Los taxis de mi vida

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someonePrint this page
taxi
Taxi. Fuente de la imagen

LOS TAXIS DE MI VIDA

Francisco Rodríguez Criado

Haciendo zapping días atrás me topé con El Follonero justo cuando subía a un taxi neoyorkino al tiempo que le gritaba al conductor: “¡Siga a ese taxi!”. No sé cuál sería la intención del programa: dos minutos después cambié de canal y, como suele ocurrirme, empecé a divagar con pensamientos estériles. En cualquier caso, El Follonero hizo realidad uno de los sueños de mi infancia. Cuántas veces he vivido esa experiencia en mi imaginación (“¡Siga a ese taxi, es cosa de vida o muerte!”), febril y angustiado en la persecución de un espía, un peligroso terrorista o de una hermosa amante dispuesta a firmar con su huida la sentencia de mi infelicidad.

Ay, nada de eso me ocurrió jamás. Los taxis de mi vida han sido terriblemente aburridos. De nada me han servido excepto para tareas tristemente prosaicas: me han llevado al hospital, a la estación de autobuses o al aeropuerto, pero jamás me han conducido a ningún clímax digno de recuerdo. Ni escenas escalofriantes, ni sentimientos arrebatados, ni urgencias impostergables, ni situaciones al borde de un ataque de pánico. Los míos han sido taxis sin emoción, sin banda sonora, sin subidones de adrenalina.

Bien mirado, este desajuste entre realidad y ficción tiene su razón antropológica: uno elige la ficción para vivir en el apasionamiento y la realidad para vivir en la seguridad. Mientras tanto, los taxis, esos vehículos nacidos por y para la ficción, todo corazoncitos de aluminio, siguen culebreando abatidos por las grandes ciudades a la espera de que algún cliente aventurero les inste a hacer aquello para lo que han nacido: para perseguir y para ser perseguidos.

(Artículo publicado en El Periódico Extremadura el miércoles, 1 de octubre de 2010).

El mundo desde un taxi

LEER OTROS TEXTAMENTOS

narrativa_newsletterp

Artículos relacionados