Librerías subterráneas

Librerías subterráneas, Francisco Rodríguez Criado
Librería en la India
LIBRERÍAS SUBTERRÁNEAS

Rara es la ciudad que no conserva al menos una –la definición es mía– librería subterránea. Me refiero a aquellas en las que los libros se venden… si no hay más remedio. Pequeños locales marginales pobremente iluminados donde miles de libros nuevos y de segunda mano, desordenados en baldas desfondadas, respiran a duras penas bajo toneladas de polvo. Nada en estos museos del saber recuerda al siglo XXI. El librero suele ser un señor de mediana edad (siempre de mediana edad: por él no pasa el tiempo) que en los ratos muertos (es decir, casi todos) descansa apoltronado en un asiento estratégicamente ubicado frente a la caja registradora: así ahorra energías a la hora de cobrar.

El asunto se complica cuando el cliente solicita un título determinado. Al carecer de ordenador, el éxito de la compraventa depende de la memoria del librero, que a su vez depende de si ha dormido y desayunado bien. Hablo de esos libreros que nunca acaban por traerte el libro prometido y que cuando vas a recogerlo por enésima vez sentencian “Vuelva usted mañana”, como en el artículo de Larra. Ese dependiente que no distingue entre Malraux, Maurois y Mauriac y que tras escuchar tus explicaciones sobre las diferencias entre unos y otros se limita a decir: “¡Ah!”. Ese librero que no ha leído a Borges ni Bashevis Singer pero que está al tanto de todos los cotilleos de los escritores locales y a la segunda visita a su local te tutea porque ya sabe todo de tu vida y viceversa.

Rara es la ciudad que no conserva al menos una librería subterránea. Son estas librerías decadentes, obsoletas y anárquicas –lo diré ya– las que más me gustan.

 

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