Opiniones de un corrector de estilo: Tildes. El bigote de las palabras

 

 

 

Corrector de estilo, bigote, tildes, Francisco Rodríguez Criado
Bigote. Fuente de la imagen

Opiniones de un corrector de estilo: Tildes. El bigote de las palabras

Imaginemos que el lector pretende redactar y enviarle una carta a su tío Alfredo, un académico de la lengua jubilado que se ha ido recientemente a hacer las Américas. Nuestro querido lector, estimulado por sus ínfulas de personaje de novela decimonónica, pretende hacer todo el proceso a la antigua usanza y usar papel y pluma, sobre y sello. Y como perfeccionista que es, le asusta parir una carta chapucera, más aún a sabiendas de que el destinatario va a ser su ilustre tío. La intención es buena, pero tiene muchas dudas con las tildes, siempre las ha tenido. Si redactara la epístola en el ordenador, el corrector del procesador de textos haría saltar las alarmas cuando escribiera “lagrimas” en vez de “lágrimas”, “facil” en vez de “fácil” o “cafe” en vez de “café”. Pero, insisto, quiere hacerlo a la manera “artesanal”.

Y ahí lo tenemos al pobre, exhausto tras repasar las normas de ortografía en castellano (menudo lío, reaprender de memoria cuáles son las palabras agudas, llanas y esdrújulas, detectar cuándo terminan en vocal, en –n o en –s, y luego tener en cuenta las excepciones). Así que, durante unos minutos, lo que iba a contarle al tío Alfredo queda en segundo plano. ¿Realmente es provechoso aprender las normas de acentuación?, se pregunta compungido una y otra vez, los ojos, febriles de cansancio, fijos en el papel en blanco.

Este humilde corrector de estilo diría que sí, que las normas de acentuación –que veremos en otro momento– son muy útiles de aprender si queremos escribir correctamente. Ahora bien, de igual manera que un cirujano no aprende todo lo necesario sobre medicina en el momento de abrir en canal al sufrido paciente, sería muy engorroso tratar de escribir una carta de –pongamos– dos mil palabras al tiempo que consultamos compulsivamente un libro de ortografía. Sería engorroso y sería improductivo. Lo ideal, en mi opinión, es establecer previamente cierta familiaridad con las palabras para poder detectar mecánicamente cuándo a alguna de ellas le falta el bigote. (¡Pero bueno, este hombre se ha vuelto loco, ahora habla de bigotes! Tranquilos, tranquilos, es solo un adelanto de un ejemplo que paso a desarrollar).

Pongámonos en situación: vuestro padre luce un vigoroso bigote, lo tiene desde antes de que nacierais, siente tal cariño por él, lo considera un rasgo tan importante de su identidad, de su estética, que jamás osaría afeitárselo. En consecuencia: nunca le habéis visto sin él. Pues bien, si un día se presentara sin su inseparable bigote, lo más seguro es que a) cayerais en la cuenta de que algo indefinible ha cambiado en él, o incluso b) dierais por hecho, nada más verlo, que ese cambio se debe al bigote. Y a eso iba yo. Si desarrollamos el gusto por visualizar al detalle las palabras sin despojarlas de su identidad, estética y significado, no se nos pasará por alto nunca (o casi nunca) un digno bigote. Yo no tildo “camión” porque me pare a pensar que es una palabra aguda terminada en –n (sería un horror tener que repasar las normas de acentuación cada vez que escribo), sino porque la vengo viendo con tilde desde los tiempos del colegio. Así pues, si estoy leyendo un manuscrito, un libro, un folleto, y cazo a la palabra “camión” sin la tilde, saltan todas alarmas: ¡Caray, a esta palabra le falta el bigote, sí que está rara sin él! Tan rara como si le faltaran las ruedas. Y si hay duda, con esta palabra o con cualquier otra, no hay más que consultar las normas de acentuación y aplicarlas.

Pero ya digo que el primer disparador es visual: una palabra sin su dichoso bigote debería llamar inmediata y poderosamente nuestra atención. (En caso contrario, vamos mal).

Mi consejo: practicar la empatía visual con las palabras. Si sabéis que vuestra amiga Mónica está diferente porque se ha cortado el pelo a lo garçon o que vuestro padre parece otro porque se ha afeitado el bigote, ¿por qué no aplicar ese gusto por el detalle visual con nuestro queridísimo lenguaje? Nos ahorraríamos muchas faltas de ortografía y dejaríamos contento al picajoso tío Alfredo, a quien no queremos contrariar porque de manera velada, inconsciente incluso, aspiramos a que nos incluya en su testamento cuando –¡ojalá sea dentro de muchos años!– pase a mejor vida.

Francisco Rodríguez Criado es escritor y corrector de estilo.

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1 comentario en “Opiniones de un corrector de estilo: Tildes. El bigote de las palabras

  1. Ay, qué tiempos aquellos en que usábamos el diccionario…

    Por lo demás, qué empatía ni qué leches, ¿te has propuesto que nos quedemos sin trabajo, Francis? ;-)))

    Un abrazo.

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