Cuento de Pilar López Mora: Bukowski era un guarro

Bukowski, Pilar López Mira
Charles Bukowski, visto por Robert Crumb.
Fuente de la imagen

Pilar López Mora es profesora de Historia de la Lengua y autora de cuentos y poemas, que publica periódicamente en su blog Recuerdos de CarthapilusSu relato “Bukowski era un guarro” gira en torno a la figura (no presente “físicamente” en el texto) del padre del realismo sucio, Charles Bukowski, poeta, novelista y autor de cuentos. 

La ilustración de Bukowski tomando un baño es del estadounidense Robert Crumb, uno de los ilustrador más personales del cómic underground. 


 

BUKOWSKI ERA UN GUARRO

(cuento)

 Pilar López Mora

Esperábamos a unos parientes que nunca llegaban. Varias cervezas y muchas canciones, la conversación, nada estimulante y poco animada. Este amigo, Marcelo, había venido con una española, listilla, cabello corto y universitaria. Ella echaba un vistazo por mi librería mientras yo servía una copa tras otra, una cerveza tras otra, un chupito tras otro y pensaba “estos tipos se lo van a beber todo”. Marcelo, ya alegre de tanto alcohol, le tocó el culo y le dijo:

–Deja ya de hacerte la intelectual y siéntate aquí con papito.

Me temí lo peor. Se iban a quedar horas y más  horas. Me apetecía como pasar la tarde con el impresentable del Piñera pavoneándose de haber conocido a todos los intelectuales de Chile en algún momento de sus vidas. Entonces la española dijo que le parecía muy interesante mi biblioteca y que había notado que tenía todo lo que conocía de Bukowski. Le parecía curioso.

–¿Tanto te gusta ese tipo? Bukowski era un guarro.

No supe si darle la razón o mandarla a la mierda, al carajo, al infierno. A algún lugar que ella entendiese donde la mandaba. Opté, educado y prudente como soy, por preguntar a qué se refería: que era un viejo verde, un indecente, ya lo decía él.

–Eso. Un guarro.

–Pues entonces de acuerdo los tres, niña, –dijo Marcelo–-, el anfitrión, tú y el Bukowski ese.

Sin embargo, apenas oyó que el poeta aquel era un pervertido confeso, mi amigo se calentó en un modo increíble y con tal premura que me dijo que mejor me llamaba a una ramera rapidito y nos íbamos a la cama, cada uno con su mina. La mía, evidentemente, de pago.

Yo no lo dudé ni un minuto, tomé el teléfono, marqué, hablé con la empresa de taxis y ordené que me trajesen una profesional. El tipo de siempre andaba ajetreado. “Tengo otra llamada, le paso con el taxista para que le explique”. Y yo de nuevo a explicar que me trajesen en breve una prostituta, solo una, del quilombo ese recién abierto en la Avda. Bueras. Me hacía ilusión después de todo inaugurar el nuevo contingente poblacional de la zona, que al parecer aumentaba con un número indefinido de colombianas. Mis divagaciones fueron interrumpidas por una voz extraña; un taxista nuevo y foráneo me gritaba desde el otro lado del teléfono. “Allí mismo la tiene ahorita”.

Tardó el mexicano, pues el acento no engañaba, más de lo normal en traer a casa a una profesional desde Bueras. Al fin, llega el taxi. Baja una mujer alta y muy pintada, rubia de larga melena y grandísimos pechos. Queda detrás del taxista que recibe su paga y se larga deseando impertinentemente que tengamos una noche linda. Entramos y no tardé ni un segundo en notar con mi mano indiscreta que aquello era un tío. “Yo había pedido una mujer. No lo tome a mal señorita pero el cliente soy yo y cada cual tiene sus gustos”.

Llamo de nuevo al taxi. Ahora ya directamente al mexicano que contesta tan pancho:

–Usted no especificó, cuate. Toqué al telefonillo del burdel, pedí una mina calentita para usted, me dijeron: “¿cómo la prefiere?” Y yo que les dije: “pues yo, rubia, de grandes tetas; estos no sé”. Y la vieja: “rubia de grandes tetas nos queda un travestido muy habilidoso, cierto que no está operado pero es altamente recomendable, compadre. Yo se lo garantizo”. “Ándale”, dije. Pues les supuse a ustedes ya con prisas. Y además cuando salió la rubiaca esta con esas tetas yo pensé que se alegrarían mucho por la elección. Pruebe una mijita, mano, a ver si se está perdiendo algo interesante, no sea estrecho de miras, buey. Yo, si dentro de un ratito usted me llama, voy para acá como una bala y me traigo la puta y le devuelvo a usted sus pesos. Pero dale, no más. No me sea chingón.

Yo ni que decir tiene me ofendí por todo, estaba tan enfadado que ni pude contestar, además de que a la velocidad que hablaba aquel maldito zapoteco no había forma humana de replicar. Ya me quejaría yo al encargado de la compañía de taxis mañana. Ahora no me quedaba otra que ofrecer algo de beber a la rubia aquella y a ver cómo salía de aquel impasse. Pasé adentro con Brigitte, que era el nombre de la rubia. Vigilando de reojo a Marcelo, a ver si lo notaba y la liaba con chistes a mi costa. Pero nada. Ni cuenta se dio. Creo, incluso, que la miraba más que a su chamaquita española.

Yo, incómodo. La rubia fumando como un carretero y bebiendo como un cosaco. Marcelo metiendo mano a la española que ya hojeaba el Viaje de Celine, siempre sobre mi escritorio. Pero qué mal me caía la morena, flaca y entrometida esa.

Les animo: “anden a la habitación, están en su casa”. Con la única esperanza de que la pesada aquella soltase mi libro de cabecera y quedarme a resolver la papeleta del tipo aquel. Marcelo toma a la española del brazo y se mete en el cuarto. Y yo me quedo con la rubia, que en verdad estaba buena, sin saber qué decirle, cómo explicarle que no quería que se quedase. Que me enfermaba la idea, que yo, aunque no tan fantasma como los argentinos, era muy macho. Pensando, pensando, reflexionando y figurando excusas y componiendo en mi mente las frases perfectas para darle puerta al putón, me veo que –no sé ni cómo– la tengo justo al lado, ya pasando sus hábiles y rápidas manos por mi bragueta y susurrando a mi oído una serie de verdades como puños en un lenguaje tan claro, sencillo, lírico y obsceno que nadie en su sano juicio la hubiese parado.

Ahí las cosas se desmadraron un poco, he de reconocer. Algo en mí acallaba a la voz que decía: ¡No! ¿Pero qué haces, Lalo? ¿Te has vuelto loco? Pero ya no había marcha atrás. Yo estaba aturdido aunque no tanto para que en mis incursiones manuales no evitase la parte de la entrepierna, único reducto masculino de aquella bomba sexual. Así fue. Así empezó y así acabó. Nos fuimos a mi habitación y pasé una noche fascinante por decir poco. No entraré en detalles porque soy un caballero y un señor y los chilenos, al contrario de los argentinos, no somos unos indiscretos que lo largan todo después de un affaire cualquiera. Ni me tengo que justificar. Solo diré que ella se comportó como mujer y yo como hombre y no tengo nada que añadir.

A partir de ese día, cada martes hago mi llamada a Rivero, nombre del mexicano, y él ya sabe. “¿La rubia del nardo, pues?” Yo le reprocho familiarmente la vulgaridad y él se disculpa. “Sabe que lo digo con cariño, Sr. Lalo, que yo a la Brigitte y a usted les tengo el mayor de los respetos y gran veneración. Casi como decir la única amistad que tengo en este país. Ya me podían haber mandado a otro sitio los pinches judiciales que más que otra cosa me castigaron a mí peor que a los padrotes. Puta la mañana que me fui de la lengua para venirme acá a pasarla tan solo y congelándome los huevos”. “Está bien, Riverita. No te vengas abajo, –le digo–, pasa después a tomarte una Austral con nosotros y charlamos”. “Eso, Sr. Lalo, tomar y platicar, platicar y tomar”. Rivero tiene más historias en la recámara que Gabo Márquez y la velada con él y Brigitte es siempre un momento de alivio para el largo día, la larga semana, la larga vida. Se podría decir que son como una familia. Una familia secreta, oculta, íntima y clandestina.

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