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Cuento de Mely Rodríguez Salgado: Carta desde el corazón

Pianista. Fuente de la imagen
 
 
CARTA DESDE EL CORAZÓN
Mely Rodríguez Salgado
  
A Francisco Rodríguez Criado, por su Laura Bauer que ha inspirado este cuento
 
Mi querido Yosef:
Ha llegado el momento de dirigirte esta carta una vez que sé que el final ya está cerca. Para poder asimilar este hecho, trato de introducirme en mis pequeños asuntos del día a día, esa pequeña parcela donde, entre otras cosas, están mis libros con toda su profundidad, que dan pie a mis reflexiones, ellos son también mis guías, mi mayor distracción, además tienen múltiples funciones, a veces hacen pensar, otras me tranquilizan o apasionan, y la mayoría de las veces sus contenidos reflejan mi propia conciencia o la dispersan… Pero ahora sólo necesito desnudarte mi alma.
La mayoría del tiempo lo ocupan mis excentricidades, mis manías, esto no es nuevo para ti, conoces muy bien mi personalidad, soy una persona pulcra, necesito que mi casa esté siempre bien limpia e iluminada, no soporto las sombras, ya tenemos bastantes con las que llevamos en nosotros mismos. Rosi, mi asistenta, sabe que esto lo mantengo a rajatabla. La música me evade, me gusta envolverme en ella y disfruto, pero, por supuesto, también necesito enterarme de la marcha del mundo, incluso de algunos cotilleos de vecinos, aunque ellos sienten hacia mí cierto distanciamiento e, incluso, inquina. Cuando paso al lado de alguno, enhiesta y acompañada por mi perro Blas, nos saludamos sin más. Hay personas que no soporto, me repelen, esas que miran fijamente, como si me estuvieran estudiando, son tan entrometidas, parecen que te están desnudando el alma, entonces las ignoro, hacen, incluso, que me estremezca, y como si Blas, en nuestra mutua compenetración, comprendiera mi incomodidad, termina por ladrarles agresivo. Ese hecho sin importancia me da cierta seguridad, me entran ganas de gritarle al mundo que alguien vela con fiel celo por mí.
Pocas cosas, fuera de lo que considero cotidiano, me interesan ya de este mundo, amigo mío, y poco me importan los prejuicios, necesito vivir a mi manera esta porción de vida que aún me queda, es mi asidero. Excéntrica, chiflada, mi sobrino Ernesto se ríe cuando le cuento lo de los vecinos, sabe que de nada sirve enfadarse. La última vez le dije que mi convivencia con ellos no podía ir peor. Es porque a veces me despierto en mitad de la noche. Nunca miro el reloj, simplemente me levanto y me siento al piano. Toco al principio suavemente, pero una amiga bien conocida se aposenta dentro de mí, la desazón, y es cuando aporreo las teclas y enseguida oigo el teléfono y el timbre. Los vecinos iracundos acaban de desvelarse, el perro se alborota, se rompe la monotonía de la costumbre, el ruido se desparrama, como el rayo de sol cuando penetra y rompe las tinieblas, y la vida vuelve siempre con sus protestas, su terquedad agresiva, siempre… No es más que una vieja chiflada, les oigo decir, y seguro que se consuelan pensando en que, a lo mejor, se va a morir pronto.
A veces el portero me recrimina mi actitud. El perro siempre le gruñe, no hay química entre ellos, tal vez porque el portero jamás lo mira. Ese odiosillo adulador, reverencioso, incansable gesticulador, amigo de propinas que bien se trabaja, no acaba de convencerme. Aún no es consciente de que conmigo tiene la batalla perdida. Son inútiles las protestas de los vecinos contra mí. Prefiero a los taxistas. Me llevan de allá para acá. Son todos tan extraños, tipos que han inventado una nueva forma de comportamiento para poner una barrera entre los clientes y ellos, van por la vida al compás monótono del cuentakilómetros. Algunos hablan por hablar, recelan de una vieja que puede resulta ser una loca maniática que, al final, no abone la cuenta. Pero ellos, de alguna manera, son mis aliados, pronto sabrás por qué. A veces les hablo sin comedimiento hasta que se hartan, y ya dejo de ser para ellos la anciana de quien recelar y de quien hartarse. No es más que una anciana cotorra, una vieja solitaria y cotorra, vieja loca y egoísta, al diablo con ella. Si soy capaz de enfurecerlos siento la sangre en mis venas correr deprisa, ya soy una entidad en el mundo de gente con sangre joven, aún puedo hacerme notar. Suelo pagarles con generosidad. Mi sobrino Ernesto sigue reprochándome esta postura. Mi sobrino, hijo de mi hermana Angélica.
Mi hermana, qué puedo decirte de ella. Angélica era mayor que yo y vivía refugiada entre las sombras de una casa donde mi padre y yo éramos los dueños. Su presencia allí se asemejaba a una figura decorativa. En cambio yo, con mi empuje, llenaba de ecos cualquier rincón. Mi hermana conocía mi poder, el que ejercía sobre mi padre; mi madre también. Las dos, resignadas a vivir con sus silencios permanentes, daban la espalda a quienes estábamos poseídos de vitalidad y despreocupación. Mi padre y yo éramos iguales. Bellos, felices, semejantes a dioses que derramaban energía y magnetismo, dejábamos a nuestro paso un perfume de vida que a nadie le era indiferente. Mi madre se acostumbró a la soledad y se volcó con mi hermana. A mí me miraba como se mira a una rival. Mi relación con ellas nunca fue convencional. Angélica se casó muy joven con un hombre rico. Recuerdo el día que fuimos a despedirla al andén. Me dio un beso rápido y me miró con una profunda lástima. He acusado durante toda la vida su despedida. Me sentí de repente sola. Aquel episodio sería el precursor de la vaciedad que comencé a sentir a raíz de la actitud fría y reprobadora de mi hermana. Años más tarde, cuando más hundida me sentía, retomamos con naturalidad la relación de hermanas. Angélica, ya viuda, volvió a Madrid. Las dos nos necesitábamos. Al morir ella, traté a mi sobrino como si fuera mi hijo. El único pariente que me queda de la familia.
Algunas veces me visita Irene, la vecina del quinto. Es una chica muy guapa. Estudia idiomas y ha hecho buenas migas con mi sobrino Ernesto y con Rosi. Irene es muy comunicativa y no ve en mí a una vieja excéntrica y molesta, como el resto de vecinos. Por el contrario, le gusta oír cómo toco el piano una y otra vez. A veces me habla del amor. Ah, el amor. Con qué libertad afronta la vida esta chica. Cambia de pareja constantemente y es feliz así. Yo me casé con un hombre apuesto y superficial, un hombre, además, impenetrable. Nunca supe en realidad si me amaba, sólo sé que adoraba la frivolidad. Le primaba viajar y codearse con la alta sociedad y el glamour que eso conllevaba, además, solía encapricharse con jovencitas. Una vez me dijo que yo le empujaba a ello. Él, en realidad, no tenía cabida en mi corazón. No podía amarlo. Mi corazón estaba necesitado de otra clase de hombre, alguien con la suficiente profundidad como para que hubiera sabido recomponer mi corazón destrozado.
Sí, ya lo creo que reconozco que soy una vieja excéntrica y descontentadiza, lo sabes bien. Pero ahora, a través de esta carta, conocerás algo más y sus porqués. En los días en que el frío arrecia, cuando todo es desolación y oscuridad, me gusta recorrer los suburbios. Siempre me acompaña Rosi. Ella aún no se ha acostumbrado, lo comprendo. A altas horas de la noche es una anormalidad que una anciana vagabundee por lugares peligrosos. El taxista me deja al principio de cualquiera de las calles elegidas y yo me encamino sola en busca de los indigentes. No permito que Rosi venga conmigo, no podría ser tan cruel, pobrecita. Cuando me hundo en la noche y en el terror, y me uno a ellos, saco unos sobres con dinero y se los entrego, para que os emborrachéis, la vida no os dará más, suelo decirles. En realidad no lo hago por caridad, ellos no motivan en mí ese sentimiento. Suelen mirarme con desconfianza y codicia y se ríen babeantes y estupefactos, son tenebrosos; hasta que me piden más dinero. Es entonces cuando empiezo a sentir el terror aferrado a mi pecho y mi mente vaciarse, un grado máximo de excitación, mi resistencia al límite. Necesito esos instantes, sentir que voy a morir de manera violenta, dejar que el miedo resbale por todos los poros de mi piel. Sé que pueden matarme con violencia y resarcirse de ese odio hacia una sociedad que los ha empujado a la miseria más sórdida; yo acuso esa violencia hasta la extenuación. Llego hasta el coche tambaleante, y Rosi baja enseguida, temblorosa y aterrorizada. Es nuestro trato, le pago lo suficiente y confío en ella. Le pido al taxista que no regrese por el mismo camino. Enseguida obedece. Si se les paga bien ya no tienen límites. Son dueños de la noche y del miedo. Le digo que no deje de conducir y se introduzca en el vacío de una ciudad acallada que, después de todo, ruge.
Sabes que también me gusta reunir a mi pequeña familia. Suelen acompañarme Ernesto, su mujer y sus dos hijos, a los que considero mis nietos. A veces nos acompaña Irene y su actual pareja, un joven guapo y optimista. Ambos viven la vida a tope, es así como ella se suele expresar. ¿Amar? Esta pregunta, si se la formulo, no suele ser respondida. Dice que cuando se ama, una se ata a un ser física y psicológicamente. Irene tiene en gran estima la libertad. Defiende ser amada por varios, darse a hombres diferentes, disfrutar y saber que el adiós nunca será traumático. Ante mi asombro se ríe, porque sabe que no hay nada reprobador en mi actitud. Sé lo importante que es vivir el amor a su edad y de esta manera. Eso es lo que importa. Estas reuniones son muy gratas; con estas personas me une el afecto. Pero siempre hay un lugar vacío que me entristece y que me gustaría ver ocupado por una persona muy especial para mí.
Como bien sabes, no tuve hijos porque nunca hubo ocasión ni ganas de traerlos a este mundo. Él estaba demasiado ocupado en engañarme, y yo no deseaba atarme a unos niños a quienes no habría sabido ofrecerles un amor de madre. Conseguí una plaza de profesora de literatura en la Universidad, y en mi casa daba clases de piano. Pasaba un par de horas diarias escuchando tocar torpemente las notas por las manos inexpertas de mis alumnos. Cuando se iban me sentaba al piano y me evadía, unas veces con los acordes melancólicos de algún adagio, y otras con las notas potentes de las partituras de Wagner, que, inevitablemente, me arrastraban a la oscuridad… Siempre que esto sucedía, buscaba enseguida los alegres acordes de Vivaldi alejándome y desvaneciendo la senda del pasado, la irreprimible necesidad de escucharme tocar con ese poder de elegir entre lo trágico y lo optimista.
Blas se pone nervioso, me recuerda a mi marido cuando se veía forzado a acompañarme por puro compromiso, en realidad deseaba marcharse con sus amigos y sus putas. Es la misma mirada perra de incomodidad. Blas necesita salir, oigo el timbre y Rosi le abre a Óscar, el chico que lo pasea. Me saluda y el can se alborota; enseguida se marchan los dos. Llueve con la cotidianidad de siempre y, sin embargo, hoy la lluvia me parece diferente, como si viniera cargada de un soplo de paz, cae de una manera tan pacífica. Quiero que sepas que esta carta que escribo será la última. Es, por decirlo de alguna manera, la carta más sincera que he escrito, una carta donde te vacío mi conciencia y te abro el corazón. Estoy preparada desde hace tiempo. Mis anteriores cartas, donde he vertido mis actos más triviales e inmediatos de mi vida en la ancianidad, las he dirigido a mis escritores favoritos: Dickens, Dostoievki, Balzac e, incluso, Tolstói. Ellos me inspiraban, me alentaban el ánimo, me exacerbaban la melancolía y hacían que, en parte, me vaciara. Por unos instantes me identificaba con su brumosa alma, sólo ellos me podían empujar a escribir esas cartas confesionales. Pero ya puesta me ocurría algo, conforme comenzaba a abrirme, la imaginación se contenía, los recuerdos paralizantes me impedían seguir, era como si la tormentosa profundidad de sus propias vidas y de sus obras me debilitaran el ánimo, y sólo conseguía contarles las trivialidades del día a día.
Pero esta última carta está tocada por un algo espiritual que no sé definir, tal vez porque va dirigida a un hombre que ha velado por mí durante años, de algún modo ha cumplido con lo que, sin duda, algún día se propuso cuando nos conocimos. Mi querido Yosef, nunca hemos profundizado en las cuestiones importantes. Nuestra relación se ha limitado a un intercambio de compromisos. Tú has sido mi médico y cumples escrupulosamente con tus obligaciones. A lo largo de mis cartas te he reprochado tanto sin que jamás lo supieras; y ante ti me he sentido tan quejosa, como alguien caprichoso y descontentadizo que trata de ocultar sus auténticos sentimientos. Crees que no valoro tus desvelos, tu preocupación, pero lo pasas por alto. Pero, mi querido doctor, todo llega en su momento y sacamos a la luz lo oculto. Por ahora miro una vez más el reloj y creo escuchar tus pasos a punto de detenerse en la puerta. Es cuestión de instantes. Me preparo para recibirte.
Bien, una vez que vuelvo a quedarme sola, retomo la carta, tu compañía de hace un rato me alienta a proseguir. Perdona que te hable de esos aspectos cotidianos de mi vida, tengo que hacerlo para llevarte a ese terreno penoso de mi pesado. De cuando en cuando necesito envolverme en la soledad más absoluta. Me gusta caminar bajo la lluvia. Los días ocres, apagados, me encalman. Después, y a pesar de tus recomendaciones, termino introduciéndome en el bullicio de la ciudad. Entro en las librerías, discuto con los dependientes –algunos ya me conocen– sobre este o aquel escritor, y ahondamos en sus vidas y la profundidad de su obra. Algunas son tan desoladoras… Los días soleados me siento en la terraza de cualquier cafetería. Casi siempre elijo las mismas, donde el trato suele ser cordial. Observo y escucho a las personas que están a mi alrededor, pienso que todas tienen un pasado, que todas son semejantes en apariencia, al igual que yo, una simple anciana, una ancianita inocente. Me gusta, finalmente, despertar de estos pensamientos y agradezco que algún conocido o amiga se acerque, me salude y disperse mi imaginación.
Mi querido amigo, no debo retrasar lo que realmente debo confesarte en esta carta, lo que sólo a nosotros compete. Por fin ha llegado el momento de ofrecerte mi verdad, sincerarme y sacar también tu verdad a la luz sin tapujos, pues me enfrento a mis sentimientos y también a los tuyos, ocultos, pero aflorando en cada gesto, en cada detalle, en el casi imperceptible temblor de nuestras manos y el susurrante brotar de cada palabra que siempre se desea decir y que quedan relegadas para otra ocasión.
Si cierro los ojos en la noche, querido amigo, respetable hombre que jamás diste un traspié a lo largo de tu vida, que estuviste pendiente de mí sin alterar jamás tu trato respetuoso y distante, a contracorriente de tus sentimientos, siempre fiel y paciente ante los, a veces, extravagantes comportamientos de esta anciana, puedo ver mi pasado más lejano, esa porción de tiempo que conformó el resto de mi vida, una base de fuertes pilares irrompibles que jamás conseguí resquebrajar y que han permanecido firmes en mi conciencia. Nunca quien esperaba que lo hiciera me dio la oportunidad de derribarlos a pesar de que siempre estuvo en sus manos el poder hacerlo.
Mi padre, hombre atractivo, enérgico, me llevó en volandas a su lado y me hizo sentir como un ser ideal, tocado como él por la gracia. Mi madre desistió al final, supo de antemano que nunca podría competir conmigo y terminó ignorándonos, se alejó de ese aura de poder deslumbrante que nos envolvía, de ese hipnótico rastro que íbamos dejando a cada paso y que atraía a todos. Siempre íbamos juntos a todas partes y yo era feliz. Me sentía flotar a su lado, me cautivaba su poderosa y fascinante osadía, su locuacidad y la admiración que suscitaba en todos. Después, en el salón, solos los dos, me sentaba al piano y tocaba para él con ardor partituras de Wagner mientras sentía sus manos deslizándose desde mi cuello hasta la cintura para terminar atrapándome sediento. Entonces me dejaba llevar por sus caricias de agua negra que sólo trataban de apagar nuestra sed.
Lo trasladaron a Berlín. Él hizo lo posible por volver a su patria. Había conocido a mi madre en Madrid. A ella, como a todas, le hechizó su atractivo. Trabajaba como diplomático en la Embajada alemana, era, por decirlo de alguna manera, un hombre de mundo; la conquistó enseguida. Cuando se hastió de ella comenzó a viajar regularmente a Berlín a ciertas misiones diplomáticas. La guerra avanzaba y Alemania era la médula poderosa y considerada por todos que, poco a poco, se iba adueñando del mundo. Una mañana nos marchamos a Berlín definitivamente abandonando a mi madre. Fue la última vez que la vi. Ella murió pronto. Me dijo adiós como se le dice a una desconocida; el rencor y la preocupación le marcaban las facciones. Mi padre apenas la miró, el amor por ella se había esfumado y yo lo acaparaba enteramente. Me sentía exultante, muerta de pasión por él, no era consciente a una edad tan temprana de lo que conlleva esa clase de amor, ciega lo seguí, estaba deseosa de conocer otros horizontes a su lado. Berlín era gris a pesar de las continuas fiestas y el ardor que suscitaba su vehemente líder; sus calles bulliciosas a veces tenían el tinte gris de lo inhóspito. La casa era majestuosa, y la servidumbre disciplinada y metódica. Yo me acostumbré a esperarlo cada día, anhelante; cuando llegaba, a su lado, me olvidaba enseguida de la soledad.
Un tiempo después, los bombardeos y las precariedades ponían en el rostro de la gente un tinte cerúleo de hambre y desesperación. Los acontecimientos comenzaron a ponerse en contra de los poderosos. Se sucedían las visitas de altos cargos del gobierno a nuestra casa, que mi padre recibía con la efusión de siempre. Eran hombres y mujeres llenos de un entusiasmo apasionado y enfermizo que, a veces, me atemorizaba. Pero en cuanto lo miraba a él, el temor se diluía y volvía a ser feliz. Un día partimos en su coche a un lugar lejos de Berlín. No recuerdo el nombre o he tratado de olvidarlo, jamás leo reseñas y reportajes sobre aquello, no lo soporto, porque algo así jamás se olvida a menos que alguien te ayude a conseguirlo… Era aquel un lugar sombrío. Los barracones se alineaban de manera siniestra y emergían de entre la niebla, como sombras fantasmales. Recuerdo que yo tenía mucho frío y mi padre me apretó contra él. El conductor abrió la portezuela del coche y dos oficiales nos recibieron con una calurosa bienvenida, con una cotidiana camaradería ante el hecho de encontrarse con un semejante en medio de aquella tundra hostil e inventada. Mi padre se desenvolvía allí con la misma soltura y naturalidad con que lo haría en cualquier reunión. Los perros ladraban a lo lejos y se confundían con unas voces recias y altisonantes de hombres que daban órdenes como cuchilladas.
Recorrimos los barracones. Ellos estaban allí alineados. Yo no comprendía aquello y busqué en mi padre una respuesta. Él sonreía con complacencia, con una fría naturalidad ante la vista de aquellos seres sentenciados, moribundos ya. Entonces supe que esos hombres, mujeres y niños, bajo el prisma de mi padre no eran seres humanos. Confundida aferré su mano y él me transmitió el mismo calor de otras veces. Su pulso firme, su sangre corriendo caliente, que me seducía enseguida y me arrastraba, una vez más, a una confusa entrega. Entonces mi mente ya le pertenecía. Su cruel indiferencia ahora era también mía.
Sí, querido amigo, mi buen doctor, ni un reproche por tu parte, toda una vida de silencio mientras yo moría necesitada de tu comprensión. Me pregunto hasta qué punto podemos aceptar ciertos hechos terribles sin inmutarnos. He pasado media vida odiándome, recordando esos rostros. Lo más terrible y escalofriante, lo que jamás he podido olvidar, es su mansedumbre, su absoluto convencimiento de que aquello a lo que estaban condenados era lo que se merecían. No, no he podido olvidar aquellos rostros sin ninguna significación, no hallé en ellos dolor ni tampoco ira o vergüenza, ni siquiera desesperación. Su actitud era de plena e indiferente aceptación. No fui capaz de comprenderlos, me contagiaron su resignación doliente, su estampa espectral, simplemente me sentí bien de poder estar tan lejos de esos límites de degradación humana. Sin embargo, tuve en mis manos poder salvar, al menos, a uno de esos niños cenicientos, desvalidos. Un solo niño, arrastrarlo conmigo y devolvérselo a los tuyos. Un gesto que me habría librado de los remordimientos, pero no lo hice. Cuando nos fuimos de allí yo seguía teniendo frío, el mismo y endiablado frío, y aún lo sigo teniendo.
Nunca hablé con mi padre sobre aquello. Traté de olvidarlo sin conseguirlo. Todo comenzó a ir mal desde aquel día. Alemania estaba perdiendo la guerra, pero mi padre y sus amigos no lo aceptaban. Querían sepultar este hecho bañándose en champán y gloria. Mi padre, mi amante… Una mañana encontré la casa silenciosa, no oí sus pasos mientras se preparaba para partir. El día anterior estuvo como ausente, nervioso, el teléfono no paró de sonar. Sólo en la calle se escuchaba el rumor de la gente. Yo no quería oírlo. Sabía que era el fin. Los mandos y tropas aliadas estaban ya en Berlín. Pregunté preocupada a la servidumbre por él, pero no obtuve respuesta. Me resigné a esperar acontecimientos. Estaba atemorizada, nerviosa. Anduve por toda la casa. Entré en cada una de las habitaciones, sabía que me estaba despidiendo de aquel hogar que, milagrosamente, se había salvado de las bombas. Abrí la puerta de su despacho en penumbra, encendí la lámpara cuando percibí una ráfaga de su perfume. Él estaba allí. Su cuerpo inclinado sobre la mesa y el cráneo destrozado. Una pistola yacía tirada en el suelo, enfangada en un charco de sangre. Pensé con escalofriante calma que habría muerto con él si me lo hubiera pedido. Un tiempo después retorné a Madrid y busqué a mi hermana Angélica. Retomamos una relación que comenzó a ser sincera, estable, hasta que ella murió. Su amistad y unión trajo a mi vida muchos beneficios, entre otros a mi sobrino y a ti. El sufrimiento me cambió radicalmente, me volvió analítica con los hechos del pasado; crítica y reflexiva. Estudié y traté de olvidar; qué utopía.
Y ahora ha llegado el momento, mi querido Josep, de enfrentarnos los dos a nuestra verdad. Siempre supiste este hecho de mi vida, pero ambos lo silenciamos, postergamos llevar a cabo juntos un análisis sincero de esos dolorosos sucesos. Tus padres y hermanos murieron en los campos de exterminio. Yo fui tan culpable como lo fue mi padre, incapaz de rebelarme subyugada por un amor enfermizo que conseguí olvidar pero que me ha lacerado toda la vida. Ahora comprenderás el porqué de muchas de mis extremas excentricidades, necesito vivir situaciones al límite para entender y ahondar en lo que un día llegué a vivir, es una forma de paliar mi inquietud constante, rebajarme al mal para asimilarlo.
Mi querido amigo, a estas alturas los dos sabemos que voy a morir. Conoces el informe de la clínica que corrobora el tuyo, por eso no he aplazado por más tiempo escribirte esta carta. Nunca quisiste huir de mí a pesar del horror que te producía saber mi vinculación con tus verdugos. Fue el amor el que te inclinó a pasar un sutil velo para seguir a mi lado atendiéndome, cuidando de mí, amándome en silencio, a la mujer fascinante, educada, distante; más tarde, a la anciana tozuda, caprichosa y llena de amor por ti, necesitada de por vida de tu perdón. Jamás llegó ese instante ansiado que hubiera curado nuestras heridas. Nada puedo reprocharte sin embargo, sólo esto, tu conformismo sin límites, acomodaticio, tu falta de valor, tu atormentada y justa acritud hacia quienes te dañaron, sin dejar una vía de escape. A veces intentaba propiciar un acercamiento que nos hubiera llevado a abrir nuestras almas necesitadas de amor y olvido, pero siempre fracasé. Incluso quise que, de alguna manera, vieras reflejada tu personalidad a través del protagonista de una novela rusa, el Oblómov de Iván Goncharov, que te regalé un día. En una ocasión hablamos sobre él, yo insistía en su carácter resignado, su exceso de bondad infinita que, a veces, también puede dañar; dejaba resbalar mis palabras con apasionada intención. Tú las recibías y confundí tu tumultuoso silencio con una indiferencia que no sentías.
Mi buen amigo Yosef, mi luz en las tinieblas. Esta carta no puede terminar como había pensado al principio. Algo ha hecho que pueda darle un final inesperado y revelador. Acabo de recibir de tu parte un bonito ramillete de flores silvestres. Me parece, al contemplarlas, que son el reflejo de la sencillez que alberga tu alma. Ahora sé que este ramo de flores tiene un significado. Al final tú también has aprendido a dejar tus mensajes en los que ahondar. Hay, por tanto, entre nosotros una gran compenetración. Por eso sé, mi buen y paciente amigo, lo que este detalle significa. Necesito extraer de él algo en lo que jamás profundicé, y es el hecho de que lleva impreso el mensaje secreto y sincero de que quizás nunca te importó mi pasado ni mereció la pena adentrarse en él, porque, al igual que tú, yo también fui una víctima más de aquella sinrazón brutal. Ahora sólo deseas que parta en paz sabiendo que, gracias al amor, hace mucho tiempo que me perdonaste.
Hasta siempre
Elisa Höhuer

 

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