Microrrelato de José María Ávila Román: El descubrimiento

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Librería en Istiklal Street (Estambul). Fotografía: Francisco Rodríguez Criado

EL DESCUBRIMIENTO

(microrrelato)

José María Ávila Román

Jugaba a expedicionario entre las desordenadas baldas de la estantería, cuando captó mi atención un ejemplar de mayor grosor que los demás. No fui del todo consciente, pero mis manos se lanzaron al instante hacia él para acariciarlo. Casi sin darme cuenta ya lo tenía atrapado entre mis dedos. Visiblemente deteriorado, rugoso al tacto, aquel libro desprendía un olor profundo a humedad, a recuerdos, al paso inexorable de los siglos. No resultaba agradable, pero sí extrañamente magnético. Tan solo le faltaba hablar.

Con agobiante curiosidad comencé a devorar aquellas páginas de filo amarillento, sin orden establecido. Todas las enseñanzas de la humanidad parecían morar en él. Su volumen parecía doblarse o triplicarse cada vez que mojaba mi pulgar derecho en la saliva. Con su peso nacía un tenue hormigueo sobre mis brazos. Cada una de sus hojas, raídas y acartonadas, era una inmensa puerta abierta al saber universal. Cada ilustración, un colorido fresco renacentista de Masaccio o Botticelli, altavoz y testigo de todos los grandes genios que existieran o estuvieran por existir. La diminuta paginación, allá en la recóndita esquina, simulaba un calendario donde marcaba mis progresos en la evaluación del saber. Una leve cinta rojiza actuaba como ínfímo ropaje para sus costuras, desgastadas y eternas. ¿Y qué podrían ser esas tapas, sino plomizas losas que aprisionan esta ingente colección de tesoros? Losas sin cerradura, pues para vencerlas no existía más llave que la voluntad del conocimiento.

Embelesado con la sabiduría que encerraba aquella magna obra, no tuve tiempo siquiera de reparar en su título. Lo volteé para ver su cubierta, y noté que aquel nombre me era extrañamente familiar. ¡Cuán largo tiempo sin vernos las caras, mi querido y olvidado diccionario!

 

SECCIÓN DE MICRORRELATOS

 

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