Cuento breve recomendado: “El secreto”, de Juan Eduardo Zúñiga

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Juan Eduardo Zúñiga, cuento
Escritor Juan Eduardo Zúñiga. Fuente de la imagen

 

Soy un escritor lento y minucioso, escribo todos los días por la mañana y no ahorro papel en las varias versiones que voy elaborando. Me esfuerzo en conseguir la verdad oculta de las palabras, claridad y un ritmo en las frases, un sonido. Rompo y guardo mucho, porque no publico todo lo que escribo y a veces ese material lo vuelvo a utilizar posteriormente.

Juan Eduardo Zúñiga

  

EL SECRETO

(cuento)

Juan Eduardo Zúñiga (España, 1929)

Era una jovencita aún y todos elogiaban su encanto, su inocencia, sus grandes bucles sobre los hombros cuando, por las tardes, cantaba ante el piano que tocaba su madre, emocionada al oír su voz.

Transcurría así la vida tranquila en aquella casa pero cierto día apareció un desconocido y se quedó a vivir allí. Era alto y hermoso, bueno e inteligente y la muchacha desde un principio lo admiró. A veces él le apretaba la mono y su mirada ahondaba misteriosamente en sus ojos azules. Desde que él había llegado todo se hacía más claro, más noble, sumía a la mente en cierta intranquilidad pero también en una inefable tibieza al corazón. Volaban los días, pasó un año y llegó el último instante: él se fue y ella conoció el tiempo de la tristeza y del sufrimiento, pero no quiso preguntar a nadie si volvería.

Un día, inesperadamente el huésped regresó y se acercó a sus labios y murmuró: “No temas, querida, soy invisible para los demás” y las bocas se unieron con pasión. Desde entonces estuvo cerca de ella: lo veía en el fondo de una habitación, en el corredor, al pie de una escalera, la seguía por la calle, se sentía abrazada con fuerza y ella se entregaba a su abrazo. La más extraña felicidad la acompañaba a todas horas: en el jardín, junto al piano, notaba que sus manos la acariciaban; de noche, despertaba y lo encontraba a su lado, desabrochándole, despacio, los botones del camisón.

Todos decían que su mirar velado y los colores de sus mejillas arreboladas podían ser de fiebre pero ella pensaba que nadie habría de saber la vehemencia con que se entregaban al amor.

Misterio de las noches y los días, Barcelona, Círculo de Lectores, 1993, págs. 15-16

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