Cuento breve recomendado: [“Cada vez que oía pasar un avión…”], de Sam Shepard

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Sam Shepard
Escritor estadounidense Sam Shepard. Fuente de la imagen

Los textos de “Crónicas de Motel” [el libro al que pertenece el cuento que hoy recomiendo] invitan a reflexionar sobre el cruce de géneros. Uno piensa en crónicas y de inmediato llueven como claves de un denominador común los nombres de Truman Capote, Hunter Tompson, Martín Caparrós, Leila Guerriero y Ryszard Kapuscinski, por nombrar sólo algunos de los exponentes más representativos de esta vertiente del periodismo. En este caso, Shepard parece ir un paso más hacia adelante, apropiándose de ciertos mecanismos de la crónica -pero sobre todo del cuento- para plasmar primero una suerte de híbrido (ni crónicas ni cuentos; los dos a la vez) y después una hoja de ruta de lo que parece haber sido un tramo de su vida hacia finales de los setentas y principios de los ochentas.

Lejos de la frialdad quirúrgica de la corrección autobiográfica, la clave de todo el asunto, en este caso, es la elección de lo que decide contar. No el dato puro y preciso de algunas coordenadas de lugar y tiempo propias de la no-ficción sino el rapto de belleza y sencillez que caracteriza su escritura. La facilidad para atrapar momentos que surgen como revelaciones. Shepard llega, como un relámpago, con su mirada despojada, al corazón de cualquier cosa. Y lo narra.

En su camino hacia lo que parece ser una diagonal hacia la verdad pasan, página tras página, las rutas desiertas del sur de Estados Unidos (sus serpiente cascabel, los carteles oxidados junto a esas rectas interminables), la soledad de los vaqueros arreando ganado, sus cigarrillos fumados de costado, la proliferación de hoteles esporádicos entre tanta inmensidad, las manías de un guitarrista que asegura que la radio es su mejor amiga (la soledad de ese guitarrista, en definitiva), el dinero perdido en el casino o en las carreras, el lamento posterior y la vuelta a empezar. Y entre tanto, la certeza jamás relatada de que todo esto sucede, casi siempre, bajo un sol achicharrante o con las estrellas más fulgurantes del planeta como techo, porque si hay algo a lo que también le escribe Shepard es a la naturaleza.

Intercaladas con estos textos breves, la mayoría de dos a tres páginas, también hay poesías. En rigor, todo es una sucesión de textos breves cuyo hilo conductor es la poesía. Pequeños eslabones de versos desencadenados. Porque en definitiva Shepard, con la poesía, se interroga a sí mismo, pero el sensible, tierno y corrosivo carácter de su mirada hace que las preguntas nos las terminemos haciendo todos.

Fernando Castro

[“CADA VEZ QUE OÍA PASAR UN AVIÓN…”]

(cuento)

Sam Shepard (Estados Unidos, 1943)

Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras, mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba, por ejemplo, agachado en el huerto, reparando las tuberías de riego o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel. Lo que me desconcertaba era el carácter reflejo de este ademán de tocársela. Cada vez que oía un avión se le iba la mano a la cicatriz. Y no dejaba de tocarla hasta que estaba absolutamente seguro de haber identificado el avión. Los que más le gustaban eran los aviones a hélice y esto ocurría en los años cincuenta, de modo que ya quedaban muy pocos aviones a hélice. Si pasaba una escuadrilla de P-51 en formación, su éxtasis era tal que casi se subía hasta la copa de un aguacate. Cada identificación quedaba señalada por una emocionada entonación especial en su voz. Algunos aviones le habían fallado en mitad del combate, y pronunciaba su nombre como si les lanzara un salivazo. En cambio mencionaba los B-54 en tono sombrío, casi religioso. Generalmente sólo decía el nombre abreviado, una letra y un número:

-B-54 -decía, y luego, satisfecho, bajaba lentamente la vista y volvía a su trabajo.

A mí me parecía muy extraño que un hombre que amaba tanto el cielo pudiera amar también la tierra.

Motel Chronicles, 1982

Crónicas de motel, trad. Enrique Murillo, Barcelona, Anagrama, 1985, pág. 118

[Véase del mismo autor, SUEÑO MARINO]

 

CUENTOS BREVES RECOMENDADOS POR MIGUEL DÍEZ R.

MEMORIAS DE UN VIEJO PROFESOR. LA LECTURA EN EL AULA (PDF)

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