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La antinovela de Camilo José Cela

Camilo José Cela

La antinovela de Camilo José Cela

Por su indudable interés, transcribo este pasaje de Novela española de posguerra, de Manuel García Viñó. El libro -casi inencontrable hoy- fue publicado en 1970 por Temas Españoles. Este pequeño volumen costaba entonces -tal como refleja la contraportada- 10 pesetas.

A muchos les gustará leer las opiniones del controvertido García Viñó acerca del megalómano Camilo José Cela. Mucho faltaba para que a este le dieran el Nobel de Literatura y para que Viñó rechazara abiertamente las novelas celianas.

Aquí se muestra más mesurado, destacando lo positivo de Cela y señalando sin acritud los -en su opinión- errores del autor gallego: sobre todo, la incapacidad que tiene este de “levantar un gran edificio novelesco”.


Espero que sea de vuestro agrado, aunque solo sea por recompensar el esfuerzo de subirlo al blog tras copiarlo palabra tras palabra.

 

PERIODO INICIAL

“Al intentar trazar un panorama de la novela española de posguerra, nos encontraríamos primero con un momento de vacío total. Los novelistas españoles, unos están en el exilio y buscando amoldarse a su nueva y difícil situación; otros permanecen mudos y otros no han empezado todavía a publicar. Si algo salió de las imprentas dese el final de la guerra (1939) hasta 1942, es evidente que no ha hecho historia, que no ha significado gran cosa ni siquiera dentro de la obra de su propio autor. Durante tres años, el país, que barre los escombros y abre nuevos surcos en los campos todavía cubiertos de metralla, parece culturalmente aletargado. En este clima, una novela de corta extensión suena como un verdadero clarinazo: La familia de Pascual Duarte, de CAMILO JOSÉ CELA. Las editoriales españolas, que han intentado llenar el vacío con poca fortuna, han invadido las librerías con traducciones de novela de tercera fila -novelas de esas llamadas cosmopolitas, a lo Somerset Maughan, Luis Bromfield y Vicky Baum- y el autor de la La familia de Pascual Duarte tiene la virtud de fijarse en la realidad española y expresarla de una manera que le sitúa en una línea de la literatura nacional que va desde la picaresca a Baroja. Se ha dicho de este obra que tuvo trescientos lectores y mil críticos, o algo parecido; de lo que no cabe duda es de que produjo un choque; y aun duramente, por algún crítico, lo que nadie le discute es su importancia histórica. Por otra parte, el nuevo autor aportaba un estilo lleno de vigor y expresividad, fresco y jugoso, qe forzosamente tenía que brillar en medio del adocenamiento y mediocridad de la narrativa al uso.

Con los elementos apuntados -la oportunidad de la aparición y la alta calidad de la prosa- nosotros relacionaríamos otro: su entronque, voluntario y consciente, con dos grandes tradiciones literarias españolas: la picaresca y el arte de andar y ver.

Creemos que no ha faltado crítico en el país que no haya reprochado en alguna ocasión a Cela el no haber levantado aún un gran edificio novelesco, en el sentido que tradicionalmente se entiende por esto. Y es que, efectivamente, a pesar de La familia de Pascual Duarte, relato corto lineal, y La colmena, que lo es largo, más de tipo orquestal, el grueso de la obra narrativa de Cela parece un empeño por eludir la construcción de una de esas ficciones del mundo verdadero por la que suelen pulular personajes con una psicología típica, que viven la plenitud de unos acontecimientos con apariencia de plena realidad. Empeño que alcanza su máximo logro destructor en Mrs. Caldwell habla con su hijo, pero que se mantiene a alta tensión en el resto de sus novelas, en las que eso que se llama ambiente o personaje o argumento aparece reducido a sus más mínima expresión; como mucho, son dados a través de pinceladas escuetas, casi impresionistas.

Ahora bien, en esos esbozos o pinceladas impresionistas, en ese toque justo, preciso, luminoso, capaz de dejar plasmada una persona o un lugar, nadie puede negar que Cela es un maestro; y ello se aprecia bien en sus libros de viaje, género abandonado, que él ha vuelto a poner en boga entre nosotros. Por cierto que no sabemos si se ha señalado alguna vez lo que de libros de viaje tiene la mayoría de sus novelas. Dejando quizá aparte la primera, todas las demás son, en cierto modo, libros de viaje. Lo es La colmena –un viaje por los más negros ambientes del Madrid de la posguerra-; lo es La catira; lo son las Historias de España y Tobogán de hambrientos. Y en todas ellas se dan esas pinceladas impresionistas que, con muy pocos elementos, consiguen el retrato exacto que el autor se propone. Pero un retrato fugaz, a veces hasta inconsciente, pues ya hemos dicho que este hombre ocurrente, vivaz, ingenioso, descriptor ameno, imaginativo incluso, que ha heredado de su ascendencia inglesa un fino sentido del humor, no parece capaz de mantener unos personajes en una larga andadura, ni levantar una estructura novelesca de ese tipo en el que los ingleses son maestros indiscutibles.

De todo ello quizá debamos deducir que en Cela hay que buscar más al escritor que al novelista. Su prosa, ya lo hemos dicho, alcanza una de las más altas cimas de la literatura española contemporánea. Prosa cuajada en un estilo rico, brillante, quizá el más idóneo para encender esos leves chispazos de ingenio y gracia, que Cela da lo mismo en un artículo periodístico, en un comentario más o menos crítico y erudito o en una novela.

Más aún, si lo miramos como novelista, ha de ser dentro de eso que se ha dado en llamar nueva novela, o aun antinovela, y admitir que su negativa a levantar uno de esos mundos que se le reclaman obedece a un credo estético producto de un temperamento. Y ver sus obras como lo que realmente son y quieren ser: a nuestro juicio, como unas grandes metáforas de la realidad que pretenden, por modo artístico, reflejar.

Entre los antecedentes de Cela, que tiene la virtud indudable de entroncar en una línea literaria muy española, se han señalado los más lejos de la picaresca y los más cercanos de Baroja y del Valle-Inclán de los esperpentos. Entre los consiguientes, ese tipo de literatura, ya en progresivo desuso, que se denominó tremendismo, y que vino presidida por el gusto de las narraciones cínicas y violentas, cuajadas de vocablos duros, y, también, una gran preocupación por la expresión y por el estilo, que en nuestro autor llega a alcanzar a veces el grado de una verdadera orfebrería lingüística.

Resumiendo, podríamos decir que nos hallamos ante un escritor dotado de un instrumento literario de enorme calidad y fuerza expresiva, bello, rico y correcto, y de una asombrosa capacidad para describir, con un mínimo de elementos, la realidad que le rodea. Un escritor, cuya obra, extensa y variada, se mueve entre el realismo y el esperpento, por un lado, y un lírico subjetivismo, por el otro, que deja adivinar, aun en las obras y e los paisajes menos propicios para ello, un alma de verdadero poeta.

Su última producción, San Camilo 1936 (1970), no nos lleva a variar demasiado este juicio, aun cuando en ella se encuentren nuevos elementos que haya que señalar. Elementos formales, no sustanciales, que, aunque en una primera visión sorprendan, un examen detenido de los mismos lleva a esa ratificación en el juicio que apuntamos. San Camilo 1936 es exactamente La colmena, sino que sin puntos aparte y con una construcción sintáctica voluntariamente dislocada, en un intento, sin duda conseguido por el autor, de imitar el fluir del pensamiento. Nada tenemos que decir contra ese procedimiento, de indudable efecto; pero sí apuntar que, al utilizarlo, el autor ha echado mano de un expediente que, en cuantas ocasiones se le han presentado -al contestar entrevistas sobre todo- ha afeado a los jóvenes novelistas españoles; a saber: seguir procedimientos impuestos por narradores foráneos. En el caso que nos ocupa, el nouveau roman francés, si bien quizá demasiado pasado a veces por su versión hispanoamericana. Pero como Michel Butor siempre al fondo.

No es fácil negar en redondo un libro como éste, dado el carácter de auténtico escritor de su autor, revelado en muchas de sus páginas. Afloran el talento y el estilo. Sin embargo, es evidente que el libro como totalidad no se ha cuajado en un logro completo, por cuanto, a través de la técnica elegida, el novelista no consigue hacer presente una realidad novelesca delante de los ojos del lector. Refiere unos hechos, pero no los novela. En general, los principios de capítulos y algún que otro párrafo, dan idea de lo que podría haber sido una pieza poemática o un monólogo interior de gran calibre, si el habitual neocostumbrismo impresionista de Cela no diera continuos tironazos hacia planos más bajos. De cualquier forma, el intento da importancia a este libro, que, como decimos, no se puede negar en redondo fácilmente. Las continuas alusiones a lo escatológico y, sobre todo, a lo sexual, aunque también se cuenten entre los recursos habituales del autor, pueden tomarse aquí, en unión a las alusiones a la violencia, como integrantes de una gran metáfora que planea sobre toda la obra y refleja la interpretación personal de unos momentos históricos. Hay bastante relleno para alargar innecesariamente y falta magia. Resalta demasiado el esfuerzo. Pese al cristal que, a través del estilo y la técnica, interpone el autor ante la mirada del lector, éste advierte demasiado claramente la crónica sobreponiéndose al arte literario, pues aquél no logra reforzar la mirada ni presentar la visión “distinta” de la realidad que ha de tener un escritor de novelas”.

 

Manuel García Viñó

 

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