Cuento breve recomendado: “El delfín y el muchacho de Poroselene”, de Claudio Eliano

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someonePrint this page
Fuente de la imagen
 

Claudio Eliano escribió alrededor del año 200 d. C. una interesante y original obra titulada “De Natura Animalium”, (De la Naturaleza de los Animales). Se trata de una colección, en 17 libros, de fábulas e historias variadas sobre la naturaleza, características, comportamientos, costumbres y mitos de los animales. Las anécdotas de Eliano sobre los animales raramente se basan en la observación directa, la mayoría están tomadas de fuentes escritas, a menudo de Plinio el Viejo, pero también de otros autores y obras ahora perdidas y de las cuales Eliano es el único testigo.

“Pero gran cosa es también que animales irracionales posean por naturaleza algunas cualidades estimables y que tengan muchas y maravillosas excelencias que comparten con el hombre. Sería tarea de una inteligencia cultivada y dueña de vastos conocimientos saber fielmente las características específicas de cada uno y cómo los demás seres vivos han suscitado un interés no menor que el hombre. Desde luego bien sé que otros se han interesado ya por estos temas. Pero yo he reunido todo el material que he podido, le he puesto el vestido de un lenguaje sin pretensiones y estoy convencido de que mi trabajo es un tesoro nada desdeñable. Si a otra persona mi trabajo le parece útil, haga uso de él. Si, por el contrario, no le parece tal, entréguelo a su padre para que lo abrigue y cuide”.
Del prólogo De la naturaleza de los Animales

EL DELFÍN Y EL MUCHACHO DE POROSELENE

(cuento)

Claudio Eliano, escritor latino (c. 175 – c. 235 d.C.)

Los corintios, y con ellos los lesbios, celebran el amor a la música de los delfines, y los habitantes de Íos, su condición afectuosa. Los lesbios cuentan la historia de Arión de Metimna, pero los habitantes de Íos cuentan lo concerniente al hermoso muchacho de la isla, a su diversión natatoria y al delfín. Un individuo de Bizancio llamado Leémidas cuenta que, mientras navegaba costeando la Eólide, vio con sus propios ojos, en la ciudad llamada Poroselene, un delfín domesticado que vivía en la playa y que se comportaba con los naturales como si fueran amigos personales. Y refiere que una pareja de ancianos alimentaba a este hijo adoptivo ofreciéndole los más apetitosos bocados. Además, el hijo de los ancianos era criado juntamente con el delfín y el matrimonio cuidaba de ambos, y, en cierta manera, a causa de la convivencia el muchacho y el cetáceo poco a poco llegaron a amarse el uno al otro sin darse cuenta y, como se repite vulgarmente, «una mutua y augustísima corriente amorosa creció” entre ellos. Resultó, pues, que el delfín amaba ya a Poroselene como a su patria y cogió tanto apego al puerto como a su propio hogar y, lo que es más, devolvía a los que habían cuidado de él el pago del alimento que le habían procurado.
Y he aquí cómo lo hacía. Cuando se hizo grande y ya no necesitaba coger el alimento de la mano, sino que podía atreverse a alejarse nadando y a rodear y perseguir a las presas del mar, capturaba unas para alimentarse, pero otras se las llevaba a sus amigos. y éstos estaban enterados de ello y se complacían en esperar la parte que les traía. Ésta era una ganancia. La otra, la siguiente: los padres adoptivos pusieron al delfín como al muchacho un nombre y éste, con la confianza que otorga la común crianza, colocado de pie sobre un promontorio, lo llamaba por su nombre y al llamarlo empleaba tiernas palabras. El delfín, ya estuviera entablando una porfía con un navío provisto de remos, o buceando y saltando con desprecio de todos los demás peces, que, en bandadas, merodeaban por el lugar, o estuviera cazando porque se lo pedía el apetito, salía a la superficie con toda rapidez como un navío que avanza levantando grandes olas y, acercándose a su amado, jugueteaba y se zambullía con él. Unas veces nadaba a su vera, otras veces parecía como si el delfín quisiera desafiar e incluso animar a su amado a competir con él. Y lo que es más admirable, a veces renunciaba a ser el primero en la competición y se quedaba rezagado como si sintiera placer en resultar derrotado. Todos estos sucesos fueron divulgados clamorosamente, y a todos los que arribaban a la isla les parecía éste el espectáculo más estupendo de cuantos podía ofrecer la ciudad. Y para los viejos y el muchacho todo esto constituía una fuente de ingresos.
 
Historia de los animales, edic. José María Díaz-Regañón López, Madrid, Gredos, 1948, págs. 114-117

narrativa_newsletterp

Artículos relacionados