El Diario Down: La traición del padre

Légolas, El Diario Down, La traición del padre
Légolas, arquero elfo de El Hobbit y El Señor de los anillos. Fuente de la imagen

 

Mi querido niño, dale un merecido descanso al chupete y dedícame unos segundos de tu tiempo: necesito hablar contigo. Tengo que contarte algo y prefiero hacerlo ahora que nuestra relación da sus primeros pasos. Ya tienes veintiún días de vida, edad más que suficiente para que empieces a conocer las debilidades de un padre.  

Lo que quiero decirte es esto: tu nacimiento fue motivo de alegría pero también de dolor, de mucho dolor. La alegría duró dos horas, el dolor se mantuvo lacerante durante días y residual durante al menos dos semanas. Y en esos primeros días en los que el sufrimiento cortaba la respiración, tu padre se comportó como Pedro cuando negó a Jesucristo. Yo estaba viviendo mi particular subida al Gólgota cuando renuncié a ti. En puridad no creo que renunciara a ti sino a tu presencia, aunque es casi lo mismo. Tu madre, que intentaba recuperarse en la habitación del hospital tras pasar por su segunda operación en menos de cuarenta y ocho horas, no hacía otra cosa que rogarles a las enfermeras, a los médicos, a Dios mismo, que le llevaran a su preciado bebé. Pero le dijeron (se lo dijeron a ella, porque tu padre seguía narcotizado) que debían mantenerte en la incubadora de manera preventiva. No iba a ser durante mucho tiempo, solo necesitabas un poco de oxígeno. Y allí te quedaste, en aquella urna de cristal, blindado de las inclemencias del mundo como si fueras el Santo Grial o un cuadro de Velázquez. El padre podría bajar al nido y verte, si lo deseaba. Eso dijeron las enfermeras. Pero el padre, tu padre, no tenía tales deseos. Le daba miedo enfrentarse a ti, tan rubio, tan pequeño, tan… diferente. Yo daba excusas y decía “luego le haré una visita”, pero no lo hacía. Aquel nido se había convertido de la noche a la mañana en el museo de todos mis fantasmas. No tenías más que dos o tres días de vida y ya me daba miedo tu diferencia.

Querido niño, te hablo desde el corazón, no con la exuberancia de los adjetivos sino con la contundencia llana de los sustantivos; y desde el corazón te digo: aquello fue la traición de un padre. Yo quería –nadie podrá acusarme por ello– un niño sano, un heredero guapo y fuerte, un guerrero de grandes espaldas que perpetuara la dinastía familiar, un niño al que pasear por los campeonatos de la vida con orgullo infranqueable. Ese niño guerrero eras tú, más guapo y más fuerte que cualquier otro niño, anchas las espaldas como una portería de fútbol y con el valor de un hobbit, la puntería de un arquero elfo y la perseverancia de un enano. Eras un héroe a lo Tolkien pero entonces yo no lo sabía. Tampoco sabía nada de tu cardiopatía severa ni de esa intervención a corazón abierto, mi querido guerrero, por la que vas a pasar cuando tengas unos meses de vida. Nada sabía de ti ni de los tuyos. Sí, los tuyos, porque en esa urna yo no veía un niño normal, yo veía un niño con trisomía 21 que había venido al mundo para castigar al padre por sus muchos pecados. Veía simplemente a un niño con un síndrome, una palabra cuyo significado mi familia de orgullosos guerreros desconocía.

Tu padre te traicionó, rechazó tu presencia, rechazó visitar tu urna de cristal, esa urna medicinal en la que recibías el oxígeno que a mí me faltaba.

No me aflige el dolor cuando te cuento esto. No soy tampoco un masoquista que se azota con los malos recuerdos una y otra vez. No voy a pedirte perdón ni voy a darte estúpidas excusas. Solo te diré algo: en mi actitud había rechazo, sí, pero sobre todo miedo. El miedo a lo desconocido. Miedo a no saber cómo habla un niño Down, cómo camina un niño Down, cómo ama o detesta un niño Down. Tu padre nació con los cromosomas necesarios, ni uno más ni uno menos, y eso marca para lo bueno y para lo malo. ¿Cómo debía comportarme ante lo desconocido?, ¿cómo aceptar que lo desconocido, en una jugada letal, se había encarnado en mi propio hijo?

Insisto: no quiero, querido niño, tu perdón, solo quiero que me escuches. Quiero que sepas que al tercer día, como Jesucristo –tan sobrado de valor como yo escaso de él–, resucité. Recordé que yo había nacido con una salud sin fisuras y aun así he acabado perdiendo todas las batallas. Y entonces, ya en la habitación, te cogí por primera vez en mis brazos (unos brazos de harina) y te di un beso (unos labios igual de temblorosos). Pesabas como 120 kilogramos en mi pusilánime regazo, pero al menos no me caí al suelo, te ofrecí el calor de un padre, ese calor que nunca debió de haberte faltado.

Ahora que nadie nos ve ni nos escucha, te voy a decir algo: eres mi guerrero. Eres el pequeño gran guerrero de un padre que jamás volverá a traicionarte, un padre que jamás te negará, un padre feliz renacido de sus cenizas que se encargará de decirle y escribirle al mundo: “Mi hijo se llama Francisco y tiene el síndrome de Down”.

Francisco Rodríguez Criado es escritor y corrector de estilo.

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