Cuento breve recomendado: “La obra maestra”, de Juan Pedro Aparicio

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someonePrint this page
Escritor Juan Pedro Aparicio. Fuente de la imagen

 

Hemingway creyó descubrir la elipsis cuando dijo aquello de que una novela es como un iceberg: solo muestra el diez por ciento de su masa, el resto permanece sumergido. El diccionario de la academia define a la elipsis en su segunda acepción como omisión o supresión de alguna parte (como determinados periodos temporales) dentro de un todo o un conjunto. La narración, cualquier narración, requiere de la elipsis. La narración se da en el tiempo pero no es el tiempo. Nosotros somos el tiempo. La narración lo mide y, lo que no es poco, lo hace inteligible y significativo; en cierta medida, lo domestica. Si las narraciones contaran todo, serían como la vida misma, no serían narraciones; ese espejo a lo largo del camino que se dice es la novela, y que tantas veces hemos oído, es una simpleza por más que se le atribuya a uno de los más grandes novelistas.

J.P.A.

Juan Pedro Aparicio (España, 1941)

(cuento)

LA OBRA MAESTRA

Compartían celda. Uno era alto y de ojos morunos, otro grueso y de porte nervioso, el tercero menudo y de poco espíritu. Un tribunal improvisado los había condenado a muerte. Eso era todo lo que sabían. Ni se habían molestado en leerles la sentencia ni les habían señalado día. De vez en cuando oían las voces de mando de los pelotones de ejecución provenientes de alguno de los patios y, en seguida, las descargas de fusilería.

Pasó el tiempo y la rutina de la muerte entró en sus carnes en forma de una fiebre que les mantenía en un estado de abandonado frenesí. El más grueso lamía a veces la piedra de la pared en busca de sabores, el más menudo se concentraba en las formas del muro, como dicen que había hecho Leonardo para buscar inspiración, el más alto escribía una novela. Pero, como no tenía papel, ni pluma, ni tiza, ni utensilio alguno para escribir, lo hacía en su mente, construía las frases cuidadosamente, las corregía, las leía en voz alta, las comentaba con sus compañeros y las volvía a corregir.

Así hizo una novela de más de trescientas páginas, trescientas treinta y tres exactamente, de 30 líneas por 60 espacios, según sus precisos cálculos mentales. Bien memorizada, se la leyó más de una vez a sus compañeros. Pero pasaban los días sin que se ejecutaran sus sentencias y, como aquella lectura a todos gustaba, fueron muchas las que hizo hasta que el más grueso de ellos logró retenerla también en su memoria, no sin hacer alguna corrección y sugerencia, discutidas y, en su caso, aceptadas por el autor de la novela. Entonces se les ocurrió que, por si alguno de ellos se salvaba, deberían los tres aprenderla de memoria para reproducirla en papel cuando los circunstancias lo permitieran. Los tres comulgaban con la idea de que era la mejor novela de la que ellos hubieran tenido noticia.

La novela mejoró todavía con las siguientes lecturas y correcciones, hasta el punto de que, cuando vinieron a buscarles, ninguno dudaba de su condición de obra maestra.

Un día se llevaron al más alto; otro al más grueso; pero el tercero, menudo y de poco espíritu, fue indultado. Nunca logró transcribir la novela. Su memoria, tan desconchada como los muros que recibían las descargas de la fusilería, era incapaz de presentársela entera. A duras penas lograba reconstruir el argumento completo. Sostenía, sin embargo, que era una obra maestra, una de las mejores novelas que jamás se habían escrito. Y así lo mantuvo siempre, incluso treinta años después de aquellos sucesos.

Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díez y José María Merino, Palabras en la nieve (Un filandón), pról. Sabino Ordás, Palencia, Rey Lear, 2007, págs. 23-25.

 

CUENTOS BREVES RECOMENDADOS POR MIGUEL DÍEZ R.

MEMORIAS DE UN VIEJO PROFESOR. LA LECTURA EN EL AULA (PDF)

narrativa_newsletterp

Artículos relacionados

Deja un comentario