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El Diario Down: Escrito en el fragor de la batalla

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La batalla de Las Salinas, El Diario Down, fragor de la batalla
La batalla de Las Salinas. Fuente de la imagen

El Diario Down: Escrito en el fragor de la batalla

Parece ser que el Diario Down se está leyendo bastante, por no decir mucho. Hoy mismo me han pedido permiso –que doy muy honrado– para publicar algunos de mis textos en un boletín de una Asociación de Síndrome Down de México, desde donde –me dicen– se me lee. Me apunto un tanto: se me lee en el país de Juan Rulfo, Octavio Paz, Juan José Arreola, José Emilio Pacheco y Carlos Fuentes. Se me lee, aunque sea a pequeña escala, en El Llano en Llamas.

Insisto: me siento muy honrado. Ahora bien: ¿en qué podrían ayudar estas reflexiones que redacto a salto de mata entre biberón y biberón, en el silencio hiriente de las madrugadas, a esas personas que reciben el boletín de una Asociación del Síndrome de Down?

Esta no es en absoluto una pregunta retórica. Me lo preguntaba antes, cuando daba mi consentimiento, y me lo pregunto ahora que trato de desenmarañar sobre el papel –ya iba siendo hora– qué es El Diario Down y para qué sirve. Lo primero que tengo que admitir es que esta no es una publicación (online) de autoayuda. No se trata de material escrito con el objeto de insuflar positivismo a los familiares de las personas con trisomía del par 21. No es expresamente un canto a la vida ni un monumento al valor humano. En realidad, no son más que palabras desnudas esbozadas aquí y allá, casi nada.

No pongo ningún reparo a esos libros que se esfuerzan –y en muchas ocasiones consiguen– hacernos mejores. Esa es su razón de ser: apoyar, enseñarnos a combatir los miedos, ofrecer valiosa información, abrigar nuestros corazones a la intemperie con una calurosa sonrisa. Loables objetivos los suyos, pero no es esa la pulsión que me empuja a garabatear estas líneas. El Diario Down –lo diré ya– es el termómetro emocional, espiritual, vital –añádanse a placer adjetivos terminados en “al”– de un padre que no estaba preparado para tener un niño con discapacidad. Un padre que en cierta manera sigue sin estar preparado pero que lucha para lograrlo. No doy razones para la satisfacción, las busco. El Diario Down es la alegría de un padre pero también su lamento. La rosa y la espina. El día y la noche. El calor y el frío. El yin y el yang.

Resumiendo: el Diario Down no nació para hacer mejores a los lectores y menos aún para hacer mejor a su autor. Con estas páginas no pretendo hacerme mejor, me basta con hacerme, a secas. Estoy experimentando un proceso de reestructuración y para llevarlo a buen puerto no conozco mejor terapia que la de la escritura. O sea que, bien mirado, ese consuelo que buscan algunos padres de niños discapacitados en libros edificantes yo lo persigo escribiendo mi propio libro. Pero ese alivio, ese consuelo que huroneo entre estas líneas manchadas de incertidumbre, es imperfecto, pues todo el diario lo es. No escondo que me faltan muchos grados para afirmar (como hace en la contraportada de un libro de autoayuda el escritor e historiador Joseph Pearce, padre de un niño Down) que estos chicos son una bendición. O mejor dicho: eso es lo que pienso lunes, miércoles y viernes, pero los martes, jueves y sábados me pregunto con congoja: Y si Francisco fuera normal, si no hubiera nacido con una discapacidad, si no fuera necesario intervenirle a corazón abierto, en ese caso, digo, si fuera un niño sano y robusto al que no habría que llevar de hospital a hospital, ¿qué sería, una maldición? ¿Solo hay bendición posible en la adversidad?

Queda claro, una vez más, que mi ciclotimia anímica no es o no debería ser el acompañamiento ideal que andan buscando ese padre, esa madre o esos abuelos de un bebé con Síndrome de Down. No me siento capaz de levantar la moral de nadie, ni repartir certificados de bendición. Solo soy un hombre como otro cualquiera, un padre desabrigado, solo soy un alma abierta en canal ante la mirada de algunos curiosos que examinan mis vísceras desde la pantalla remota de un ordenador. No soy ni un héroe (como creen algunos ingenuos) ni un villano (como creo yo mismo en los momentos de fragilidad). Solo soy un letraherido más que busca en las brasas de la literatura la manera de exorcizar a los fantasmas que me golpean martes, jueves y sábados Escribo cuando Francisco aún no ha cumplido su primer mes de vida. Escribo en el fragor de la batalla, cuando las heridas aún están abiertas, cuando aún no se ha ganado la guerra.

Por suerte, la semana tiene siete días y por capricho del destino acabo encontrando en estas líneas ese consuelo imperfecto y algo indolente que me ayuda a combatir los malos pensamientos de los martes, jueves y sábados (y algún que otro domingo), ese consuelo al que los seres humanos nos llevamos aferrando desde el descubrimiento de la escritura. Escribo no para ser mejor, sino para ser. Pero si pese a todo estas líneas redactadas en plena batalla campal pudieran de algún modo ayudar a alguien, allanarle el camino, reconfortarle, en ese caso yo debería admitir que el consuelo, como la felicidad, tiene más de un camino.

Francisco Rodríguez Criado

EL DIARIO DOWN

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francisco rodriguezFrancisco Rodríguez Criado: escritor, corrector de estilo, profesor de talleres literarios y creador del blog Narrativa Breve. Ha publicado novelas, libros de relatos, obras de teatro y ensayos novelados. Sus minificciones han sido incluidas en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español (1906-2011). Ed. Irene Andrés-Suárez (Cátedra, Madrid, 2012),Velas al viento. Ed. Fernando Valls (Los cuadernos del vigía, Granada, 2010), La quinta dimensión (Universidad de Extremadura, Mérida, 2009), Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. Ed. Fernando Valls (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), Histerias breves (El problema de Yorick, Albacete, 2006), Relatos relámpago (ERE, Mérida, 2006), etcétera. Es autor de El Diario Down, donde narra en primera persona sus experiencias como padre de un bebé con el Síndrome de Down. 

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