El Diario Down: Noche de perros

 

Noche de perros
Betty y Vilma.

Noche de perros

Me encanta sacar a las perras de paseo después de la cena. Me encanta… cuando el clima se presta a ello. Sin embargo, hay noches desapacibles en las que no me movería de la comodidad del hogar bajo ningún concepto si no fuera porque la fogosa Betty necesita vaciar su depósito de energías para liberar esa ansiedad que genera al por mayor. No llevarla a correr por el frondoso bosque que hay cerca de casa significaría tener que soportar sus trastadas durante horas, condenando así al insomnio a toda la familia. Hoy es una de esas noches de perros -la lluvia, torrencial, se adivina desde la ventana del cálido salón- en las que pagaría por no moverme del sofá. Dado que la opción de hurtarle la última salida del día a la hiperactiva Betty sería no solo un pecado sino también una temeridad, me prometo, pactando con mi legítima pereza, echarme a la calle para dar un paseo de urgencia, un cuarto de hora a lo sumo.

Abajo, el diluvio.

Las diferencias entre ambas perras, no solo en el físico sino también en el carácter, no pueden ser mayores. Mientras Betty corre a grandes zancadas por el bosque trazando una feliz línea invisible aquí y allá, Vilma, que detesta mojarse, danza remilgada entre los charcos como una bailarina del Ballet de la Ópera de París. Mientras tanto, yo camino arrebujado en mi chubasquero, con pies de plomo, evitando caer accidentalmente en alguno de los muchos socavones del bosque, auténticas piscinas naturales en las que Betty, apasionada de la natación, se lanza de cabeza. He abandonado la casa con intención de apurar en el menor plazo de tiempo posible tan indigesta salida, pero poco a poco, mimetizándome con su desbordante alegría, caigo en la cuenta de que, bien mirado, hace una noche maravillosa. Así que ceso en la vigilancia de mis amigas y me abandono al runrún de mis pensamientos. Recurrente, me recreo una vez más en las circunstancias de mi reciente paternidad, en las muchas esperanzas que yo había depositado en un momento presumiblemente glorioso, en todo lo que luego ocurrió. En mi mente yo había configurado un alumbramiento que iba a ser como una noche cálida bajo las estrellas, una de esas noches veraniegas en las que un agradecido descenso de las temperaturas se festeja como maná caído del cielo. Yo había imaginado una paternidad primeriza estrellada, agradable, sin percances. Una paternidad como un claro de luna. Iba a ser el inicio de mi nueva vida. (Ay, cuántos inicios, cuántas nuevas vidas. La habitual ilusión óptica del moribundo en el desierto). Y sin embargo… ahí estaba yo, un padre buscándose a sí mismo durante el obligado paseo nocturno, luchando por no doblegarse ante recias sábanas de lluvia en un parque solitario, a una hora solitaria, en una noche solitaria. Porque, ¿quién en su sano juicio saldría a pasear en una noche así? ¡Yo, solo yo! De repente comprendo que no me importa en absoluto calarme hasta los huesos, no me importa trastabillarme en el cenagal del oscuro bosque, no me importa tener que agacharme una y otra vez para lanzarle piñas caídas de los árboles a la incansable Betty, hoy más feliz que nunca, derrochando toneladas de energía en una noche de perros hecha a su medida. En definitiva, en estos instantes no me importa ser quien soy.

Llevo una hora paseando casi en círculos, abrigado por el paraguas que conforman las ramas de los pinos del bosque, y podría pasarme toda la noche a la intemperie, lejos de la comodidad del hogar dulce hogar, si no fuera porque se acerca la hora de darle el biberón a Francisco. No puedo evitar sonreír al pensar en él, en esa mirada azul, esa mirada sabia y placentera de hombrecillo de poco más de un mes que se ríe de mis cuitas, de mis angustias, de mi urgente necesidad de escribir páginas como esta. No puedo evitar sonreír al concluir que este niño con ganas de comerse el mundo ha pasado de ser un problema a ser un enigma.

De regreso en casa, sin respiro por parte de la furibunda lluvia,  pienso, cómo no, en Francisco y en los muchos desafíos a los que nos va a comprometer por ser un niño especial. Y ajena a mis elucubraciones, ahí sigue esta lluvia redentora, brutal pero redentora, en comandita con el impetuoso viento, que esta noche de cumbres borrascosas parece obstinado en arrancar los árboles de cuajo y con ellos a quien ose echarse a la calle. Esta lluvia que ha purificado mis pensamientos y ha convertido mi congoja en armonía. ¡Mírame, lluvia, observa a un hombre tranquilo que está disfrutando uno de los mejores momentos que recuerda en el último mes!

Y así, embargado por una felicidad inexplicable para los demás e inexplicable para mí mismo, saco pecho y me digo: “Si tiene que llover, que llueva a cántaros”.

Acompañado de mis dos buenas amigas –a quienes tendré que secar rápidamente con una toalla para que no se resfríen–, me detengo a pensar, ufano, qué injusta sería esta vida si Francisco no hubiera nacido con el síndrome de Down. 

Francisco Rodríguez Criado

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EL DIARIO DOWN

 

francisco rodriguezFrancisco Rodríguez Criado: escritor, corrector de estilo, profesor de talleres literarios y creador del blog Narrativa Breve. Ha publicado novelas, libros de relatos, obras de teatro y ensayos novelados. Sus minificciones han sido incluidas en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español (1906-2011). Ed. Irene Andrés-Suárez (Cátedra, Madrid, 2012),Velas al viento. Ed. Fernando Valls (Los cuadernos del vigía, Granada, 2010), La quinta dimensión (Universidad de Extremadura, Mérida, 2009), Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. Ed. Fernando Valls (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), Histerias breves (El problema de Yorick, Albacete, 2006), Relatos relámpago (ERE, Mérida, 2006), etcétera. Es autor de El Diario Down, donde narra en primera persona sus experiencias como padre de un bebé con el Síndrome de Down. 

 

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