Cuento de Manuel Abacá: Estadística

 

 

Estadística

Me llamo Belén, tengo veinticinco años y mucha gente dice que mi voz es una voz bonita. Vivo sola y, desde hace cuatro, trabajo en una empresa que elabora estadísticas. No es ésta, sin embargo, la razón por la que sé de una ley matemática que dice algo parecido a que un avión con cuatro motores tiene más probabilidades de avería que otro con dos.

Nunca he sido buena estudiando, ni curiosa en clase. Nunca entendí por qué esto era así ni me interesó entenderlo. Pero de ese modo, estudiando aburrida, fue como lo aprendí mejor o peor. Sin llevar la contraria a lo que se considera normal, como se supone siempre de las personas peleadas con las matemáticas, memoricé antes de un examen la solución a ese problema. Lo sustituí por algo más fácil de recordar. Pensé que dos de los motores harían las veces de piernas del avión y el otro par sería sus muletas. Entender que alguien con muletas pueda caer al suelo antes que sin ellas no tuvo nada de especial, sobre todo para alguien que las ha utilizado siempre, como es mi caso.

Ya lo he dicho antes: trabajo. Y me parece noble y, aunque suene exagerado, heroico, ocultar como puedo mis defectos. Es una forma, como muchas otras, de acercarse a la virtud para quien no es virtuoso.

Durante estos cuatro años había ido a trabajar en autobús. Lo cogía de madrugada, cuando la ciudad está casi desierta. Mi trabajo queda lejos. El autobús se detiene diez veces. Primero en mi barrio, y luego en cada uno de los polígonos de oficinas que atraviesa. Si no surgía una avería, el tercer polígono era el sitio donde tenía que bajarme. Entre tanto, me quedaba quieta ante el sol recién llegado, comprobaba si habían cambiado algún cartel de publicidad, los parques sin niños a esas horas. Dentro del autobús, la gente que baja y sube desde las paradas, adormilada aún.

Luego llegaba al trabajo. Y ahora tardo menos. Tengo un coche de palancas. Ahora, al contrario de lo que solía hacer, me fijo en la carretera. Me fijo en que los coches de los muertos son más largos que las ambulancias, pero no te adelantan porque no tienen prisa. Manejo con las manos lo que con los pies no me atrevería. Así que no tengo queja, no me puedo quejar. Cada mañana me levanto contenta porque sé lo que voy a ser: mi voz.

Mi trabajo no tiene mayor dificultad que controlar el tono, no hablar muy rápido, y repetir las mismas preguntas una y otra vez, procurando que nadie se sienta violento al contestarlas. Las políticas y las sociales se suelen mezclar, y tengo especial cuidado. No sé si es lo habitual pero me llevo bien con mis compañeros, nuestra relación siempre fue fácil. Rutinaria y monótona como es la jornada, evito aburrirme adivinando los rostros de los que entrevisto. Cómo se han sentado, si caminan o no mientras contestan, si están solos o solo son mala compañía. Y de un tiempo a esta parte me pregunto a menudo qué pensarán ellos de mí. De un tiempo a esta parte, desde hace un año mes arriba, mes abajo, también he conocido a algunos hombres.

No me da vergüenza reconocerlo: soy una mujer que cree en el amor, aunque no en un amor ideal, no en ese tipo de amor que se hace el propósito de escribir cartas con folios gruesos y plumas de ave. Nada de eso tiene que ver con lo que yo soy. No me considero promiscua, pero sí me considero accesible. Si alguien me quiere, si alguien realmente me desea, en mí encontrará su espejo mágico. Con esto quiero decir que al menos no tiene el camino cerrado por mi parte. Aunque tampoco soy alguien que piense en nada que no pueda hacer: soy minusválida y, aún sin serlo, creo que además de sonar ridículo, que yo sea promiscua no sería creíble, sería prácticamente inexplicable.

Fue en el trabajo donde recibí la llamada para la última cita que tuve. De esto hará dos meses. Se coló entre los entrevistados. La voz me gustó, pero no la prisa que demostraba. Así que cuando noté hacia donde quería ir se lo advertí:

-Estoy trabajando.

Escuché el aire vacío ocupando la línea, el tiempo pasando y luego mi propia disculpa.

-Quiero decir que me puedes llamar más tarde. A las tres –añadí. Él aceptó sin más esfuerzo y se despidió de una manera que me hizo sentir deseada.

-Yo también estoy trabajando, ¿sabes? Soy periodista. Entrevisto voces.

Quizá algo nerviosa, y arrepentida por mi seca franqueza, eché a reír. Reí de pleno. Mi risa también es bonita.

Esa misma tarde, después de salir de la oficina, pasé por unos almacenes y compré una barra de carmín para la cita de la tarde siguiente. ¿Por qué? No tengo una explicación convincente. Supongo que por complacer. Me había vuelto a llamar a las tres y diez, eso también es verdad. Muchas personas piensan que un minusválido, por el hecho de serlo, se conforma con cualquier persona. Y no. No es así. Al menos en mi caso no es así. De manera que yo también me exijo; hay días que me exijo roja y brillante, como mi coche.

Acudí a la cita más nerviosa de lo que me había mostrado en todas las ocasiones anteriores. Y también más excitada, con más esperanza, con menos dudas. La cafetería que había elegido él estaba en el centro. Era antigua, de época, y tenía una barra larga abajo y un mirador inmenso en la planta de arriba. Era de cuento. Había serrín en el suelo, como en la casa del leñador en un día de lluvia. Así que, tal como más me gustan, se trataba de un cuento extraño, porque no había nubes en el cielo.

Entré y sin mirar al resto de clientes me acerqué a la barra y pedí un refresco mientras esperaba sentada, alerta, las muletas apoyadas en un taburete vacío. Pasaron diez minutos en los que seguí fantaseando y me repasé los labios en el baño. Después volví y seguido, casi al instante, noté una presencia a mi espalda. Era el chico. Tal como esperaba, se sostenía en dos muletas como las mías. Era minusválido o paralítico, como se quiera llamar, pero en todo caso algo que sonaba mucho mejor que cojo. Supuse que la cita la habría organizado algún compañero de mi oficina. Como las anteriores, mediando con una empresa de contactos. Nos besamos sonriendo, de la forma en que lo harían dos niños que no se conocen y se felicitan el cumpleaños. Tenía treinta y dos, se llamaba Jaime, y su voz, distinta al teléfono, no parecía tan grave.

Dejó sus muletas junto a las mías –eran más largas-, se sentó y me miró directamente a los ojos. Tenía los brazos al aire, morenos, fuertes como si los entrenara, más desarrollados que el resto del cuerpo y unos ojos que me gustaban. Le sentaba bien estar bien afeitado, así que deduje que el tacto de su piel también sería el justo. Miró mi vaso vacío y me preguntó si prefería subir al mirador y yo me mostré conforme. Llamamos la atención de toda la sala y luego al botón desgastado del ascensor para subir. Parecía que nadie bajase, o que nadie estaba dispuesto, que todos se quedaban en la cabina sin ver el mirador, que morían allí. Me pregunté cuántas veces antes se había reunido con una desconocida, como yo lo era, cuántas veces habría repetido lo que me iba a contar a mí, si él podía ser el asesino de todas las que entraban en el ascensor. Así estaba de nerviosa.

Ya arriba, apuntó con la muleta al frente y fuimos hasta una mesa desde la que se veía un edificio de muchas plantas. Me quedé mirando las ventanas.

-Ven, siéntate, cuéntame algo.

El camarero llegó al instante, colocó un cenicero en el centro de la mesa redonda y tomó nota y poco más tarde volvió con dos tazas y una tetera con agua caliente. No trajo sacarina, como le había pedido, así que el sobre del azúcar se quedó cerrado.

-Cuéntamelo tú, por favor –le pedí-. O, mejor, entrevístame, ¿no eras periodista? A lo mejor así consigues que me relaje. Soy tímida.

-Tímida y bonita…

Miré a otro lado cuando dijo eso con una sonrisa que por un instante me pareció que exclusivamente era lo segundo. Lo sentí superior a mí.

-Tú ganas. Pensé que te lo habrían contado tus compañeros, pero veo que no –contestó al echar de menos que dijera algo-. Está bien, ¿por dónde empiezo? –preguntó-. Pero antes necesito un cigarro. Aquí arriba se puede fumar -afirmó, señalando lo evidente: los ceniceros que había en todas las mesas, todas redondas.

-Dame uno a mí.

Me cedió el que tenía en los labios y yo lo manché con mi carmín. Sentí la humedad de su saliva. Entonces lo mantuve entre los dedos. Creo que ver su saliva en el filtro, mezclada con el carmín rojo, me hizo sentir violenta, me hizo consciente de por qué estaba él allí. No había ningún misterio. Por primera vez sospeché –y tal vez estaba confundida- que realmente eran mis compañeros los que querían aquello, que a su manera intentaban ayudar a un minusválido a cruzar la calle.

No puse cuidado en chupar la boquilla con la siguiente calada. Retuve la respiración. El humo salió cuando le dije que necesitaba ir al baño. Él me acercó las muletas pero supongo que no me siguió con la mirada. Pregunté por el baño de mujeres, solo el de mujeres, no el de minusválidos, y me dirigí al fondo como me indicó un camarero. Después, sin usarlo, a las escaleras, y a la salida. Me dije que aquel chico no era lo que buscaba, ni falta que me hacía. Así de simple fue todo. No soy tan ingenua. No me pregunto siempre qué piensan los demás de mí.

Manuel Abacá, de su libro La mesa puesta (Editora Regional de Extremadura, 2010)

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