Cuento de Mely Rodríguez Salgado: Más allá del muro

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High Park Pickets, del artista Rob Gonsalves. Fuente de la imagen

MÁS ALLÁ DEL MURO

Mely Rodríguez Salgado

Más allá del muro está la libertad. Esta ciudad es gris, triste. Es una ciudad muerta desde que nos ocurrió aquello y levantaron un muro y nos encerraron dentro sin ninguna posibilidad de salir. Digo bien, nadie puede escapar de la ciudad, aunque todos anhelen saltar el muro, burlar la vigilancia, pero casi nadie se atreve y, los que lo hacen, mueren de un disparo o son perseguidos y atrapados por los vigilantes y sus perros.


Ahora pienso en Eliza. Ella fue la primera. Me ofreció su amor a cambio de huir juntos. Me negué argumentando que aquí nos agenciaríamos un reducto para vivir lo nuestro a espaldas de la realidad que nos rodea. Pero ella no aceptó y me miró, por primera vez, con una lástima soterrada. Un día se acercó al muro dispuesta a saltar. Trataba de huir para encontrar la libertad soñada. Quería caminar por los bosques que hay más allá del muro donde se espesan los árboles y nacen los caminos. Me dejó una nota donde exponía los motivos por los que huía de la ciudad. Los había enumerado ordenadamente. Era algo así como una nota meditada que trataba de justificarme su abandono, un intento por hacerme comprender que el conjunto de motivos que la impulsaban a huir tenían más peso que nuestro amor.

En su nota decía que había tomado esta decisión porque no soportaba el aire viciado que respirábamos a cada instante, por el miedo que leía en los ojos de la gente y porque no existían ilusiones que fabricar ni proyectos que llevar a cabo, que detrás del muro se podían encontrar distintos modos de vida. Creo que fue esto último lo que la decidió a intentarlo, lo sé porque era lo único que había escrito con tinta roja.

Ese arrojo que tuvo Eliza fue lo que animó a muchos otros a decidirse. Modos de vida, eso era, en realidad, lo que empujó a los demás a querer irse de un lugar donde la vida era siempre igual para todos. Y vuelvo a repetir que por esto último muchos han ido muriendo heroicamente. Yo también quiero morir, sí, quiero morir simplemente por Eliza. Al igual que ella todos los que intentan saltar el muro expresan en una simple nota los motivos que los mueven a querer arriesgarse. Sé que de no haber sido por esa nota que me dejó ella, todo habría seguido igual: nosotros encerrados en esta ciudad sombría y los guardias con sus perros feroces aburriéndose, esperando a que alguien lo intentara para dispararle y, de esta manera, justificar su salario. Dicen que son unos cabrones de mierda que se pelean por conseguir una víctima. Así ocurrió con Eliza, todos se la disputaban en cuanto la vieron intentar escalar el muro. Y ella, al poco rato, quedó allí tendida, muerta, y sin embargo con una sonrisa limpia en sus labios, como el que, al menos, acaba de intentar alcanzar una meta largamente anhelada. Ni un rastro de derrota en su rostro. Eliza era de las que pensaban que, en nuestra mezquina vida, todo había que intentarlo. Por eso pienso en Eliza, y por ella voy a intentar huir, en realidad voy a suicidarme. Sólo deseo morir en el mismo lugar donde ella cayó.

Fue un día igual a otros. Húmedo, opaco y gélido. Se encaminó con paso decidido por las calles solitarias. Cabizbajo, apenas saludó a algún convecino tan gris y anodino como él. Otro que se encamina al muro, pensó al captar su aire resuelto, porque esta decisión significativa cubría el rostro del temerario de una euforia inusual. Bajó la pendiente, atravesó el pedregal y, al fondo, avistó el muro, que se alzaba temible, atemorizante. Ni siquiera se detuvo, tal fue su decisión. Tampoco miró a su alrededor, siguió caminando con la valentía inconsciente de quien lo tiene todo perdido. Pensó en algo inconcreto, en unos ojos que un día lo miraron de una forma recriminatoria que le removieron el alma, y también en que, en algún lugar, existía sin duda un aire limpio y algún reducto alegre y soleado. El mundo detrás del muro es para los valientes, había oído decir, y la valentía asusta a los cobardes, sólo que él nunca fue un valiente, ni siquiera fue capaz de acompañar a Eliza.

Pero ahora sí. Ahora tenía que dar la talla. Cuando llegó al pie del muro, no se detuvo. Trepó y trepó hasta alcanzar el otro lado. Sorprendido de su proeza, trató de captar algún ruido, el ladrido de los perros, los avisos de alerta de los vigilantes, algo, pero el viento que provenía del bosque cercano era el único que lo llamaba. Incrédulo, y, reflexionando acerca del resultado de su valentía, se encaminó en dirección al bosque. Pronto comenzó a saborear tímidamente el triunfo y la extraña sensación de sentirse libre, incluso experimentó cierta frustración por no haber conseguido su objetivo real. Estaba vivo sin querer. Las nubes se desgajaban a lo lejos y el sol brilló por encima de los árboles. El siguió caminando cada vez más deprisa, ya corría y pronto comenzó a enumerar y a mascar ese conjunto de motivos por los que ya quería seguir viviendo, incluso le pareció increíble haber pensado hacía un momento en lo contrario. Después de una larga caminata se encontró fuera de los límites del bosque. A lo lejos vio una casa rodeada por un jardín. Las rosas florecían y los setos estaban bien cuidados. Cuando se acercó, frente a él estaba un niño que al verlo comenzó a gritar y a correr despavorido. Él lo siguió, trataba de decirle que era el primero en conseguir la ardua, peligrosa y terrible huida de una ciudad siniestra; quería transmitirle al chico la feliz ilusión del iluso.

Apenas notó el impacto. El hombre acababa de dispararle. Antes le había ordenado al niño que entrara en la casa y a él le gritó que no se acercara, pero no le hizo caso y siguió caminando mientras, con lágrimas en los ojos, exclamaba que lo había hecho por Eliza y por todos los que también lo intentaron sin éxito. Fue entonces cuando el hombre de la casa le disparó en medio de un terror en donde sobresalía la ávida codicia del que se quiere cobrar una pieza. Después de que se hubo asegurado que estaba muerto, hizo una llamada de emergencia. Temblaba de pies a cabeza, y, una vez que tiró el arma, descontrolado, se arrodilló junto al cuerpo inerte y  registró sus bolsillos. Sólo encontró una simple nota, estaba arrugada y empapada en sudor, en ella el fugitivo había escrito en rojo un nombre, sin duda el único motivo que lo había empujado a suicidarse.

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