plumas estilográficas

Francisco Umbral en la tribu urbana de Madrid

Francisco Umbral (1932-2007)

 

Joaquín Marco, catedrático emérito de la Universidad de Bercelona, gran conocedor de la narrativa española, lleva toda la vida publicando sus artículos literarios en la prensa. Los estoy leyendo en la compilación que hizo la editorial Mare Nostrum con el título El crítico peregrino. Leer y escribir sobre narrativa española (2009).

Selecciono el artículo “Madrid, tribu urbana”, dedicado a la figura de Francisco Umbral.


MADRID, TRIBU URBANA

Joaquín Marco

Francisco Umbral descubrió hace ya años una combinación que había de ofrecerle enormes beneficios literarios: rasgos autobiográficos, crónica política y social e imaginación. Lo inició en sus columnas periodísticas y también en algunos de sus libros que pueden y deben tomarse como crónicas amplias y despojadas del raquitismo realista. Debe añadirse a esta original mezcla que procede, aunque huye, del costumbrismo, mucha sensibilidad lírica y hasta poética (figuran dos poemas en este libro), acompañada de un estilo personal inconfundible. Su espacio acotado es Madrid, pero reducido a rincones elegidos, ya umbralianos. En Madrid, tribu urbana, a todas luces excelente, nos ofrece su personal perspectiva del período constitucional. Se trata, pues, de un panorama histórico en el que la figura de Umbral aparece como testigo-protagonista y da verosimilitud al conjunto. Puede entenderse como “las memorias de un señor de izquierdas”, como apunta, aunque este caso resulte antes un diario que una autobiografía. Ello no quiere decir que no abunden autorretratos y hasta confesiones íntimas, no sabemos bien si de Paco, de Francisco, de Umbral o de alguna de las otras máscaras de las que el autor acostumbra a servirse. Pese a ello, el lector podrá tomar como sinceras sus opiniones y como justificadas las apreciaciones que se hacen, siempre con aguda inteligencia y tirando a matar. Umbral no se recata y hasta reconviene al Rey (es un republicano que defiende la monarquía), juega al dandy con Jaime de Marichalar, elogia a Francisco Frutos, admira a Suárez, se muestra duro con González y tibio con Aznar. Machaca a los intelectuales que estuvieron en el exilio, no sin cierta crueldad. Aquí aparece esplendoroso el Umbral provocador.

Su interés por el “yo” no impide que sus reflexiones políticas sobre los protagonistas de la historia y los secundones que les acompañaron, quienes lo perdieron o siguen en el ejercicio del poder y de la oposición carezcan de interés. Siempre ofrece el ángulo inteligente, nuevo, la frase brillante, aunque no siempre pueda compartirse. Quienes se interesen por los motivos y las características de su tarea de escritor observarán aquí reflexiones dispersas que han de iluminarles para comprender el significado del conjunto de su obra: “escribir me centra, me reorganiza, no sólo me da un tema, sino que me convierte en ‘tema’ a mí mismo. Todo esto es saludable y ayuda a vivir. Anson anunciaba el otro día en una conferencia ‘que Umbral es el mejor de todos nosotros’. Me bastaría con ser uno más, constante, pero no muy sonante”.

El autor inscribe en este género literario híbrido lo que desea, incluso el resumen de una conferencia sobre los enanos en La obra de Velázquez que daría en una universidad de verano. Caben amores platónicos, delicuescentes jovencitas, escenarios eróticos, ejercicios de tersa y lírica prosa (págs. 145, 210, 238). Pero la mayor parte de Madrid, tribu urbana está formada por una original galería de retratos: ministros, escritores, banqueros, la “gente guapa” de la etapa constitucional. Algunos brillan con luz propia, porque Umbral convive, como Velázquez, en su medio. Pero los retratos resultan variopintos y hasta crueles: Loyola de Palacio, Eduardo Serra, Herrero de Miñón, Sabino Fernández Campo, Isabel Tocino (uno de los más sangrientos), Javier Solana. Tampoco evita alguna coz contra el PP. Para llegar hasta aquí arranca de una añorada Carmen Díez de Rivera, de un González que entiende que los españoles creyeron que “tenía poderes” y que se confundía con el Estado. Respeta la figura de Gutiérrez Mellado e, incluso Guerra quedará mejor parado que el ex presidente socialista.

Anguita le merece mejor opinión que Carrillo. El diseño de Rodríguez Ibarra es una lanzada. Cada personaje enlaza, de algún modo, con un Umbral que resulta el displicente invitado a todas las fiestas de relumbrón, que se codea con el poder económico, con los figurones del “Hola” y con la belleza. Capítulo aparte merecen las aventuras amorosas más o menos platónicas -hay, sin embargo, un hilo erótico único conductor- y sus consideraciones de lo femenino, así como el diálogo con José Antonio Marina. Respeta, con un deje cariñoso, a Cela, que aparece con frecuencia en estas páginas. También a Fernando Fernán Gómez e incluso dedica unas líneas exageradas a Alfonso Grosso y despacha a Antonio Gala con una desdeñosa frase. Como madrileño tampoco ha de faltar una apreciación negativa sobre el espíritu reivindicativo económico catalán y sobre Barcelona. Sus opiniones sobre el problema vasco son, sin embargo, más que razonables, porque Umbral se sirve del humor en los análisis políticos, pero observa una rigurosidad que subyace en los enfoques de cualquiera de los diversos y polémicos temas que constituyen el magma de esta cotidiana “vida”, entre real e imaginaria, que nos evoca. No ganará amigos con lo que dice, aunque sí lectores. Constituye una referencia obligada en el panorama de la literatura española del siglo XX y posiblemente ya del XXI. Periodista, novelista, ensayista, diarista o memorialista no deja de ser nunca Umbral. ésta es, sin duda, una de sus obras más anárquicas y logradas y, en consecuencia, polémicas.

Joaquín Marco, “El Cultural”, suplemento inicialmente de La Razón y más tare de El Mundo (Madrid).


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