El Diario Down: Listos, inteligentes, idiotas

El Diario Down
Daughters of Edward Darley Boit
John Singer Sargent 1882
Museum of Fine Arts, Boston
Oil on canvas

El Diario Down: Listos, inteligentes, idiotas

Francisco Rodríguez Criado

Hace unos días acudí a una conferencia organizada por la Fundación Síndrome de Down de Madrid. A la salida, mientras esperaba la llegada del metro, abordé a la señora que había estado sentada junto a mí para preguntarle qué le había parecido el acto.

–En realidad no vamos a sacarle demasiado provecho. Las cosas que nos han explicado son para chicos muy listos. Mi hijo no lo es tanto –dijo en un tono neutro, sin aflicción.

El chico en cuestión era un adolescente de unos quince años que durante la charla no había parado de hacerle preguntas a su paciente madre. Entonces le conté a esta buena mujer que yo era padre de un bebé de dos meses y medio con el Síndrome de Down.

–Mi hijo no tiene síndrome de Down, tiene una discapacidad intelectual de otro tipo.

–¿Y qué diferencias hay entre lo que tiene su hijo y el Síndrome de Down? –me atreví a preguntar.

–Los chicos con el Síndrome de Down son cada día más listos –afirmó–, tanto que a algunos ni se les nota. Son casi normales.

No pudimos seguir hablando demasiado: la señora y su hijo se bajaron en la primera parada, pero sus palabras (“listos”, “casi normales”) estuvieron resonando largo tiempo en mi mente (y creo que aún resuenan).

De regreso a casa no puede reprimir la pregunta: ¿es cierto que los chicos Down son listos, tanto que en ocasiones apenas se les nota que padecen dicho síndrome? Recordé entonces que mi orgulloso padre solía alardear, siendo yo muy niño, de lo listo que era su retoño. Una afirmación que hoy, tantos años después, pongo en tela de juicio. Analizando en frío el asunto, he de desmentir a mi padre: yo no era listo. Lo que mi padre quería decir es que yo era inteligente (y, bien mirado, no más de la media). Ser listo y ser inteligente son cosas diferentes. Un rápido repaso por mi vida (“rápido” para no meter demasiado el dedo en la herida) viene a demostrar que no solo no he sido listo sino que en varias etapas me he comportado como un perfecto idiota.

En este aspecto creo que mi hijo Francisco y yo vamos a llevar caminos inversos: doy por hecho que él va a ser menos inteligente que yo pero bastante más listo. Aunque no soy ningún especialista en el Síndrome de Down, tengo para mí que las personas que lo sufren son listas, muy listas. Y no porque algunas de ellas se integren estupendamente en la sociedad laboral. No porque algunas sean concejales, actores, trabajadores de un Ayuntamiento o porque hayan terminado la carrera de psicología. Estas personas son especialmente listas no por su integración laboral –nada desdeñable– sino por su integración emocional. En la mayoría de los casos –algún incondicional diría que en todos los casos–, las personas con el Síndrome de Down manifiestan una sabiduría afectiva que el resto de los mortales no podríamos alcanzar ni en sueños. Son más cariñosas, más empáticas, conocen y aceptan sus limitaciones y no se lanzan con tanta facilidad a la hoguera de las ambiciones en la que, de una manera u otra, perecemos abrasados el resto de los mortales. Esto no es una alabanza gratuita, es la pura verdad: las personas con el Síndrome de Down suelen vivir menos años pero lo hacen con mayor armonía y predisposición al júbilo que quienes somos cromosómicamente normales. Son menos vanidosas, menos pendencieras, menos envidiosas. Llevan a buen término las propuestas de Ludwig Mies van der Rohe, director de la escuela Bauhaus: “Menos es más” o “Dios está en los detalles”. Su trisomía del par 21 los convierte en seres más sabios que aquellos normales con cuatro carreras, cinco idiomas y seis másteres pero que a la larga chocan contra sí mismos.

Si tiene suerte de vivir tanto, mi anciano padre, Francisco I, llegará a la conclusión –y esta vez con motivos fundados– de que su nieto Francisco III es listo, muy listo. Valga como ejemplo: tan solo lleva dos meses y medio en este mundo cruel y ya ha conseguido hacer feliz a su padre, Francisco II, un tipo tantas veces errado a quien le gustaría no volver a hacer el idiota. 

(Libros de Francisco Rodríguez Criado)

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