Cuento breve de José Manuel de la Huerga: Cuento de Calvino metido en una botella

Cuento breve de José Manuel de la Huerga

Le he hecho una entrevista a José Manuel de la Huerga sobre SolitarioS (Menoscuarto, 2013), un libro que reúne dos novelas cortas (Ultramarinos El Pez de Oro y Naipe de señoritas). Y mientras responde a mis preguntas le he pedido un cuento breve que nos vaya abriendo el apetito. José Manuel me ha enviado “Cuento de Calvino metido en una botella”, que podéis leer a continuación. 

CUENTO DE CALVINO METIDO EN UNA BOTELLA, un relato corto de José Manuel de la Huerga

Estas palabras parecen comprensibles. Digo, cada día amanece más temprano, y todo el mundo asiente, hace un gesto de aprobación, los más extrovertidos, de alegría, con palmada en la espalda, con abrazo.

Pero no es cierto. Todo es pura apariencia. Entiende mejor mi discurso un bebé que gorjea que un adulto en su plenitud intelectual.

Es cuestión de perspectivas. Hablo desde el otro lado del espejo, desde la raíz bajo tierra de un árbol centenario, y cada una de las palabras que utilizo, en este lado de mi país de nieblas, tienen un significado nuevo, diferente, aunque no lo parezca. Por tanto, de todo lo dicho hasta ahora mismo nadie ha entendido una sola palabra. Aunque parezca lo contrario.

Las claves son complejas. Acaso pueda atribuirse a una voluntad de ocultamiento, de desmarque del discurso oficial, un perpetuo anhelo de celebración del triunfo de la rebeldía adolescente, tan romántica, contra un sistema patriarcal antediluviano. (M Kgo en’l lenguaGe y naide s’da Kwenta).

O también encuentre su razón de ser en un uso críptico, enrevesado, originado en un tiempo de guerra y espionaje, y mantenido por inercia y abandono. Encontrado luego, tiempo después, por mí al azar, dada mi vocación mercenaria.

Como no podía ser de otra manera, entre varias razones de importancia, el amor despunta como una de las más sobresalientes, y estas palabras no esconden ni más ni menos que una declaración de amor, interlineada, a la joven de gafitas ovaladas, pelo lacio y labios carnosos que estudia cada tarde tras la ventana que hay frente a la mía. Otra religión, otro estatus social y rivalidades familiares hacen impensable una relación oficial. Acudamos a manejos arteros para sellar nuestro encuentro prohibido.

No podemos olvidar la hipótesis de la construcción de un universo fantástico con lenguaje propio y cuyo mecanismo semántico más característico podría ser la aplicación de la conocida fórmula: palabra+7. Es decir, que la verdadera clave de este texto debe ser transcrita, diccionario en mano, sumándole rigurosamente siete más del listín léxico a cada una de las aquí escritas.

Por último, y sin ánimo de agotar las posibilidades, infinitas, no olvidemos la siguiente sutil elucubración de vértigo: otro mundo paralelo a éste, donde se utiliza en apariencia un mismo lenguaje, de igual sonido y significado idéntico, pero que por ser paralelo, es decir, otro, debe tener algo diferente, mínimo, minúsculo, imperceptible, y todos sus habitantes lo sospechan, y no se atreven a decirlo, no sea que dejen sus vidas en ello. Nunca lo descubrirán, porque es tan evidente que no lo ven. Y lo que es más triste, no aguantarán vivir bajo esa presión, esa sospecha, esa impostura de por vida, sabiendo que uno dice “tal” que se reconoce como “tal”, pero acaso no signifique “tal”, acucie la duda desesperada, y desconozca su significado verdadero tanto el que lo pronuncia como el que lo escucha, y ambos sospechen de ellos entre ellos, y se den media vuelta y se separen del otro de medio lado, guardándose las espaldas. Y regresen, ingresen, a un mundo gris de donde venían.

Sólo me queda meter el papel en la botella y lanzarlo al mar. Y a esperar. Acaso un filólogo paciente lo encuentre dentro de mil años y lo entienda de cabo a rabo a la primera o, siendo más realistas, ofrezca diez versiones diametralmente opuestas, desde un tratado de buenas costumbres al diario de un clérigo calvinista con dudas de fe.

O yo mañana mismo, cuando la marea devuelva esta misma botella de todos los días y la deposite al final de la playa, me haga el encontradizo y piense, anda, otro náufrago como yo, a ver que dice, ah, pero éste es muy antiguo, por lo menos tiene cien años, el lenguaje parece como latín vulgar, o no, es una variante de jerigonza de tratantes de ganado del XV. Necesito tiempo para interpretarlo, y de eso es de lo único que soy rico. Me encerraré con él una larga temporada. Empezaré colocando el papel frente al espejo.

(Cuento cedido por el autor)

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