Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “El hombre a quien maté”, de Tim O´Brien

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Tim O´Brien (Minnesota, Estados Unidos, 1946) trabajó de reportero, desde muy joven, para el Washington Post, donde se distinguió por un estilo literario que sobrepasaba los márgenes del periodismo. Su novela Persiguiendo a Cacciato (1975) consiguió el National Book Award en 1979, y desde entonces no ha dejado de escribir sobre sobre la guerra del Vietnam, en la que sirvió como soldado. “El hombre a quien maté” es una breve muestra del interés de este autor por este conflicto bélico, que publicamos en narrativabreve.com siguiendo la recomendación de David Fernández Villarroel, catedrático de Lengua y Literatura Española y autor de la novela Ver nevar (Kadmos, 2008) y de varios libros didácticos sobre literatura. Al final del cuento podremos leer un estupendo comentario del propio Fernández Villarroel.

EL HOMBRE A QUIEN MATÉ

(cuento)

Tim O´Brien

Tenía la mandíbula en la garganta, el labio y los dientes superiores habían desaparecido, un ojo estaba cerrado, el otro era un agujero en forma de estrella, sus cejas eran finas y arqueadas como las de una mujer, su nariz estaba intacta, había una gota leve en el lóbulo de una oreja, su limpio pelo negro caía hacia atrás hasta formar un remolino en la parte posterior del cráneo, su frente tenía algunas pecas, sus uñas estaban limpias, la piel de su mejilla izquierda estaba arrancada en tres tiras desiguales, su mejilla derecha era suave y lampiña, había una mariposa posada en su mentón, su cuello estaba abierto hasta la médula espinal, y allí la sangre era densa y brillante; ésa era la herida que le había matado. Estaba tendido boca arriba en medio del sendero, un joven delgado, muerto, casi delicado. Tenía piernas huesudas, cintura estrecha, dedos largos y elegantes. Tenía el pecho hundido y poco musculoso; un estudiante, tal vez. Sus muñecas eran las muñecas de un niño. Llevaba camisa negra, amplios pantalones orientales negros, una canana gris, un anillo de oro en el dedo corazón de la mano derecha. Sus sandalias de goma habían volado. Una estaba junto a él, la otra unos metros más allá, en el sendero. Tal vez había nacido en 1946 en la aldea de My Khe, cerca de la costa central de la provincia de Quang Ngai, donde sus padres trabajaban la tierra, y donde su familia había vivido durante varios siglos, y donde, durante la época de los franceses, su padre y dos tíos y muchos vecinos se habían unido a la lucha por la independencia. No era comunista. Era ciudadano y soldado. En la aldea de My Khe, comoen toda Quang Ngai, la resistencia patriótica tenía la fuerza de la tradición, que era en parte la fuerza de la leyenda, y desde la más tierna infancia el hombre a quien maté había oído historias sobre las heroicas hermanas Trung y la famosa derrota que Tran Hung Dao infligió a los mongoles y la victoria final de Le Loi contra los chinos en Tot Dong. Le habían enseñado que defender su tierra era el deber más alto y el mayor privilegio de un hombre. Lo aceptaba. Nunca fue amigo de discutir. Secretamente, sin embargo, también le daba miedo. No tenía madera de soldado. Tenía mala salud, su cuerpo era pequeño y frágil. Le gustaban los libros. Quería ser profesor de matemáticas algún día. Por la noche, tendido sobre la estera, no podía imaginarse llevando a cabo los actos va­lientes de su padre, o de sus tíos, o de los héroes de las historias. Esperaba de todo corazón que nunca le pusieran a prueba. Esperaba que los norteamericanos se fueran. Pronto, esperaba. Seguía esperando y esperando, siempre, incluso cuando dormía.

-¡Vaya, hombre, has jodido al que te quería joder! -dijo Azar-. ¡Lo has desparramado por completo, fíjate en lo quehas hecho,lo has desparramado como si fuera un jodido huevo!

-Vete -dijo Kiowa.

-¡Sólo estoy diciendo la verdad! ¡Como un jodido huevo!

-Vete -repitió Kiowa.

-De acuerdo, entonces; me largo -dijo Azar. Empezó a apartarse, después se detuvo y dijo-: Como un jodido huevo, ¿sabes? ¡Si hay categorías de muertos, este tío es de primera!

Sonriendo de su propia agudeza, se encogió de hombros y enfiló el sendero hacia la aldea que estaba tras los árboles.

Kiowa se agachó.

-Olvídate de esa bestia -dijo. Abrió la cantimplora y me la tendió por un momento y después suspiró y la retiró-. ¡No le des más vueltas, hombre! ¿Qué otra cosa podías hacer?

Más tarde Kiowa dijo:

-Hablo en serio.Nadiepodía hacer nada. Vamos, Tim, deja de mirar así.

El cruce de senderos estaba sombreado por una hilera de árboles y altos arbustos. El delgado muchacho estaba tendido con las piernas a la sombra. Su mandíbula estaba en la garganta. Un ojo estaba cerrado y el otro tenía un agujero en forma de estrella.

Kiowa le echó un vistazo al cuerpo.

-Está bien, déjame hacerte una pregunta -dijo-. ¿Te gustaría cambiarte con él? Ponte en su lugar:¡te gustaría?Contéstame francamente.

El agujero en forma de estrella era rojo y amarillo. La parte amarilla parecía ir ampliándose, desplegándose hacia el centro de la estrella. El labio superior, la encía y los dientes habían desaparecido. La cabeza del hombre estaba acomodada en un ángulo insólito, como si el cuello se hubiera soltado, y su cuello estaba mojado de sangre.

-Piénsalo -dijo Kiowa.

Después, más tarde, dijo:

-Tim, es unaguerra.El tío ese no era Heidi: tenía un arma, ¿correcto? Es duro, desde luego, pero tienes que dejar de mirar. Después dijo:

-Tal vez lo mejor sería que te tumbaras unos minutos.

Después de un largo rato de silencio dijo:

-Tómatelo con calma. Ve adonde el espíritu te lleve.

La mariposa se estaba abriendo camino a lo largo de la frente del muchacho, que estaba salpicada de pequeñas pecas oscuras. La nariz estaba intacta. La piel de la mejilla derecha era suave y tersa y lampiña. De aspecto frágil, huesos delicados, el joven nunca había querido ser soldado y en lo más hondo de su corazón había temido comportarse mal en la batalla. Incluso cuando era un muchacho que crecía en la aldea de My Khe se había preocupado a menudo por eso. Se imaginaba cubriéndose la cabeza y tendido en un agujero profundo y cerrando los ojos y quedándose inmóvil hasta que la guerra terminara. No tenía estómago para la violencia. Le encantaban las matemáticas. Sus cejas eran finas y arqueadas como las de una mujer, y en la escuela los muchachos a veces se burlaban de él por lo hermoso que era, con sus cejas arqueadas y sus dedos largos y elegantes, y en el patio de recreo imitaban el modo de caminar de una mujer y se mofaban de su piel tersa y su amor por las matemáticas. No era capaz de pelear con ellos. A menudo deseaba hacerlo, pero le daba miedo, y eso aumentaba su vergüenza. Si no se atrevía a pelear con chicos, pensaba, ¿cómo podría ser soldado y luchar contra los norteamericanos con sus aviones y sus helicópteros y sus bombas? No parecía posible. En presencia de su padre y sus tíos, fingía estar ansioso por cumplir con su deber patriótico, que era además un privilegio, pero por la noche rezaba con su madre para que la guerra terminara pronto. Por encima de todo, temía ser una deshonra para sí mismo, y por lo tanto para su familia y su aldea. Pero todo lo que podía hacer era esperar y rezar y tratar de no crecer demasiado deprisa.

-Escúchame -dijo Kiowa-. Te sientes muy mal, lo sé.

Después dijo:

-Está bien, tal veznolo sé.

A lo largo del sendero había pequeñas flores azules, como campanillas. La cabeza del muchacho estaba torcida de costado, pero sin llegar a mirar de frente a las flores, y aunque se encontraba a la sombra, un rayo de luz solar refulgía contra la hebilla de su canana. Su mejilla izquierda estaba pelada hacia atrás en tres tiras desiguales. Las heridas del cuello aún no se habían coagulado, lo que le hacía parecer animado incluso en la muerte, pues la sangre se desparramaba por la camisa.

Kiowa sacudió la cabeza.

Hubo un largo silencio antes de que dijera:

-Deja demirar.

Las uñas del muchacho estaban limpias. Había una gota leve en el lóbulo de una oreja, una salpicadura de sangre en el antebrazo. Llevaba un anillo de oroen el dedo corazón de la mano derecha. Tenía el pecho hundido y poco musculoso: un estudiante, tal vez. Durante años, a pesar de la pobreza de su familia, el hombre a quien maté había estado decidido a continuar sus estudios de matemáticas. Los medios para ello tal vez se habían arreglado mediante los cuadros del movimiento de liberación de la aldea, y en 1964 el joven empezó a asistir a clases enla Universidad de Saigón, en donde evitó la política y prestó atención a los problemas de cálculo. Se dedicó al estudio. Pasaba las noches solo, escribía poemas románticos en su diario íntimo, gozaba de la gracia y la belleza de las ecuaciones diferenciales. Sabía que la guerra, al fin, le llamaría, pero por el momento procuraba no pensar. Había dejado de rezar; en vez de eso, ahora esperaba. Y mientras esperaba, en el último año de universidad, se enamoró de una compañera de estudios, una muchacha de diecisiete años, que un día le dijo que sus muñecas eran como las muñecas de un niño, pequeñas y delicadas, y que admiraba su cintura estrecha y el remolino que se alzaba como la cola de un pájaro en la parte posterior de su cabeza. Le gustaba el modo sereno de ser del muchacho, se reía de sus pecas y de sus piernas huesudas. Una noche, tal vez, intercambiaron anillos de oro.

Ahora un ojo era una estrella.

-¿Estás bien? -dijo Kiowa.

El cuerpo estaba casi por entero en la sombra. Había jejenes en su boca, y partículas de polen vagaban encima de su nariz. Había dejado de sangrar, salvo las heridas del cuello. La mariposa se había ido.

Kiowa recogió las sandalias de goma y las limpió, después se agachó para registrar el cuerpo. Encontró una bolsita de arroz, un peine, un cortaúñas, unas pocas piastras sucias, una instantánea de una muchacha de pie ante una motocicleta. Kiowa colocó aquellos objetos en su mochila junto con la canana gris y las sandalias de goma.

Después se agachó.

-Te diré la pura verdad -dijo-. El tío este estaba muerto en cuanto pisó el sendero. ¿Me entiendes? Todos le teníamos en el punto de mira. Una buena presa: arma, munición, todo… -Minúsculas gotas de sudor brillaban en la frente de Kiowa. Sus ojos pasaron del cielo al cuerpo del hombre muerto y a los nudillos de su propia mano-. Así que, escucha, ¡tienes que recobrarte, coño! No puedes quedarte sentado aquí todo el día.

Más tarde dijo:

-¿Entiendes?

Después dijo:

-Cinco minutos, Tim. Cinco minutos más y seguimos adelante.

En el ojo cerrado se operó una curiosa transformación: pasó del rojo al amarillo. La cabeza estaba torcida de costado, como si el cuello se hubiera soltado, y el muchacho muerto parecía estar mirando un objeto lejano más allá de las flores como campanillas del sendero. La sangre del cuello se había vuelto de un profundo negro purpúreo. Uñas limpias, cabello limpio: había sido soldado un solo día. Después de sus años en la universidad, el hombre a quien maté regresó con su esposa -se acababan de casar- a la al­dea de My Kbe, donde se alistó como soldado raso en el 48 batallón del Vietcong. Sabía que no tardaría en morir. Sabía que vería un relámpago de luz. Sabía que caería muerto y despertaría en las historias de su aldea y de su pueblo.

Kiowa cubrió el cuerpo con un poncho.

-¡Vaya, Tim, tienes mejor aspecto! -dijo-. No hay duda al respecto. Todo lo que necesitabas era tiempo: un poco de permiso mental.

Después dijo:

-Chico, lo siento.

Después, más tarde, dijo:

-¿Por qué no me hablas?

Después dijo:

-¡Venga, hombre, háblame¡

Era un muchacho delgado, muerto, casi delicado, de unos veinte años. Estaba tendido con una pierna doblada debajo de él, la mandíbula en la garganta, la cara ni expresiva ni inexpresiva. Un ojo estaba cerrado. El otro era un agujero en forma de estrella.

-¡Háblame! -dijo Kiowa.

 

 

“The Man I Killed”, enThe Things they Carried,1990.

Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, trad. Elvio E. Gandolfo,

Barcelona, Anagrama, 1993, págs. 115-120.

 

 

 

Comentario de David Fernández Villarroel

Es éste uno de los cuentos que componen el catártico libro sobre la guerra de Vietnam publicado en 1990 con el sugestivo títuloLas cosas que llevaban los hombres que lucharon.

Muy probablemente, los relatos de O’Brien habría que situarlos en la estela de la tradición surgida a partir del llamadoNewJournalisma finales de la década de los sesenta del siglo pasado. Esa corriente, cuyos pioneros y más conspicuos representantes son escritores de la talla de Tom Wolfe, Norman Mailer y Truman Capote, partía de una premisa: la realidad social -la norteamericana de aquella época, en su caso- supera la capacidad imaginativa del escritor. De ahí que el afán documental, la obsesión por fotografiar esa realidad se convirtiera en postulado literario esencial. Ese método narrativo aportaba además de cara al lector el aliciente añadido de que lo narrado “había sucedido realmente”. Nada tiene de extraño en este contexto que Truman Capote reivindicara la “novela de no-ficción” que él se propuso llevar a cabo enA sangre fría.

Si hubo un hecho que claramente podía establecer “una competencia desleal” (son palabras de otro novelista, Philip Roth) con la capacidad imaginativa del escritor, ese fue sin duda la guerra de Vietnam, que marcó a toda una generación norteamericana. Tim O’Brien, nacido en 1946, sirvió como soldado en esa guerra que su país mantuvo en el país asiático desde finales de los cincuenta hasta 1975. Y “El hombre a quien maté” describe con verídica crudeza uno de tantos estremecedores y crueles episodios de los que a buen seguro fue testigo.

Dramatismo y angustia conforman la trama, y la interioridad de los personajes se erige en el verdadero protagonista. La objetividad se diluye desde la primera línea en el abismo de la desolación. La descripción inicial del muchacho vietnamita que yace muerto en un sendero posee tal fuerza narrativa (“un ojo estaba cerrado, el otro era un agujero en forma de estrella”) que ahoga al instante cualquier otra consideración. Nada importa que el retrato que de él se nos da sea fruto de la invención o de la investigación: ese “tal vez había nacido en1946”, por ejemplo. También el otro protagonista, anonadado combatiente y silencioso narrador, ha nacido en ese año. De hecho, mucho de lo que explícitamente se dice sobre uno puede aplicarse al otro: la condición (“tal vez”) de estudiante, la afición por los libros y la desafección por las armas (“No tenía madera de soldado”), el miedo a la guerra…

El silencio del atónito verdugo es un homenaje póstumo a su víctima y un clamor contra los horrores de la guerra. Abatido hasta la raíz, ni siquiera se atreve a dejar la huella de su autoría, solo esa primera persona del verbo que aparece en el título y el nombre con que su compañero le interpela en un par de ocasiones. Su mutismo inmóvil es el grito apagado de la perplejidad y la incomprensión ante lo irreparable (y acaso también el de todo su país ante las atrocidades de la guerra). Por respeto al que todo lo ha perdido, calla. La voz que le llega de fuera, lejos de proporcionarle consuelo, ahonda su aniquilamiento y acrecienta la sinrazón. Ensimismado en el espanto, desasido de su ser, sus ojos ven por aquellos que ya no le pueden ver. Y guiándose por ellos y por los de la imaginación va rescatando una historia de inocencia y honradez, de esfuerzo y pobreza, de continuada y temerosa espera. La historia de la vida que él acaba de arrancar. Es la única manera de salvar al otro y de salvarse a sí mismo. Contando expía su culpa. La realidad vista y la realidad fabulada se alían y complementan. Los ojos de la segunda son los únicos capaces de borrar el “agujero en forma de estrella” de la primera. Ese, por lo demás, y no otro, suele ser el oficio -y el servicio- de la literatura.

David Fernández Villarroel. Catedrático de Lengua y Literatura Española en un instituto de Barcelona, ha publicado, entre otras obras, Diccionario de dudas e irregularidades de la lengua española (Teide, 1991), Literatura castellana (Almadraba, 1999), Leer y escribir (Almadraba, 2005), Literatura universal (Almadraba, 2008) y Ver nevar (Kadmos, 2008), una novela ambientada en su tierra, la montaña Oriental leonesa.

 

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