Tildes. El bigote de las palabras
Imaginemos que el lector pretende redactar y enviarle una carta a su tío Alfredo, un académico de la lengua jubilado que se ha ido recientemente a hacer las Américas. Nuestro querido lector, estimulado por sus ínfulas de personaje de novela decimonónica, pretende hacer todo el proceso a la antigua usanza y usar papel y pluma, sobre y sello. Y como perfeccionista que es, le asusta parir una carta chapucera, más aún a sabiendas de que el destinatario va a ser su ilustre tío. La intención es buena, pero tiene muchas dudas con las tildes, siempre las ha tenido. Si redactara la epístola en el ordenador, el corrector del procesador de textos haría saltar las alarmas cuando escribiera “lagrimas” en vez de “lágrimas”, “facil” en vez de “fácil” o “cafe” en vez de “café”. Pero, insisto, quiere hacerlo a la manera “artesanal”.
Y ahí lo tenemos al pobre, exhausto tras repasar las normas de ortografía en castellano (menudo lío, reaprender de memoria cuáles son las palabras agudas, llanas y esdrújulas, detectar cuándo terminan en vocal, en –n o en –s, y luego tener en cuenta las excepciones). Así que, durante unos minutos, lo que iba a contarle al tío Alfredo queda en segundo plano. ¿Realmente es provechoso aprender las normas de acentuación?, se pregunta compungido una y otra vez, los ojos, febriles de cansancio, fijos en el papel en blanco.
Este humilde corrector de estilo diría que sí, que las normas de acentuación –que veremos en otro momento– son muy útiles de aprender si queremos escribir correctamente. Ahora bien, de igual manera que un cirujano no aprende todo lo necesario sobre medicina en el momento de abrir en canal al sufrido paciente, sería muy engorroso tratar de escribir una carta de –pongamos– dos mil palabras al tiempo que consultamos compulsivamente un libro de ortografía. Sería engorroso y sería improductivo. Lo ideal, en mi opinión, es establecer previamente cierta familiaridad con las palabras para poder detectar mecánicamente cuándo a alguna de ellas le falta el bigote. (¡Pero bueno, este hombre se ha vuelto loco, ahora habla de bigotes! Tranquilos, tranquilos, es solo un adelanto de un ejemplo que paso a desarrollar).


Ay, qué tiempos aquellos en que usábamos el diccionario…
Por lo demás, qué empatía ni qué leches, ¿te has propuesto que nos quedemos sin trabajo, Francis? ;-)))
Un abrazo.