como si en su delicada elegancia sin afectación ella hubiera adaptado a las vicisitudes que trasiega su apariencia intrépida.

¿Y el chico? Al chico no le queda más que encaramarse sobre el andén fantasmagórico para continuar con su persecución silenciosa. Olvidado del miedo que aun le habita, él camina cojeando tal vez por imitación del ligeramente andar desgarbado que ella aun usa aunque cada vez con más donaire.

Piensa en el cadáver aun cálido, desnudo y preparado sin éxito para el sexo, aun presa del deseo. Piensa y le vuelve el llanto. El llanto que ya la ha borrado la pintura de los ojos con que trazó al salir de la casa nuevamente su apariencia de alguienquepasabaporahí. El llanto que el muchacho escucha ahora atento, muy atento porque el móvil se ha apagado y no sabe ninguno de los dos qué luz les sirve de faro enano para acercarse hacia lo que deberían de ser las taquillas de la estación cerrada hace tantos años.

No hay salida. ¡Cómo no sospechó que si la estación llevaba cerrada unos treinta y cinco años la salida estaría sellada desde dentro! Sellada, como si fuera… una tumba.

Sé que me estás siguiendo.

Las palabras retumban en la moderna cueva. Hacen daño, su sonido más bien es el que lo hace. A él doblemente. Antes que nada le asustan, luego siente el mismo dolor que ella al recobrar el ruido su potencia tras tantos minutos de inopia silente. Pero enseguida la voz de ella le produce un encantamiento ante el que lucha por no rendirse.

Quería protegerte.

Se escucha a sí mismo decir esas dos palabras pronunciadas sin demasiados miramientos, sin reflexión alguna, como se dicen las verdaderas palabras.

¿Por qué? ¿Quién eres tú?

Asustada, parece asustada. Y él se queda sin aliento cada vez que la escucha. Enciende su propio móvil ahora que ya no importa delatarse.

Quería protegerte porque me asustó que saltaras a las vías.

Buena explicación, piensa. Pero ella insiste en su prevención.

¿Quién eres?

Dispone de poco tiempo pero su mente va tan deprisa que se formula a sí misma esa profunda pregunta. ¿Quién soy?

Soy…

Y el rápido tronar de unos vagones trepidando un poco más abajo, en el andén solitario y vacío, adormece hasta el asesinato la frase que tal vez él no llegue a pronunciar cuando, en un estallido violento y casi sin sonido, las luces de la estación muerta brotan de repente desde los techos altos de la cavidad.

Un amarillo nada resplandeciente, más bien mortecino y antiguo inunda la sala donde la chica y el chico se miran atónitos y desconcertados. Exhaustos. También exhaustos por los recientes avatares que han trasnochado el uno en pos de la otra, la otra detrás de un destino que aun ignoramos.

A la chica le han desparecido el interés por la procedencia y las razones del joven para perseguirla a través de la noche del metro madrileño. Al chico le ha sobrevenido un apresto con el que no contábamos, el tipo de resolución que uno imagina en el héroe de un cuento.

No hay rastro de lágrimas ahora en la cara de ella. Sorpresa, sorpresa sí que manifiesta su rostro.

¿Y ahora qué hacemos?

Es como si ella hubiera asumido la compañía necesaria de él y no fuera ya capaz de proseguir con su huida o lo que sea sin la determinación que acaba de exhibirle solo con sus gestos y la forma de sus posturas de hombre.

Es ahora el momento de la acción o es el momento de la palabra. Él se acerca a la joven para acrecentar la tranquilidad que sabe la transmite. Para incluso tocarla, rozarla al menos. Decirle su nombre y escuchar el suyo.

Nuevamente el suave terremoto de un tren que pasa por la estación sin que los viajeros lo sepan. Y llega el momento de la acción pues el de la palabra ha renunciado a su derecho.

Ella le coge de la mano y le grita que corra, que le ayude a buscar el pasadizo que ha de llevarles al Paraíso. Él se deja hacer. Se deja hacer pero, aunque el miedo ha desaparecido y el arrojo se ha apresado de sus pulsos, no se siente del todo tranquilo aunque sí seguro de que la seguiría hasta el final del mundo, hasta el final de sus propios días. Los de él.

Su madre muerta llega un momento a su cabeza para susurrarle el soniquete con que le alecciona desde que decidió que el mundo no era un lugar inhóspito gracias a ella. A su madre.

No pienses, haz. No dudes, actúa. Usa tu mente, usa tu sangre.

Su madre le ha hablado, mientras ella, la chica, ni le mira mientras camina a un paso muy rápido, casi en una carrera como la que ha dado comienzo a esta aventura nueva. La aventura del valor.

Le dice que vaya más rápido, pero verdaderamente va tan rápido como ella, de hecho en ocasiones, sin soltarle la mano, la antecede y él mismo marca el ritmo. Avanzan por un pasillo iluminado que les muestra anuncios publicitarios de cuando ellos aun no habían nacido. De marcas que desconocen, pero también de productos que envueltos de una manera menos atemporal ellos mismos han consumido o han visto consumir.

Se atreve incluso a preguntarla de qué huye. Sin respuesta. Sin éxito. Ella solo le mira como diciéndolo no es el momento. No quiere ocultarlo, solo que no es el momento. De hecho, eso es lo que le dice sin detenerse, siguiendo apremiándole.

No es ahora el momento para que te responda a eso. Ayúdame y te habré ayudado, decía una canción que escuchaba en el tocadiscos de mis padres.

Ayúdame y te habré ayudado.

Conocía él también esa canción. Pero a tu lado, se llamaba. Podría tararearla en esos instantes alborotados. Y de hecho eso es lo que hace. Se detiene y se suelta de la mano de ella. La mira, se tapa los ojos con una mano, y comienza a desplegar un play back indolente. Y se mueve, se mueve al ritmo imaginario y al dictado de sus labios cantarines, incluso sensual. Y ella le contempla arrobada por la delicia del ensalmo provocador de sus caderas y de su voz entusiasta.

La cueva excavada en el suelo de Madrid es ahora la cueva donde los hombres aprendieron a ser hombres. A contarse historias. A danzar y a cantar la vida. A negar y a afirmar la frase por excelencia de la dicha humana. Solo se vive una vez. Nacemos, crecemos, morimos. Vivimos. Disfrutamos. Sufrimos. Disfrutamos. Morimos. Desaparecemos. Pero, en medio, durante nuestra caminata erguida y apasionada, deudora de las cosechas y de la confianza de los otros seres humanos, en medio… Nos emocionamos los unos con los otros. Nunca nosotros solos. Nadie ríe o llora por sí mismo. Nadie disfruta en soledad. Sin nadie.

Ayúdame y te habré ayudado, la canta mirándole a los ojos, mientras ella no recuerda qué es lo que hace ahí, detenida en el centro de un larguísimo pasillo surrealista, no irreal, con unas irresistibles ganas de que ese espectáculo no cese jamás. De que el muchacho a quien no ha visto antes alargue hasta el infinito su baile y su canción, su sentimiento único, indescifrable y aun así pertinente, insustituible.

Los Secretos. La chica ha recordado el nombre del grupo que cantaba la canción. Y lo grita. Él prosigue con su baile y su manera enternecedora de cantar. Y asiente con los ojos cerrados.

Otros vagones circulan debajo de ellos. Pero no los oyen. Solo existen los dos. La chica con la falda asilvestrada y el muchacho enérgico y sensible.

¿De qué huyes?

La magia ha cesado. Y la pregunta asoma por la boca del chico ante la mirada atónita de ella. Huir. ¿Está huyendo de algo? Ella misma se plantea así su vicisitud. Huye de un amante muerto. De un amante a quien no amaba. De un cadáver. Huye del terror a un futuro siniestro. Y eso mismo está dispuesto a contarle.

Huyo de un futuro…

Él escucha a la muchacha tiznada decir esa frase inacabada, inacabable tal vez o más bien perfecta. Si obviamos los puntos suspensivos que él, claro, no puede ver. El futuro nos persigue. A él le persigue desde que hace una hora decidió que su futuro, al menos el inmediato, fuera el de la chica que lloraba y se echaba a las vías del tren del suburbano de su ciudad para… Para huir del futuro.

Y el Paraíso. Ella le ha hablado de que hacia allí se dirige.

¡Ojalá no sea el nombre de un bar porque me voy con ella, vaya a donde vaya!

 

José Luis Ibáñez Salas

[Fuente: Anatomía de la Historia]

“Nací el año que mataron a Kennedy. Que ya ha llovido. Decir que desde pequeñito me gustaron los libros y que por eso me hice editor sería faltar a la verdad. No del todo. Pero la faltaría. Comencé a ser algo parecido a un editor cuando en 1991 ¿o fue en 1990? disfruté del privilegio de trabajar a las órdenes de Ricardo Artola en la indispensable Enciclopedia de Historia de España que dirigía su padre, Miguel Artola, maestro mío en las aulas de la Universidad Autónoma de Madrid y maestro asimismo de este que firma en aquellos días de aprendizaje de los entresijos de la edición.

Tal vez cosas así contribuyeran a que Santos Rodríguez me ofreciera en 2008 dirigir la colección Breve Historia que enseñorea su catálogo de Nowtilus y que cuatro años más tarde Ramiro Domínguez contara conmigo para dirigir los nuevos proyectos con los que está dando un nuevo impulso a su prestigiosa editorial, Sílexy me publicara en 2013 mi primera obra historiográfica, El franquismo.

Ah, y los libros de texto que en McGraw-Hill y en Santillana dejan constancia de mi labor también deberían de aparecer aquí. Y aparecen. Y no me olvido de mis cinco años, los que transcurrieron entre 1995 y 2000, al frente del área de Historia de la Enciclopedia Multimedia Encarta de Microsoft, ni de los muchos que hasta su desaparición dediqué a asesorar, escribir y colaborar de todas las maneras posibles en una obra pionera y malhadada”.

 

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