Entrevista a Fernando Clemot

Entrevista, Fernando Clemot, Safaris inolvidables
Safaris inolvidables, de Fernando Clemot (Menoscuarto, 2013)

LAS ENTREVISTAS DE NARRATIVA BREVE

Fernando Clemot

Safaris inolvidables (Menoscuarto, 2013) 

Fernando Clemot (Barcelona, 1970) es uno de los escritores más representativos del cuento español actual, como refleja su inclusión en algunas de las mejores antologías de cuentos publicadas en nuestro país. En 2009 ganó el premio Setenil con Estancos del chiado y es autor de novelas como El golfo de los poetas (2009) o El libro de las maravillas (2011). Su relación con la literatura pasa también por la docencia: imparte talleres de narrativa en la Universidad Autónoma de Barcelona y en el Laboratorio de Escritura de Barcelona.

Charlamos hoy con él para conocer detalles sobre la concepción de Safaris inolvidables, que acaba de publicar en la Menoscuarto, una editorial que presta especial atención a la narrativa breve.

Francisco Rodríguez Criado: Yo diría que a la hora de planificar la escritura de un libro hay al menos dos maneras de hacerlo. Algunos escritores echan mano de la escuadra y el cartabón para diseñar el plano del libro y no escriben una sola línea antes de levantar los andamios. Otros escritores prefieren dejarse llevar por la imperiosa libertad del impulso creativo, hasta el punto de que ni siquiera conocen el rumbo que va a seguir la historia. Un gran ejemplo de la primera tendencia sería Vladimir Nabokov, autor que no dejaba nada (o casi nada) al azar (ni siquiera las entrevistas, que al parecer tenían que pasarle previamente por escrito); en la segunda hornada de escritores se me ocurren Javier Marías y Jaume Cabré.

Me gustaría saber cómo concibe Fernando Clemot sus safaris literarios. ¿Lo tiene todo bien organizado antes de penetrar en la Sabana o prefiere que sean las propias fieras quienes determinen sus pasos?

Fernando Clemot: En este caso entiendo que Safaris sería un mixto entre los dos extremos: había una parte planificada desde el inicio pero creo que hay una gran parte de los relatos que son fruto del más profundo de los azares. Estaban programados los lugares que iba a explorar con el programa pero de ninguna forma estaba planificado lo que me iba a encontrar allí ni lo que (en el caso de los cuentos relacionados con la memoria, en muchos casos propia) aquellos lugares podían desencadenar en el relato.

Hubo una buena parte de azar en todo, tuve encuentros sorprendentes como fueron los de la isla de Tromelin, con su terrible historia detrás o de la isla de San Brás, que aparece en el último cuento, o algunas cuencas de ríos africanos o lagos europeos que tenían desde cierta altura forma de hojas o de esculturas. También casi todas las descripciones de objetos asociados con el recuerdo son azarosas. El viaje, en principio, simplemente estaba planificado con una línea sobre un mapa.

F.R.C.: Uno de los cuentos de Safaris inolvidables, “Il fastello della mirra”, está dedicado a Gabriele D’Annunzio, escritor italiano al que seguimos manteniendo en el congelador por su apoyo entusiasta a la ideología fascista. El caso de D’Annunzio no es ni mucho menos único. El francés Louis Ferdinand Céline y el noruego Knut Hamsun apoyaron el nazismo, por no hablar del filósofo alemán Martin Heidegger. ¿Debemos seguir condenando a estos autores por sus afiliaciones ideológicas o cree que conviene separar su obra literaria de su ideario político, por muy abyecto que este pudiera parecernos?

F.C.: Creo que de los casos que señalas de escritores el más grave sería el de Céline, que sí defendió en sus novelas de los años treinta el racismo. Tanto D’Annunzio como Hamsun llegaron al fascismo en los últimos años de su vida, ya muy mayores y sería mucho más condescendiente en el juicio. En líneas generales entiendo que no se debería juzgar al escritor por su perfil ideológico: nunca, o mejor, casi nunca. He disfrutado de autores con los que no comulgo demasiado políticamente ni en sus actitudes como podían ser Torrente Ballester, Cela, Cunqueiro, y ciertas derivas de Umbral o Vargas Llosa. No debería influir en nada, nunca, en estos casos.

Sólo debería discriminarse un autor por su ideología cuando defienda actitudes aberrantes de forma militante pero sólo señalar los textos en los que lo hace. Este sería el caso de Céline que creo que era un grandísimo escritor pero que tiene un par de novelas que claramente defienden el racismo, la muerte y la exclusión social. La literatura debería ser una de las máximas expresiones del ser humano, de lo mejor del ser humano, no de sus peores ideales y ponzoñas.

F.R.C.: Ricardo Piglia desarrolló una tesis sobre el cuento, que articuló en once puntos. El primero de ellos consta de solo seis palabras: “Un cuento cuenta siempre dos historias”. En cierta manera he tenido esa sensación cuando leía Safaris inolvidables. Los cuentos de su libro suponen una cartografía dual: exterior e interior. Por una parte, el lector sobrevuela espacios geográficos y culturales llevado de la mano del personaje-narrador, que hace el papel de guía turístico. Por otra, nos adentramos en una geografía más intimista, emocional, melancólica a veces, en la que el narrador, de manera recurrente, abunda en sus recuerdos y experiencias personales (por ejemplo, con las mujeres). Parece un safari no solo para vivir nuevas aventuras sino también para depurar las experiencias pasadas. Si hiciera falta citar un ejemplo, retomaría nuevamente a “Il fastello della mirra”, donde el narrador se centra en la figura de D’Annunzio… para luego hablar de sí mismo. ¿Cree usted en la tesis de Piglia, según la cual un cuento comprende dos historias simultáneamente?

F.C.: No me parece mal la frase de Piglia pero entiendo que pueden encontrarse más lecturas de un relato. Incluso creo que en “Il fastello…” hay más: hay una historia personal, una historia ficticia y un correlato histórico. La historia personal siempre está reflejada en el relato. Incluso los textos que parecen más alejados de la figura del escritor le pertenecen, es nuestra esa amalgama de sentimientos y sucesos que relatamos, también cuando hablamos de la Edad Media o de la vida en un barco en el siglo XVI aparece nuestra papilla de recuerdos que acabamos volcando indefectiblemente.

F.R.C.: Creía que el escritor había elegido una profesión (o vocación) que le condena al aprendizaje ininterrumpido. Sin embargo, después de leer en Internet las opiniones de tantas personas que rechazan la enseñanza de los talleres literarios… a lo mejor resulta que yo estaba equivocado. En opinión de estas personas se tiene madera de escritor o no se tiene, y los talleres son por tanto una pérdida de tiempo. A usted que es profesor de narrativa, ¿se le ocurre algunas palabras que pudieran ayudar a estos escritores embrionarios que al parecer no necesitan la ayuda de nadie?

F.C.: No estoy de acuerdo en absoluto con esas opiniones. He tenido experiencias muy gratificantes como docente en talleres y cursos de todo tipo y nivel. La escritura es un oficio y no difiere en casi nada de cualquier otra actividad artística (escultura, pintura, orfebrería, etc.). Es evidente que la mayor parte del trabajo de la persona que está aprendiendo un oficio la va a tener que desarrollar en soledad y allí va a tener gran importancia su constancia y su voluntad de mejorar pero como en cualquiera de los oficios señalados también es importante encontrar un asesoramiento y un empujón bien orientado, especialmente en las etapas iniciales de formación.

Hay personas que tienen más talento que otras, que han tenido un contacto temprano con la escritura y la literatura y ya cuando empiezan tienen una parte del camino recorrido pero el docente debería estar ahí para ver sus posibilidades, corregir sus errores y encauzar su vocación hacia el lugar que mejor se adapte a sus condiciones.

Creo que lo que realmente ha hecho daño a los talleres de literatura es el intrusismo. Han abundado algunos talleres con profesores que no tenían la preparación adecuada para ejercer ningún tipo de magisterio sobre estos escritores noveles o en formación. Hay algunos incluso que generan falsas expectativas en el alumno buscando algún tipo de publicación de su obra desde las mismas escuelas que dirigen, sólo buscan un lucro inmediato y provocan muchas veces frustraciones posteriores. Este tipo de talleres “pirata” son los que han hecho más daño a los talleres serios y los que creo que habría que denunciar y combatir.

F.R.C.: Hablaba antes de las tesis sobre el cuento de Ricardo Pligia. Intuyo que todo narrador, aunque no se haya tomado la molestia de plasmarlas en el papel, tiene sus propias tesis sobre la novela, el cuento, el microrrelato, etc., y que de manera consciente o inconsciente trata de seguirlas cuando se sienta a escribir. No pretendo que desarrolle aquí unas tesis sobre el cuento, pero sí me gustaría que nos explicara, si fuera posible, qué define en su opinión a un buen cuento.

F.C.: Un buen cuento sería aquel que genera una lectura distinta en cada uno de los lectores. Aquel en que nos vemos reflejados al leerlo, el que crea una conexión íntima con el lector y hace aflorar de esta forma infinidad de lecturas. Al acabar de leer un buen cuento deberíamos tener la sensación de que nos han revelado algo realmente importante al oído.

F.R.C.: Y, para terminar, ¿podría recomendarnos un cuento para la sección 1001 cuentos o un poema para 1001 poemas?

Como cuento “Braceros, oficiales de primera y amas de casa”, de Juan Carlos Márquez.

Como poema los últimos versos de Machado que le encontraron en su chaqueta al morir: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

………….

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4 comentarios en “Entrevista a Fernando Clemot

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