Entrevista al profesor Miguel Díez R.

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Profesor Miguel Díez R. Foto cedida por el autor.


Miguel Díez R.
 ha entregado gran parte de su vida a la literatura y a la docencia. Profesor durante treinta y cinco años de Lengua y Literatura Española de Enseñanza Media y autor de numerosos manuales de literatura y comentarios de texto, va a publicar en breve, en colaboración con Paz Díez TaboadaCincuenta cuentos breves: una antología comentada (Cátedra, 2011). Como resultado de su entrega laboriosa y de sus años como docente, conoce como nadie el mundo de la enseñanza, de la lectura, de los libros. Narrativa.Breve.com se ha puesto en contacto con él para preguntarle sobre estos temas, que ha respondido con generosidad, sin inhibiciones. El resultado es esta entrevista, en la que da testimonio de sus vivencias y de sus vastos conocimientos sobre literatura y enseñanza, que serán -estoy seguro- del agrado de profesores, escritores y lectores de este blog.

 

“La auténtica enseñanza, el aprendizaje -en la escuela como en la vida-, la formación integral de un escolar, exigen esfuerzo, tenacidad y disciplina -que quiere decir orden, no castigo-; estudios y actividades no precisamente divertidas, aunque sí interesantes y formativas. Sólo en avanzados estadios de madurez intelectual, el estudio produce placer, pero no es posible el aprendizaje sin esfuerzo”.

Miguel Díez R. 

Francisco Rodríguez Criado: Siempre te refieres a ti como viejo profesor de Lengua y Literatura Españolas. ¿Puedes indicar y explicar cómo fueron aquellos “tus tiempos” de docencia?

Miguel Díez R.: Mi vida como profesor  de Lengua y Literatura se desarrolló en su mayor parte durante los años en que estuvieron vigentes EGB, BUP y COU. Me jubilé tras el curso 2000/2001, precisamente el último en que se impartió COU, por eso me considero un viejo profesor de una etapa ya muy lejana, una etapa regida por la ley de un ministro franquista, Villar Palasí, pero que, sin embargo, y vista con perspectiva histórica y sin obviar en absoluto aquella larga y penosa dictadura, fue, en la enseñanza de este país, una época dorada y, a mi juicio, notablemente desmejorada y degradada por las reformas educativas siguientes (ESO, LOGSE y LOE).

Algún ejemplo en las materias que a mí me afectaban: En 1º de BUP teníamos cinco horas lectivas de Lengua a la semana, en 2º otras cinco de Literatura y en 3º, opción de letras,  había cuatro  horas de Literatura. En COU,la Lengua era una de las asignaturas nucleares con cuatro horas de clase y, en una de las ramas de letras, también había la opción de Literatura del siglo XX con otras cuatro horas. En general, los alumnos salían bastante bien formados en el análisis y uso práctico de la Lengua y en el conocimiento del devenir literario, apoyado, fundamentalmente, en la lectura de textos y grandes obras de la Literatura.

Me acuerdo de que el curso de literatura optativa de 3º de BUP lo convertí en un año de lecturas muy escogidas, dispares y mezcladas con total y, tal vez, llamativa libertad; entre ellas, Edipo rey de Sófocles, La Celestina, Crónica familiar de Vasco Pratolini, El Quijote de Cervantes, Los cachorros de Vargas Llosa, Madame Bovary de Flaubert, Hamlet  de Shakespeare, Crónicas marcianas de Ray Bradbury, La muerte de Iván Ilich de Tolstoi, Réquiem por un campesino español de Sender, Rojo y negro de Stendahl, Cinco horas con Mario de Delibes, Madame Bovary de Flaubert, La metamorfosis de Kafka, La vida es sueño de Calderón, El guardián entre el centeno de Salinger, Otra vuelta de tuerca de Henry James… Leían en riguroso silencio durante  tres horas semanales de clase -que dan mucho de sí en un curso- y otra hora la dedicábamos a introducciones, comentarios y a la lectura por mi parte de poemas y cuentos muy breves. El resultado fue un notable aumento de buenos lectores.

Hay que reconocer que en aquellos tiempos pasados que estoy rememorando, la enseñanza no estaba al alcance de todos, no estaba tan “democratizada” ni abierta como sucede hoy. La educación obligatoria finalizaba a los 14 años y los alumnos que se orientaban a  BUP y COU eran un grupo relativamente restringido, proveniente  de clases sociales en las que se leía y se valoraba el conocimiento; o de otras clases menos cultas, pero que se esforzaban por que sus hijos lo fueran. Además, aquel mundo era más tranquilo, menos frenético, más domesticado, con menos medios audiovisuales, con menos tentaciones y facilidades. Los padres exigían disciplina y el centro de estudios también; se valoraba el trabajo y el esfuerzo, y se podía calcular que la media de aquellas clases estaban compuestas de un 20% de alumnos -de ambos sexos- de nivel alto que marcaban el tono de la clase, otro 20% problemático o “descolgado”, y el resto constituía una media suficientemente asumible. El ambiente escolar era sosegado, con raros sobresaltos; las relaciones entre los alumnos y con los profesores, salvo normales excepciones, eran respetuosas, agradables y fluidas.

F.R.C.: ¿Qué te parece  la situación actual de la enseñanza en nuestro país?

M.D.R.: Si enlazo con la anterior pregunta y respuesta, te diré que vinieron otros tiempos, otras circunstancias, que juntamente con fuertes cambios sociales y profundos desaciertos de las reformas educativas nos han arrastrado a la  situación actual, en nada halagüeña.

La democratización y extensión de la educación a capas más amplias de la población -un valor indiscutible-, la heterogeneidad que domina las aulas, con alumnos de muy diversas procedencias, países y culturas, ha traído consigo la pérdida de exigencia, intensidad y eficacia. Y así asistimos a lo que personalmente me parece otro de los peores males escolares de lo que estoy describiendo: la uniformidad de los objetivos mínimos, la nivelación por reducción y por abajo, es decir, la igualdad en la miseria intelectual que aborta todo intento de excelencia, y olvida y margina, coarta y hasta anula las posibilidades de los buenos alumnos.

Al hilo de lo que estamos comentando, quiero salir al paso de una falacia muy peligrosa que se extendió durante mucho tiempo por todas partes, presentada a bombo y platillo como pilar básico de una “nueva” pedagogía -hoy  en decadencia, ¡menos mal!-,  cocinada por sesudos psico-pedagogos que, desde el Ministerio de Educación, han orientado y dirigido, alegremente y sin ninguna vacilación, la política educativa de este país. Para estos señores -que han actuado casi siempre desde sus presupuestos teóricos, pero quizás pocas veces se habrán encontrado con la cruda realidad de la clase diaria; con la complejidad de 30 ó 40 alumnos de carne y hueso, cada uno hijo de su padre y de su madre- el estudio y la enseñanza en general tenían que convertirse en una actividad prioritariamente amena y lúdica.

El único criterio valido en esa moderna pedagogía era que los alumnos se divirtieran en las clases, que aprendiesen jugando, que las actividades y los ejercicios escolares fueran siempre agradables y divertidos, muy lejos de todo esfuerzo y disciplina. Para ello, era imprescindible que el buen profesor se convirtiese en una especie de animador festero para entretener y distraer a un coro de maravillosos y entusiasmados chicos que iban a vivir cada día, en su centro de enseñanza, una apasionante y renovada aventura. Por esta misma razón, en algunas de las ofertas editoriales de literatura infantil y juvenil, el único criterio parecía ser el recurso a lo fácil, a lo bonito y frívolo, a lo divertido, a evitar todo esfuerzo y, desde luego, ignorar o enmascarar cualquier aspecto duro o desagradable de la realidad. Lo que se buscaba era no fatigar ni entristecer ni mucho menos deprimir al alumno para que pudiera seguir vegetando en el limbo de un mundo idiotizado, convertido así, y desde sus más tiernos años, en un ciudadano “políticamente correcto”, o sea, sin discernimiento ni asomo de pensamiento crítico y sin el más mínimo sentido de la responsabilidad.

Nada más lejos de la verdad. La auténtica enseñanza, el aprendizaje -en la escuela como en la vida-, la formación integral de un escolar, exigen esfuerzo, tenacidad y disciplina -que quiere decir orden, no castigo-; estudios y actividades no precisamente divertidas, aunque sí interesantes y formativas. Sólo en avanzados estadios de madurez intelectual, el estudio produce placer, pero no es posible el aprendizaje sin esfuerzo. Como comprenderás, con esto no pretendo afirmar que la actividad escolar tenga que ser aburrida y triste, que no haya que vencer la rutina, romper viejos moldes, buscar nuevos métodos, fomentar el interés, estimular y facilitar el aprendizaje, etc. Por supuesto que sí; pero sabiendo que la personalidad se realiza y llega a su plenitud al encarar y superar las dificultades, no al orillarlas.

De aquellos polvos (la estupidez idiomática vigente exige decir “barros”) vienen –en gran parte- estos lodos. Se ha perdido la cultura del esfuerzo y la superación de las dificultades; los padres son, generalmente, muy blandos, muy permisivos y educan a sus hijos sin límites ni frenos, sin referentes, atentos a satisfacer todos sus caprichos, de tal manera que, con frecuencia, es precisamente el profesor el primero que ha de decirles “no”.  El resultado es -con todas las excepciones que se quieran- una juventud llamativa y mayoritariamente inmadura, enemiga del más mínimo esfuerzo, pasiva y despersonalizada y muy, muy poco crítica

En cuanto  a la materia que a mí me incumbía, a los ya citados “pseudo-pedagogos de laboratorio” y a los expertos teóricos de turno del ministerio correspondiente se les ocurrió la que, a mi juicio, fue otro grave error didáctico: unir en un sola asignatura el estudio de la Lengua y la Literatura y rebajar cuantiosamente las horas lectivas. Con tal disparate lo que se ha conseguido es la liquidación o muerte por asfixia de la Literatura en los actuales planes de estudio –nada más un detalle: en el examen de selectividad se ha llegado incluso a eliminar de la prueba de comentario los textos literarios. Aparentemente parece que se pretende reforzar la enseñanza de la lengua para intentar solucionar con urgencia los estrepitosos fallos lingüísticos de los alumnos, pero -como dice una profesora actual, amiga mía- a lo que se ha llegado es a convertir esta asignatura en un cajón de sastre con el que estoy en total desacuerdo. El aprendizaje de la lengua, que es de lo que se trata, no se consigue mediante el análisis sintáctico de oraciones complicadas ni con la caza a lazo de “hiperónimos” e “hipónimos”, ni al descifrar los “marcadores discursivos” o reseñar los “complementos oracionales” de un texto seleccionado. Como decía Luis Landero, “estamos formando un ejército de pequeños filólogos analfabetos, chicos que distinguen la estructura morfológica y sintáctica de una frase pero no comprenden su significado.” El verdadero  aprendizaje se debe centrar en el conocimiento instrumental de la lengua viva, especialmente, en su nivel léxico-semántico y sin olvidar nunca que la lectura de buenos textos, de buena literatura es el mejor remedio, el antídoto contra la simplificación y depauperación del habla y de la escritura de los jóvenes y, en consecuencia, contra la jibarización de su pensamiento. Una vez más los resultados del  último informe PISA 2009 de la OCDE, cuyo foco de atención era en este año la lectura,  pone en evidencia que los adolescentes españoles (15 años), aunque algo mejor que en el informe de 2006, siguen en un nivel deficiente de comprensión lectora -la capacidad para entender, usar y analizar textos-, incluso por debajo de Portugal, Italia, Grecia y Eslovenia.

En fin, no quiero alargarme más. Como conclusión final te reproduzco un fragmento de un dramático artículo de la prensa diaria que hace unos pocos años publicó el escritor y catedrático de la Universidad de Barcelona, Juan Ramón Capella. En él, desde su experiencia docente, criticaba la falta de preparación, la miseria formativa y cultural con la que los estudiantes llegan a la universidad. Según me confiesan muchos amigos profesores de universidad, las palabras del catedrático de Barcelona no han perdido, por desgracia, su vigencia:

Ni siquiera los mejores son capaces de expresarse por escrito. No se trata únicamente del absoluto desconocimiento de la ortografía, sino de la aberrante puntuación, de una grafía disparatada, que muestran la inexistencia de hábitos de lectura y de escritura. Tienen, además, una ignorancia supina de la Historia: no saben si fue antes el Imperio Romano o la Revolución Francesa… La Generación Play-Station ha llegado a la universidad. Divertirse hasta morir. En esto consiste la educación real que ahora funciona.”

F.R.C.: Tu gran preocupación como profesor parece que siempre ha sido fomentar la lectura en los alumnos y para ello, como principal recurso, el uso continuo del cuento en clase; a ello responden diversas antologías preparadas por ti. ¿Puedes extenderte sobre ello?

M.D.R.: Siempre he tenido muy claro que el objetivo fundamental del profesor de Lengua y Literatura es conseguir que los alumnos se aficionen a la lectura. Si esto se consigue, todo lo demás se dará por añadidura. La buena lectura es el medio definitivo y único para dominar la propia lengua, para que los niños, adolescentes y jóvenes puedan romper los límites de espacio y de tiempo y se abran a los mundos infinitos de la fantasía, para que aprendan sobre la vida, conozcan, confronten y piensen. Porque la lectura nos enseña a mirar dentro de nosotros mismos y mucho más lejos de nuestra mirada y nuestra experiencia, o dicho con una acertada metáfora, la lectura es una ventana y también un espejo.

Desde mis lejanos comienzos como profesor me di cuenta de que la brevedad del cuento que puede leerse en pocos minutos o que incluso sólo ocupa media o una página, y la sugestión y concentración de los grandes pequeños relatos, facilitaban de entrada la atención y el interés de la gente joven y los convertían en un buen camino de iniciación al placer de la lectura y al conocimiento directo de la lengua y de la literatura. Si se hace una buena selección desde distintos planteamientos -temas, estructuras, personajes, épocas y ambientes, técnicas narrativas y usos del lenguaje, etc.- los cuentos pueden convertirse en un material vivo de trabajo en las clases de Lengua y Literatura.

He leído y comentado con mis alumnos cientos de cuentos, y algunos de ellos los he recogido en antologías. La publicada en la editorial Alhambra Longman, Antología del cuento literario, fue uno de los primeros intentos -1985- en nuestro país de una selección de cuentos muy variados y universales destinada exclusivamente a estudiantes de Enseñanza Media. Ha tenido una difusión amplísima en centros de enseñanza de toda la geografía española, con más de medio millón de ejemplares vendidos y sigue leyéndose hoy día, después de tantos años. Y, modestia aparte, era muy consciente de que la aceptación de esos cuentos seleccionados estaba garantizada, porque se trataba de los relatos que mejor me habían funcionado durante muchos cursos y con alumnos muy distintos.

Otras publicaciones, como  la Antología de cuentos e historias mínimas yLa memoria de los cuentos (reeditado con el título Relatos populares del mundo), las dos publicadas en la colección Austral de Espasa Calpe y el último título en colaboración con Paz Díez Taboada, así como una antología a punto de salir en la colección  Cátedra Base, Cincuenta cuentos breves: una antología comentada, abundan en mi preocupación por proporcionar a profesores y alumnos repertorios de excelentes textos narrativos cortos.

Leíamos en clase cuentos de variada extensión, aunque los cuentos que más utilizaba eran muy cortos, de una o dos páginas. Estas historias mínimas siempre han existido (cuentos populares, antiguas fábulas, parábolas o apólogos inolvidables), pero es indudable la actualidad de esta modalidad del cuento brevísimo y, por cierto con un desarrollo destacado en las literaturas hispánicas. Por la extrema brevedad, por el acierto formal, por el ingenio, la ironía, humor o sátira y por el final sorpresivo, algunos de estos pequeños cuentos  -¡ojo! los de verdadera calidad que no abundan mucho- pueden ser muy apropiados y sugerentes en el trabajo de clase.

F.R.C.: ¿Puedes decirnos qué te parece la situación de la lectura entre los jóvenes actuales?

M.D.R.: Pienso que, en general, hasta los 12 ó 13 años los índices de lectura se suelen mantener a un ritmo, podríamos decir, bastante aceptable; pero, a partir de esa edad, con la llegada de la adolescencia, la caída es estrepitosa. A los muchachos, salvo excepciones, ya no les gusta leer, les parece una actividad propia de niños y que ahora les aburre, y los profesores vocacionados asisten impotentes, perplejos o desconcertados, al progresivo distanciamiento o abandono masivo de la lectura.

Ante unos muchachos, en general, tan solicitados por el mundo externo, tan faltos de capacidad de atención y concentración, tan movidos e inquietos, tan distraídos, difícil tarea es encaminarlos y centrarlos en una actividad solitaria, seria y absorbente como es la lectura.

Desde mi posición de espectador muy interesado y preocupado, pero ya  fuera de la docencia, te hago algunas reflexiones sobre las principales causas –tan obvias y fácilmente detectables por otra parte- que, unidas a la contestación a tu anterior pregunta, pueden ayudar a entender la preocupante situación de la lectura en las nuevas jóvenes generaciones.

En primer lugar, la televisión se ha tenido durante mucho tiempo como la culpable más al alcance de la mano. Las imágenes televisivas bombardean impunemente durante muchas horas semanales a nuestros adolescentes y jóvenes que, sin apenas notarlo, se convierten en mudos, pasivos e idiotizados receptores de una avalancha colorista, violenta, edulcorada o de banales chismorreos y de general mala educación. En la televisión todo se le da hecho al receptor sin exigirle nada a cambio, ni esfuerzo físico, ni inductivo, ni deductivo, ni imaginativo. Además, si este medio hipnotizante se nutre en su mayor parte de programas estúpidos, carentes del más elemental nivel lingüístico, cultural o estético, que ni elevan ni estimulan, sino que, por el contrario, alienan, rebajan y degradan; que unifican, pero por abajo; si la televisión se ha convertido entelebasura y es hoy, como ha dicho Ernesto Sábato, el verdadero opio del pueblo, el problema se complica al máximo para nuestros jóvenes indefensos.

Sin embargo -y dentro de este olvido de la lectura y de la continua primacía y exaltación de la imagen y el sonido-, se percibe desde hace ya algún tiempo un cambio cada vez más palpable.

Los adolescentes y jóvenes prefieren otras pantallas de ocio por su mayor interacción: el ordenador, Internet (el 88% de los adolescentes se declaran usuarios), los videojuegos o videoconsolas, los reproductores de música e imagen y los últimos y más sofisticados teléfonos móviles. Estamos ante una nueva generación, la de los llamados nativos digitales: los muchachos actuales dotados de una asombrosa destreza informativa y que no vivieron ni pueden imaginar una vida sin Internet y las demás pantallas. Una generación que usa con toda normalidad y absoluto dominio esos medios en los ya no son meros espectadores, como en el caso de la televisión, sino que juegan como protagonistas con la Play-Station, buscan en Google, “cortan y pegan”, se conectan con sus amigos mediante las redes sociales –Tuenti, Facebook- que integran el chat, el correo electrónico y la subida de fotos o canciones y vídeos bajados asiduamente de la Red.

No se pueden negar las enormes posibilidades de los audiovisuales e Internet en la formación personal y, desde luego, en el proceso educativo, pero la realidad es que la mayoría de los jóvenes  no aprovechan las posibilidades de información, conocimiento y divertimento provechoso que pueden proporcionar estos medios. Con esa tendencia característica en ellos a lo fácil y cómodo, predomina casi exclusivamente el uso lúdico y frívolo. Me pregunto, ¿tienen los padres y los profesores  preparación y autoridad para guiarlos, orientarlos y acotarlos en el uso responsable y fructífero de esos medios?

El acto de la lectura es una actividad personal, intensa y profunda, en la que hay que imaginar y crear; y que exige tiempo, paciencia y sobre todo mucho silencio. Se encuentra, pues, en los antípodas de esa situación descrita, tan pasiva, superficial y extravertida, tan asediada y cercada por la prisa, por las imágenes y la música estridente que dificultan la serenidad, el silencio y la soledad sosegada, como requisitos imprescindibles para poder sumergirse en la lectura e ir consiguiendo el hábito. En palabras de Alberto Manguel, se ha perdido la costumbre de lo difícil, lo profundo y lo lento. Es muy complicado hacer que un niño educado al ritmo del zapping y el videojuego se tome el tiempo de sentarse con un libro, recientemente el novelista norteamericano Philip Roth insistía en los tres requisitos del hábito de lectura: la concentración, la soledad y la imaginación. Pues bien, como afirmaba hace algún tiempo César Antonio Molina, incluso se está llegando a la surrealista situación de que muchos chicos admitan con normalidad que las imágenes vigilantes y el ruido anestésico son producto de la alegría del mundo, mientras que el silencio y la soledad equivalen a la tristeza, el aburrimiento y el desasosiego.

Otra causa del deterioro de la lectura es que ha sido excluida con mucha frecuencia del ambiente familiar, bien porque se ha perdido la tradición lectora en clases sociales que antes la poseían y valoraban, o bien porque no se dan las mínimas condiciones culturales -pocas veces, económicas- para que pueda existir. En ambos casos, los padres no leen y los hijos tampoco y, al revés, cuando un alumno lee es, en la mayoría de los casos, porque en casa sus padres también leen. La afición lectora entre los adolescentes y jóvenes decrece, aunque a veces haya un aumento engañoso de lectores llamados “inducidos”, debido a las lecturas obligatorias de los planes de estudio o a campañas de mercado, que apenas consiguen lectores verdaderos y constantes, que es de lo que se trata.

¿Qué pueden hacer hoy los heroicos profesores en el difícil empeño de conseguir lectores entre unos alumnos, zarandeados y enajenados por fuerzas tan adversas?

Difícil tarea en estos tiempos que corren y por ello cada vez valoro más el trabajo de  muchos excelentes profesores. Con todas las dificultades apuntadas y que los profesores son  los primeros que las están  viviendo día a día, clase a clase, todavía mantienen la ilusión en su trabajo y piensan que, a pesar de todo, algo puede y debe hacerse. En algunos centros de enseñanza de Secundaria y de Bachillerato la situación comienza a cambiar, aunque sea muy lentamente. Hay grupos de profesores que, unidos en un proyecto común, están dando y ganando pequeñas batallas al conseguir rescatar de la frivolidad y el desinterés general a grupos de chicos y chicas. Por ahí hay que comenzar. Lo que no se puede permitir es que el pequeño grupo de los mejores o más dispuestos alumnos sucumban ante la indisciplina, mediocridad y la apatía dominante. Es imprescindible garantizar a los que quieran estudiar el ambiente de silencio y orden necesarios, dedicarles una atención especial, incluso muy personalizada, y procurar interesar y atraer a los más posibles. Al grupo de estudiantes declaradamente negativos, que siempre habrá, el profesor tendrá que intentar proporcionarles la enseñanza y los conocimientos mínimos si es posible y si no, neutralizarlos incluso drásticamente para que no incordien.

La verdadera labor de los Departamentos o Seminarios de Lengua y Literatura, en vez de perder el tiempo en charloteo banal o discusiones bizantinas, debería consistir en preparar ejercicios escalonados de redacciones, exposiciones orales, ampliación de vocabulario y, especialmente, en confeccionar y catalogar un listado de lecturas: obras de teatro o textos para dramatizar en clase, lista de poemas para memorizar, recitar y comentar; novelas y cuentos, recortes de prensa, etc. En definitiva, crear un corpus muy completo y complejo de textos rigurosamente contrastados y experimentados, para que cualquier profesor pueda echar mano de ellos y utilizarlos en clase.

De lo que sí estoy convencido es que si un profesor es apasionado de la lectura contagiará -con su entusiasmo y con una selección adecuada de textos- y descubrirá el placer de la lectura a muchos más alumnos de los que en principio se puede pensar.  Como decía Rosa Montero, “Todos tenemos un libro que nos espera, de la misma manera que a todos nos aguarda un amor en algún sitio; la cosa es descubrirlo. Los que no disfrutan con la lectura son aquellos que no han encontrado aún ese libro, esa obra que les atraparía y les dejaría temblorosos y exhaustos, como siempre dejan las grandes pasiones.” La labor del profesor es ayudar a sus alumnos a descubrir ese libro.

  

Miguel Díez R. Profesor durante  treinta y cinco años de Lengua y  Literatura Española de Enseñanza Media,  ha publicado, además de varios manuales de Literatura  y de Comentarios de Textos Literarios, los libros: Antología del cuento literario -1985- (Madrid, Alhambra Longman, última reimpresión 2009), la edición de Ramón del Valle-Inclán, Jardín umbrío (Madrid, Espasa Calpe, 1993), y Antología de cuentos e historias mínimas (Madrid, Espasa Calpe, 2002). En colaboración con Paz Díez Taboada, ha publicado Antología de la poesía española del siglo XX -1991- (Madrid, Akal, 2004), La memoria de los cuentos -1998- (reeditado con el título Relatos populares del mundo, (Madrid, Espasa Calpe, 2007),  Antología comentada de la poesía lírica española (Madrid, Cátedra, 2005) y, en prensa, Cincuenta cuentos breves: una antología comentada (Cátedra).

Email: mikdiez@gmail.com

CUENTOS BREVES RECOMENDADOS POR MIGUEL DÍEZ R.

MEMORIAS DE UN VIEJO PROFESOR. LA LECTURA EN EL AULA (PDF)

 

Miguel Díez R. Profesor durante treinta y cinco años de Lengua y Literatura Española de Enseñanza Media, ha publicado, además de varios manuales de Literatura  y de Comentarios de Textos Literarios, los libros: Antología del cuento literario -1985- (Madrid, Alhambra Longman, última reimpresión 2009), la edición de Ramón del Valle-Inclán, Jardín umbrío (Madrid, Espasa Calpe, 1993), y Antología de cuentos e historias mínimas (Madrid, Espasa Calpe, 2002). En colaboración con Paz Díez Taboada, ha publicado Antología de la poesía española del siglo XX -1991- (Madrid, Akal, 2004), La memoria de los cuentos -1998- (reeditado con el título Relatos populares del mundo, (Madrid, Espasa Calpe, 2007),  Antología comentada de la poesía lírica española (Madrid, Cátedra, 2005) y, en prensa, Cincuenta cuentos breves: una antología comentada (Cátedra).

Email: mikdiez@gmail.com

 

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3 comentarios en “Entrevista al profesor Miguel Díez R.

  1. Fui alumna tuya en 2º de BUP en el curso 83-84 y no puedo estar más de acuerdo contigo en cuanto a la labor del profesor, no siempre reonocida. Tú me contagiaste tu amor por la lectura y a día de hoy sigo siendo una lectora empedernida. Me encantaban tus clases. Muchas gracias, Miguel.

    • Gracias a ti, Débora, por tu comentario. Me trae a la memoria hermosos recuerdos de tiempos lejanos y de alumnas como tú que aún conservan una sentida huella de este viejo profesor.
      Con un abrazo y mis mejores deseos.

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