Cuento breve recomendado: “La muerte tiene permiso”, de Edmundo Valadés

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Edmundo Valadés (1915-1994). Fuente de la imagen

 

“El hombre necesita contar lo que cree, sueña o ve, porque desde hace milenios somos la misma ansia de capturar en un testimonio perdurable la realidad o el sueño que nos rodea”.
E.V.

[Este cuento incluye un comentario, al final, de Miguel Díez R.]

LA MUERTE TIENE PERMISO

(cuento)

Edmundo Valadés (México, 1915-1994)

Sobre el estrado, los ingenieros conversan, se ríen. Se golpean unos a otros con bromas incisivas. Sueltan chistes gruesos cuyo clímax es siempre áspero. Poco a poco su atención se concreta en el auditorio. Dejan de recordar la última juerga, las intimidades de la muchacha que debutó en la casa de recreo a la que son asiduos. El tema de su charla son ahora esos hombres, ejidatarios congregados en una asamblea y que están ahí abajo frente a ellos.
-Sí, debemos redimirlos. Hay que incorporarlos a nuestra civilización, limpiándolos por fuera y enseñándolos a ser sucios por dentro.
-Es usted un escéptico, ingeniero. Además pone usted en tela de juicio nuestros esfuerzos, los de la revolución.
-¡Bah! Todo es inútil. Estos jijos son irredimibles. Están podridos en alcohol, en ignorancia. De nada ha de servirles repartirles tierras.
-Usted es superficial, un derrotista, compañero. Nosotros tenemos la culpa. Les hemos dado las tierras, ¿y qué? Estamos ya muy satisfechos. Y el crédito, los abonos, una nueva técnica agrícola, maquinaria, ¿van a inventar ellos todo eso?
El presidente, mientras se atusa los enhiestos bigotes, acariciada asta por la que iza sus dedos con fruición, observa tras sus gafas, inmune al floreteo de los ingenieros. Cuando el olor animal, terrestre, picante de quien se acomoda en las bancas, cosquillea su olfato, saca un paliacate y se suena las narices ruidosamente. Él también fue hombre de campo. Pero hace mucho tiempo. Ahora de aquello, la ciudad y su posición sólo le han dejado el pañuelo y la rugosidad de sus manos.
Los de abajo se sientan con solemnidad, con el recogimiento del hombre campesino que penetra en un recinto cerrado: la asamblea o el templo. Hablan parcamente y las palabras que hablan dicen de cosechas, de lluvia, de animales de crédito. Muchos llevan sus itacates al hombro, cartucheras para combatir el hambre. Algunos fuman, sosegadamente, sin prisa, con los cigarrillos como si les hubiesen crecido de la propia mano.
Otros de pie, recargados en los muros laterales, con los brazos cruzados sobre el pecho, hacen una tranquila guardia.
El presidente agita la campanilla y su retintín diluye los murmullos. Primero empiezan los ingenieros. Hablan de los problemas agrarios, de la necesidad de incrementar la producción, de mejorar los cultivos. Prometen ayudar a los ejidatarios, los estimulan a plantear sus necesidades.
-Queremos ayudarlos, pueden confiar en nosotros.
Ahora es el turno de los de abajo. El presidente los invita a exponer sus asuntos. Una mano se alza tímida. Otras la siguen. Van hablando de sus cosas: el agua, el cacique, el crédito, la escuela. Unos son directos, precisos, otros se enredan, no atinan a expresarse. Se rascan la cabeza y vuelven el rostro a buscar lo que iban a decir, como si la idea se les hubiera escondido en algún rincón, en los ojos de un compañero o arriba donde cuelga un candil.
Allí en un grupo, hay cuchicheos. Son todos del mismo pueblo. Les preocupa algo grave. Se consultan unos a otros; consideran quién es el que debe tomar la palabra.
-Yo crioque Jilipe: sabe mucho…
-Ora, tú, Juan, tú hablaste aquella vez…
No hay unanimidad. Los aludidos esperan ser empujados. Un viejo, quizá el patriarca, decide:
-Pos que le toque a Sacramento.
Sacramento espera.
-Ándale, levanta la mano…
La mano se alza, pero no la ve el presidente. Otras son más visibles y ganan el turno. Sacramento escudriña al viejo. Uno, muy joven, levanta la suya, bien alta. Sobre el bosque de hirsutas cabezas pueden verse los cinco dedos morenos, terrosos. La mano es descubierta por el presidente. La palabra está concedida.
-Órale, párate.
La mano baja cuando Sacramento se pone de pie. Trata de hallarle sitio al sombrero. El sombrero se transforma en un ancho estorbo, crece, no cabe en ningún lado. Sacramento se queda con él en las manos. En la mesa hay señales de impaciencia. La voz del presidente salta, autoritaria, conminativa:
-A ver ese que pidió la palabra, lo estamos esperando.
Sacramento prende sus ojos en el ingeniero que se halla a un extremo de la mesa. Parece que sólo va a dirigirse a él; que los demás han desaparecido y han quedado únicamente ellos dos en la sala.
-Quiero hablar por los de San Juan de las Manzanas. Traimos una queja contra el Presidente Municipal que nos hace mucha guerra y ya no lo aguantamos. Primero les quitó sus tierritas a Felipe Pérez y a Juan Hernández, porque colindaban con las suyas. Telegrafiamos a México y ni nos contestaron. Hablamos los de la congregación y pensamos que era bueno ir al Agrario, pa la restitución. Pos de nada valieron las vueltas ni los papeles, que las tierritas se le quedaron al Presidente Municipal.
Sacramento habla sin que se alteren sus facciones. Pudiera creerse que reza una vieja oración, de la que sabe muy bien el principio y el fin.
-Pos nada, que como nos vio con rencor, nos acusó quesque por revoltosos. Que parecía que nosotros le habíamos quitado sus tierras. Se nos vino entonces con eso de las cuentas; lo de los préstamos, siñor, que dizque andábamos atrasados. Y el agente era de su mal parecer, que teníamos que pagar hartos intereses. Crescencio, el que vive por la loma, por ahi donde está el aguaje y que le intelige a eso de los números, pos hizo las cuentas y no era verdá: nos querían cobrar de más. Pero el Presidente Municipal trajo a unos señores de México, que con muchos poderes y que si no pagábamos, nos quitaban las tierras. Pos como quien dice, nos cobró a la fuerza lo que no debíamos…
Sacramento habla sin énfasis, sin pausas premeditadas. Es como si estuviera arando la tierra. Sus palabras caen como granos, al sembrar.
-Pos luego lo de m’hijo, señor. Se encorajinó el muchacho. Si viera usté que a mí me dio mala idea. Yo lo quise detener. Había tomado y se le enturbió la cabeza. De nada me valió mi respeto. Se fue a buscar al Presidente Municipal, pa reclamarle… Lo mataron a la mala, que dizque se andaba robando una vaca del Presidente Municipal. Me lo devolvieron difunto, con la cara destrozada…
La nuez de la garganta de Sacramento ha temblado. Sólo eso. Él continúa de pie, como un árbol que ha afianzado sus raíces. Nada más. Todavía clava su mirada en el ingeniero, el mismo que se halla en el extremo de la mesa.
-Luego, lo del agua. Como hay poca, porque hubo malas lluvias, el Presidente Municipal cerró el canal. Y como se iban a secar las milpas y la congregación iba a pasar mal año, fuimos a buscarlo; que nos diera tantita agua, siñor, para nuestras siembras. Y nos atendió con malas razones, que por nada se amuina con nosotros. No se bajó de su mula, pa perjudicarnos.
Una mano jala el brazo de Sacramento. Uno de sus compañeros le indica algo .La voz de Sacramento es lo único que resuena en el recinto.
-Si todo esto fuera poco, que lo del agua, gracias a la Virgencita, hubo más lluvias y medio salvamos las cosechas, está lo del sábado. Salió el Presidente Municipal con los suyos, que son gente mala y nos robaron dos muchachas: a Lupita, la que se iba a casar con Herminio, y a la hija de Crescencio. Como nos tomaron desprevenidos, que andábamos en la faena, no pudimos evitarlo. Se las llevaron a fuerza al monte y ai las dejaron tiradas. Cuando regresaron las muchachas, en muy malas condiciones, porque hasta de golpes les dieron, ni siquiera tuvimos que preguntar nada. Y se alborotó la gente de a deveras, que ya nos cansamos de estar a merced de tan mala autoridad.
Por primera vez, la voz de Sacramento vibró. En ella latió una amenaza, un odio, una decisión ominosa.
-Y como nadie nos hace caso, que a todas las autoridades hemos visto y posno sabemos dónde andará la justicia, queremos tomar aquí providencias. A ustedes -y Sacramento recorrió a cada ingeniero con la mirada y la detuvo ante quien presidía-, que nos prometen ayudarnos, les pedimos su gracia para castigar al Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas. Solicitamos su venia para hacernos justicia por nuestra propia mano…
Todos los ojos auscultan a los que están en el estrado. El presidente y los ingenieros, mudos, se miran entre sí. Discuten al fin.
-Es absurdo, no podemos sancionar esta inconcebible petición.
-No, compañero, no es absurda. Absurdo sería dejar este asunto en manos de quienes no han hecho nada, de quienes han desoído esas voces. Sería cobardía esperar a que nuestra justicia hiciera justicia, ellos ya no creerán nunca más en nosotros. Prefiero solidarizarme con estos hombres, con su justicia primitiva, pero justicia al fin; asumir con ellos la responsabilidad que me toque. Por mí, no nos queda sino concederles lo que piden.
-Pero somos civilizados, tenemos instituciones; no podemos hacerlas a un lado.
-Sería justificar la barbarie, los actos fuera de ley.
-¿Y qué peores actos fuera de ley que los que ellos denuncian? Si a nosotros nos hubieran ofendido como los han ofendido a ellos; si a nosotros nos hubieran causado menos daños que los que les han hecho padecer, ya hubiéramos matado, ya hubiéramos olvidado una justicia que no interviene. Yo exijo que se someta a votación la propuesta
-Yo pienso como usted, compañero.
-Pero estos tipos son unos ladinos, habría que averiguar la verdad. Además no tenemos autoridad para conceder una petición como ésta.
Ahora interviene el presidente. Surge en él el hombre de campo. Su voz es inapelable.
-Será la asamblea la que decida. Yo asumo la responsabilidad.
Se dirige al auditorio. Su voz es una voz campesina, la misma voz que debe de haber hablado allá en el monte, confundida en la tierra, con los suyos.
-Se pone a votación la proposición de los compañeros de San Juan de las Manzanas. Los que estén de acuerdo en que se les dé permiso para matar al Presidente Municipal, que levanten la mano…
Todos los brazos se tienden a lo alto. También los de los ingenieros. No hay una sola mano que no esté arriba, categóricamente aprobando. Cada dedo señala la muerte inmediata, directa.
-La asamblea da permiso a los de San Juan de las Manzanas para lo que solicitan.
Sacramento, que ha permanecido en pie, con calma, termina de hablar. No hay alegría ni dolor en lo que dice, su expresión es sencilla, simple.
-Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas está difunto.
 
La muerte tiene permiso, México, Fondo de Cultura Económica, 1955, págs, 9-15.
 
 
Comentario
Dedicado plenamente al género del cuento, el escritor Edmundo Valadés ha pasado a la historia de la literatura mexicana por tres motivos. En 1964 fundó la revista y fue director hasta su muerte de El Cuento, una importante y reputada palestra de la cuentística breve universal en los más de cien números publicados; también fue autor del Libro de la imaginación (1970), selección de centenares de textos muy breves: fragmentos literarios de todos los géneros y de todos los tiempos, anónimos unos y, otros de muy diversos autores y, principalmente, brevísimas narraciones extraordinarias, fantásticas, terroríficas y de humor. La difusión de este libro ha sido constante hasta nuestros días, especialmente en la edición aumentada del FCE (1976). Y, por último, la importancia de Valadés proviene del cuento que nos ocupa, “La muerte tiene permiso”, uno de los títulos ya clásicos de la literatura mexicana contemporánea.
Cuando lo escribió, a mediados del siglo XX, todavía resonaban en México los ecos de la Revolución y de la Reforma Agraria en la que se enmarca esta breve historia que, con tono realista, plantea el problema de una comunidad de campesinos que levanta la voz contra los abusos insoportables -robo, usura, violación y asesinato- del Presidente Municipal y cacique de su pueblo, y que se toma la justicia por la mano, de modo muy semejante a como sucede en Fuenteovejuna, la famosa comedia dramática de Lope de Vega.
Cuento muy breve y de trama muy simple, con unos pocos y esquemáticos personajes, se centra en dicho único tema y busca, según la teoría de Poe, “el efecto único” en el final tan acusadamente sorpresivo. La historia se reduce a la escena de dos grupos de personas reunidas en asamblea en una sala de audiencia pública, colocados uno enfrente del otro: sobre el estrado, los ingenieros y el presidente, que se muestran, al principio, frívolos, prepotentes, paternalistas y, en realidad, muy por encima de los graves problemas que allí se plantean, aunque al final, cambian de actitud. El presidente de la asamblea, visto positivamente por el narrador, procede del campo, “su voz es una voz campesina, la misma voz que debe haber hablado allá en el monte, confundida con la tierra, con los suyos”. Los de abajo, el pueblo, los pueblerinos humildes, respetuosos y silenciosos, “con el recogimiento del hombre campesino que penetra en un recinto cerrado: la asamblea o el templo”, hasta que poco a poco, con respeto pero con pertinaz insistencia, van planteando sus problemas. Es de notar cómo la intensidad dramática, conseguida únicamente por medio de los parlamentos de unos y de otros, va subiendo de tono hasta llegar al clímax: “La asamblea da permiso para matar al presidente”.
Si este fuera el final y aquí terminara el cuento, no alcanzaría el efecto contundente que se consigue con la frase de uno de los campesinos que de manera directa, nítida y tajante, no exenta de socarronería, funciona como efectivo cierre del relato y que contribuye a la perfección de un cuento tan preciso y breve. Todo el relato está permeado de una ironía que sólo se percibe al recibir la información final.
Como apunta José Luis Martínez Morales: “He leído y oído en varias ocasiones que “La muerte tiene permiso” es un cuento clásico. Y yo añadiría que no sólo es uno de los mejores y de los más citados y antologados, sino de los más clásicos y ejemplares precisamente por su final tan sorprendente”. Se cumple al pie de la letra lo dicho por el propio autor con respecto al cierre de los grandes relatos: “Si me remito a las minificciones que más me han cautivado, sorprendido o deslumbrado, encuentro en ellas una persistencia: que contienen una historia vertiginosa que desemboca en un golpe sorpresivo de ingenio.”
Miguel Díez R.

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