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Cuento de Fernando Clemot: “Il fastello della mirra”

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Safaris inolvidables, de Fernando Clemot (Menoscuarto, 2013)

Mientras preparo la entrevista que le voy a hacer a Fernando Clemot, que acaba de publicar en Menoscuarto el libro de cuentos Safaris inolvidables, os adelanto uno de esos cuentos, “Il fastello della mirra”, enfocado en la figura del controvertido escritor italiano Gabriele D’Annunzio (1863-1938).

IL FASTELLO DELLA MIRRA

(cuento)

Fernando Clemot

Siempre me atrajo D’Annunzio.

Me deslumbraba su radicalidad, su halo de virilidad antigua, algo en él me seducía y en aquella época de indefiniciones propias veía en su personalidad altanera y directa un ejemplo para superar mis miedos. Me trajo más de un problema aquella extraña filia. Ambrosini y Tolù me lo echaron en cara, especialmente cuando les conté que mi trabajo de fin de carrera sería sobre la obra del Vate. Estábamos en un café los tres, recuerdo bien el lugar, era el porticado de la piazza Vittorio Véneto. Hacía frío pero estábamos fuera, junto a la estufa, embutidos en nuestras chaquetas de proletarios. Chirriaba el trole en la catenaria de los tranvías con eco de animal antiguo. Quizá Tolù fue el que más se ensañó.


–¿Has perdido la cabeza, hijo? Era un fascista, Manuel, era un perro, un hijo de la grandísima puta. ¿Cómo pierdes el tiempo hablando de ese animal?

Ambrosini había bajado la mirada y no decía nada: remataba el cigarrillo contra el cenicero, lo retorcía, como si quisiera también remachar lo que decía su compañero. Tolù no se detuvo: quería seguir hurgando, llevaba el mono del taller remangado, sucio todavía del foso.

–¿Ves estos lamparones? Trabajo con camiones, con grasa y aceite. La suciedad impregna todo lo que la rodea, siempre es así, chaval, y si trabajas en un estercolero acabarás oliendo a mierda. No te enfangues con ese fascista, Manuel, acabarás lleno de su basura.

Eran todavía los años de compromiso, también de desorientación, se iba desvaneciendo el sueño de las Brigadas Rojas entre un baño de sangre y traiciones. Al poco tiempo llegó el secuestro de Aldo Moro y la bomba en la estación de Bolonia. La lucha se extinguía, pero aún no se había disuelto el grupo y seguíamos reuniéndonos los martes en la trastienda de un bar del corso Valdocco. Todavía acompañé en aquellos meses a Tolù a un par de reuniones clandestinas en Chivasso y Settimo Torinese. Cogíamos el tren en la estación de Porta Nuova: fumábamos un cigarrillo tras otro y mirábamos con desconfianza las gorras de plato de los carabinieri o de cualquier tipo que se nos sentara cerca. Allí me volvió a preguntar.

–¿Sigues escribiendo sobre ese fascista, Manuel?

Le contesté que sí y me apartó la mirada. Le dije que era parte de nuestra historia, que me interesaba conocer el proceso que le llevó a la locura, que era más un estudio sobre la personalidad que sobre un personaje en sí. Tolù negaba con la cabeza y sonreía, tenía razón: mentía. Me atraía el fascista, era cierto, me apasionaba su seguridad y su impudicia. D’Annunzio no se había hecho fascista al final de su vida, había nacido fascista y el Fascismo pasó por delante de su vida y se subió a él, como el que se cuelga en el escalón de un tranvía sin saber muy bien a dónde va.

–Sigo sin entenderte, Manuel. No comentaré nada a los otros, descuida. No creo que les hiciera ninguna gracia saber en qué ocupas tu tiempo.

–Puedes decir lo que quieras, Tolù, no me avergüenzo.

–Dejémoslo entonces. Eres un buen chaval pero te equivocas. No hablemos más de este tema, te lo ruego.

Ahora han pasado más de treinta años de todo aquello. Tolù murió hace seis años. Le dio un infarto cuando bajaba de su coche, en el aparcamiento, no había salido del asiento y quedó en una posición extraña, con los pies atrapados entre el cinturón de seguridad. Cuando me dijeron cómo había quedado amarrado por los pies pensé en Mussolini y Clara Petacci colgados en la gasolinera de la plaza Loreto. Retiré rápido aquella asociación repentina, no le hubiera gustado a Tolù que mezclara su imagen con la del tirano, la alejé; recuerdo que me había llamado Giusy, la que había sido la mujer de Tolù desde que eran adolescentes. Por la tarde me llamaron más compañeros de aquellos tiempos y volví a hablar con Giusy: le dije que cogería un avión y estaría en el funeral. Estaba decidido a ir, ya miraba los billetes de avión, pero me retuvo un mecanismo inconsciente. Algo me escocía: no acabó bien mi relación con Tolù pero pocos lo sabían. No ir fue una pequeña venganza, un estúpido desquite que no me perdonaré nunca. Jamás me he sentido tan mezquino como aquel día.

Vuelvo al Vate. Siempre estuve tentado de visitar Il Vittoriale, su última residencia y la más ostentosa de sus locuras. Todos los locos, genios y tiranos han tenido su Vittoriale: Dalí en Port Lligat, Franco en el Valle de los Caídos, Napoleón en los Inválidos y Walser en la clínica mental de Herisau. El sueño prolongado de la razón deriva en enajenación y el totalitarismo en demencia. En el Vittoriale le llegó el delirio al Vate, también la soledad y la enfermedad, todo de lo que había huido lo encontró rodeado de mármoles y bustos, de escalinatas y patios de columnas con vistas al lago di Garda. El programa me permite acercarme ahora a ese lugar. El lago desde treinta kilómetros de altura tiene forma de pistola, una de aquellas primeras Colt largas y estrechas, hasta se dibuja un estribo del lago que entra hasta Saló que podría ser el martillo del arma. Enlazo con un par de páginas y llego al Vittoriale: allí está la nave Puglia, el viejo torpedero que hizo colocar en sus jardines con la proa hacia el Adriático, también el bosquecillo por el que hacía pasear a niñas disfrazadas de musas en sus últimos días de desvarío. Entro en el edificio y en la Zambracca, una sala llena de jarrones de alabastro y mascarones, aquí estaba el Vate cuando murió, en marzo de 1938. Murió de un infarto, como el pobre Tolú: la muerte se ríe de los ideales y de cualquier condición y nos une a todos en último abrazo solidario.

Salgo del Vittoriale y me sitúo sobre la larga ensenada del lago de Garda que trazan Gardone Riviera y Saló: estoy a tres mil trescientos metros de altura. La tumba del Fascismo y de la locura se debe hallar cerca de aquí, en el punto medio de los cuatro kilómetros y seiscientos metros que separan Saló, la capital del estado títere de Mussolini, de la mastaba decadentista del Vate. Es un lugar aparentemente hermoso, hay imágenes de atardeceres desde las villas que rodean el lago. Trazo una línea entre la torre del Reloj de Saló y el Vittoriale y encuentro que el punto medio está a la entrada de una población llamada Barbano, en un pequeño cabo que traza la orilla del lago, entre la via Rive Grandi y el hotel Spiaggia d’Oro.     

Entro en este hotel y veo que tiene un lujo evidente, algo sobrecargado, muy del gusto del Vate. Hay una piscina con vistas al lago y un restaurante, La Veranda, que me recuerda mucho a Le Grand Viso, el restaurant donde solía ir a cenar con Elisa. A ella le gustaba que nos sentáramos en una mesa que daba a un pequeño parterre con geranios. Los miraba una y otra vez y sonreía. Siempre le gustaron las flores.

Salgo de este hotel Spiaggia d’Oro, durante un tiempo será mejor que no visite restaurantes, ni hoteles ni nada que me recuerde mínimamente a Elisa y a todo lo que pasó entonces. Decido seguir con la veta de D’Annunzio y me sitúo en las afueras de Treviso. De un campo de aviación llamado San Pelagio partió el Vate para la que tendría que ser la gran aventura de su vida, el “folle vuolo”, la audacia de la que estaría orgulloso el resto de sus días.

Encuentro rápido San Pelagio: es una pequeña localidad al noroeste de Treviso. Pudo salir la escuadrilla aérea de D’Annunzio desde cualquier lugar, todos los alrededores parecen planos como la palma de una mano aunque me llaman la atención un par de líneas de tierra, unos quinientos metros al este de la población, al final de una calle que se llama Biscari. Entre huertos hay algo que podría ser el lugar desde el que despegó el Vate en su “vuelo loco”. Es una pista de tierra, de unos seiscientos metros de longitud y unos cuarenta de anchura. Hay un par de tejados a la entrada de la pista que podrían ser los hangares y aunque han pasado más de noventa años decido que este debió ser el lugar, el punto desde el que debo empezar a reproducir una de las hazañas más estrambóticas y absurdas de toda la Primera Guerra Mundial.

A las cinco y media de la mañana del nueve de agosto de 1918, partió la patrulla de D’Annunzio del campo de aterrizaje sobre el que me hallo. Estaba compuesta la unidad por nueve monoplazas SVA y un par de modelos biplaza, entre los que estaba el del escritor. Cruzaron de noche toda la llanura del Véneto, centenares de campos de arroz y labranza en dirección norte, hacia Cervignano, la primera de las poblaciones que según los testimonios distinguieron con la claridad del día. Un recorrido de unos cien kilómetros pegados a la costa del Adriático para luego tomar dirección nordeste, buscando los valles que rodean los Alpes Julianos. Ya con luz del día sobrevolaron Tolmin, entonces territorio enemigo, en la actual Eslovenia.

Al norte de Tolmin sobrevuelo decenas de kilómetros de bosques surcados de senderos, de tanto en tanto pequeñas pellas en la floresta en los que se abren prados, me acerco, hay algunas cabañas, se ven cercados y poco más. Según las anotaciones del vuelo a partir de esta zona los aviones de la Serenissima se encontraron con una zona baja de nubes y volaron durante más de una hora a ciegas, rumbo norte, sobrevolaron los valles que rodean el Drava y entraron en Austria por Carintia. Apenas intuyeron las luces de Reichenfels, la primera localidad en territorio austriaco.

La niebla desapareció y la “Serenissima” descubrió las llanuras centrales de Austria. Dejaron al este Graz y sobrevolaron a tres mil metros Raptenberg y Nenberg. Llevaban tres horas y media de vuelo y uno de los pilotos, el teniente Sarti, se quedó atrás y tuvo que aterrizar en un campo. Volaban cerca del límite de autonomía de los aviones. No se debían demorar más. Eran cerca de las nueve cuando distinguieron a lo lejos “una mancha enorme de color amarillo”: era Viena.

La ciudad se estira hacia el sudoeste en una continuidad de ciudades satélite: Ternitz, Neukirchen, Wiener Neustadt…Por aquí entraron los SVA de la Serenísima. No debían tener estos arrabales el mismo tamaño hace noventa años pero este es el lugar en que la escuadrilla empezó a descender. Eran las nueve y veinte minutos cuando sobrevolaron el centro de Viena a una altura de apenas ochocientos metros, lo suficiente para estar fuera del alcance de fusiles y ametralladoras. Según la crónica y las fotografías que sacaron de su hazaña veían con claridad los edificios, los jardines y explanadas, incluso la gente que se aglomeraba confusa y atemorizada en las avenidas.

Me sitúo ahora a la misma altura que aquellos aviones. No he estado nunca en Viena pero desde esta altura parece una ciudad ordenada y hermosa, nada sensual, sería como una bella mujer cubierta por un ropaje demasiado suntuoso, una beldad con uno de esos espantosos trajes regionales, con capas, rebecas y gorgueras que no dejaran adivinar siquiera sus formas. Gano altura. Un canal separa la ciudad antigua del Danubio, que no está muy lejos, tal vez a un kilómetro, pero de cuya compañía parece privada la ciudad por una red de terminales de tren, rotondas y zonas industriales.

Dejo el límite norte de la ciudad y deambulo por el centro, sigo a la misma altura que voló D’Annunzio. No mentía: a ochocientos metros se puede ver a la gente, los veo deambular por la Stephansplatz, la Peterskirsche y los hermosos parques que parecen cerrar la Ciudad Antigua pero no me acerco a nada, no hay ninguna forma que me despierte interés. La Serenissima estuvo veinte minutos sobrevolando la ciudad. En cada avión había veinte kilos de panfletos, con tres formatos diferentes, todos redactados por el Vate. En el primero se vanagloriaba de que podían lanzarles bombas a toneladas pero que no querían hacer la guerra a los niños, los viejos y las mujeres. Les decía que continuar la guerra sería un suicidio para ellos y que su victoria era como el pan ucraniano: se muere esperándolo.      

Quizá era éste el más conciliador de los mensajes y el menos ampuloso. En el segundo ya se aprecia al escritor decadente y preciosista, también al teórico del Fascismo: “En esta mañana de agosto se cumple el cuatro año de vuestra revolución desesperada y luminosamente comienza el año de nuestra plenitud. Las alas tricolores aparecen de improviso, como el indicio del destino que se vuelve. El destino ha cambiado su curso. Se vuelve hacia nosotros con una certeza de hierro. Ha pasado por siempre la hora de esa Alemania que os traiciona, os humilla y os infecta. Vuestra hora ha pasado…”

Sigue el Vate durante un par de párrafos más con la dialéctica que se repetiría una y mil veces durante décadas: desde el balcón de la plaza Venecia, desde el DeustcherHof Hotel de Nuremberg, en la voz de Fernando Fernández de Córdoba el primero de abril, durante lustros como una letanía desde São Bento o la plaza de Oriente. En cada rincón de Europa se repitió el mismo discurso hasta el paroxismo, como una maldición, como el eco de una canción ebria: unidad, voluntad, destino, raza.

Despierto y estoy a las afueras de Viena, a dos mil novecientos metros de altura sobre un lugar llamado Editz, rodeado de bosques y lagos. No sé cómo he ido a parar allí. Trato de volver y seguir el viaje de vuelta que hizo el escuadrón; volvieron por otra ruta, por Graz y Trieste, pero se me han acabado las ganas. Apago el ordenador y pienso en Tolú: tenía razón. La ponzoña te infecta, se pega a las manos como si fuera la grasa de su taller de Settimo, la suciedad te incomoda y te inhibe. Pienso de nuevo en Elisa y en los geranios de Le Grand Viso. No ha sido una buena idea volver a estos pagos.

D’Annunzio sobreviviría todavía dos décadas más para disfrutar de su hazaña y de la teatral patochada de la ocupación de Trieste. Llegó el Fascismo, la era de la acción, de las máquinas y el puñetazo, la edad contundente que esperaba, de la que había sido profeta desde su juventud, y Mussolini dejó una de las mejores definiciones que quedan del Vate: “Es como un diente podrido: o lo extirpas o lo recubres de oro”. Él lo recubrió de oro y el Vate se encerró en su palacio de marfil del Vittoriale. Cada estancia debía reproducir una sensación, un sueño, como si quisiera emular el chateâu de Lourps de Des Esseintes. Algo más compartía con el noble francés: el cinismo y la perversidad pero todo aquel retiro olía ya a cirio apagado. 

La estrella del Vate se diluyó en su palacio. Poco más escribiría: concibió un proyecto alocado que comentó con alguno de sus amigos, a principios de 1927. Quería escribir un libro que contuviera todo lo que había escrito, toda su quemazón decadentista: El placer, Las vírgenes de las rocas, El fuego… Cada palabra del nuevo libro debía haber sido escrita antes por él en otro libro, ni una palabra no escrita por él anteriormente, aquella obra sería ser el resumen y el colofón del mejor escritor de la Italia moderna. Le dio un nombre elevado y altisonante a aquel monstruo sin cuerpo: “Il fastello della mirra”.

Nadie creyó que pudiera llegar a completarlo y el delirio llegó antes de que pudiera empezar su última bravata, la que tenía que convertirle en el escritor más prodigioso que vieron los tiempos.

Murió de un ataque al corazón, en la primavera de 1938, abandonado y loco: triste profeta del horror que tenía que venir. 

…….

Fernando Clemot (Barcelona, 1970) ha publicado el libro de relatos Estancos del Chiado (2009) que obtuvo el premio Setenil, concedido todos los años al mejor libro de cuentos publicado en España, y las novelas El libro de las maravillas(2011) y El golfo de los poetas (2009). Ha sido incluido en diversas antologías de cuentos, como Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (2010). En la actualidad imparte talleres de narrativa en la Universidad Autónoma de Barcelona y en el Laboratorio de Escritura de Barcelona.

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