Cuento breve recomendado: “El confeti de nuestras cenizas”, de Ángel Olgoso

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cuento de Ángel Olgoso
Escritor español Ángel Olgoso. Fuente de la imagen

 

Un bastón de enebro es el objeto que en mano de distintos personajes  une estas nueve pequeñas historias acaecidas en tiempos históricos distintos, desde  la prehistoria hasta la actualidad. La única separación de cada historia es el punto y seguido para así, englobadas en un todo completo por medio del objeto antedicho, dirigirlas hasta el final, a su conversión en huesos o mejor en “el confeti de nuestras cenizas”.

Miguel Díez R.

 

EL CONFETI DE NUESTRAS CENIZAS

(cuento)

Ángel Olgoso (España, 1961)

En lo alto de la ladera, entre el bosquecillo donde rebuscaba bayas y piñones y desde donde se avistaban huidizas manadas de uros patilargos y  rinocerontes lanudos, el anciano encontró aquella rama de enebro desgajada por un rayo; regresó con ella al abrigo de la angosta boca de la cueva, se sentó en torno al fuego junto a las mujeres y las pieles sin preparar, dobló trabajosamente sus piernas deformes y, valiéndose de una piedra cortante y de una punta de hueso descamado, tajó, desbastó la rama, la limpió de resina, alisó sus nudos hasta convertirla en una vara tosca, en una especie de bastón recto y sólido con el puño sin rematar que alzó, contento como un niño, ante los hombres que regresaban de la cacería. El capataz se apresuró a guardarse el bastón de enebro bajo el brazo izquierdo, con el derecho solicitó un flagelo para apartar a los esclavos, y al hacerlo chasquear airado golpeó el saco de semillas con el que cargaba uno de ellos, derribándolo: había visto venir hacia él sobre la tierra ardiente el séquito del sacerdote, con la silueta de la inacabada pirámide a su espalda, vistiendo esa túnica de pájaros y jeroglíficos propia de la consagración a Tot de la momia de un ibis. Tras hacer la última libación, el tutor se despidió de su anfitrión, se calzó las sandalias y, apoyándose en el viejo bastón de enebro que no podía usar como distintivo de dignidad, cruzó bajo las columnas del peristilo y siguió el pavimento  de mosaico  hasta salir por el atrio en dirección a la plaza donde vivía su pupila, a la que cortejaba en secreto como a un ídolo; sobre la última grada del templo, los arúspices examinaban las entrañas buscando señales favorables e interpretaban la voluntad divina, el fuego de las lamparillas despedía un mareante perfume de mirra e iluminaba ya las estatuas en sus nichos abiertos, mientras el tutor se abría paso entre literas y ciudadanos que llevaban guirnaldas votivas o compraban amuletos, que hablaban del copero ahogado en las termas, de la incorrupta gloria del macedonio o de los alaridos de los condenados a las fieras en la arena del circo. El ennegrecido cadáver, cubierta la piel con bubones e inflamado el vientre como un odre, se pudría en el camino junto a un hito de piedra marcado con una cruz; al pasar, el niño, que viajaba solo, con unas calzas harapientas y una calabaza medio vacía en la cintura, no se atrevió a hurtarle al difunto los borceguíes pero recogió de su lado aquel bastón repulido y lo examinó como haría con una moneda de medio florín: se figuró un pastor, un templado arriero de bestias, un ufano tratante de lino, se imaginó dueño de un jubón de terciopelo, de una jauría de lebreles, de heredades sin cuento, y echó a andar feliz por la suave cuesta haciendo molinetes con el bastón mientras aprendía a silbar, descansando a las horas del rocío, de día en procura de un faisán que colgara de alguna ventana o de un trago de leche ordeñada a hurtadillas, pareciéndole que el sonido de los carros de los muertos y de las tablillas de San Lorenzo daba paso a las trompas de caza y al zumbido de las abejas, que al hedor de las fosas abiertas le sobrevenía el aroma de la mies sin recoger tendida en las eras y el de la hierba color de esmeralda engalanada por el sol, que su cuerpo desmedrado y sediento ya no necesitaba el socorro de una umbría catedral o de las murallas de ese castillo cuyos pendones, a lo lejos, temblaban de purpura y oro. Cuando llegó al patio de armas del fuerte, y después que se hubo recobrado con dos cazos de agua y una escudilla de gallina, el escribano de la expedición contó a todos sin menoscabo de detalles las mañas crueles de la lucha, el considerable espanto que allí vio, cómo pudo ocultarse tras el cuerpo asaeteado del capitán, pues no era de mucho bravear, cómo quedó untado de sangre y regresó sustentándose en el bastón de enebro que se trajo a las Indias, cómo los feroces caribes, que andaban en vivas carnes, pintados de muchas maneras y tocados con plumas de papagayo, los flecharon y diezmaron, y tomaron cautivos a los soldados que padecían algún daño, menos al escribano dado por muerto: de nada sirvieron los ladridos de los perros y los relinchos de los caballos, el brillo de las corazas y los truenos de los arcabuces,  las siete jornadas con gran hambre  por  ríos  caudales,  las cincuenta leguas y más por caminos asperísimos llenos de maleza de palmas y raíces, aparejando cómo alcanzar ese lugar que decían abundante en oro y joyuelas, en toda clase de frutas y bastimento,  en  arboles  de  los  que hacían bálsamos y en yerbas cuyo humo admirable sacaba de seso  y  procuraba remedios y  mercedes.   Luego de fumarse una lenta pipa tras los vidrios de la taberna, el viejo  caballero, que se solazaba  al mismo  tiempo  en una  emulación  vanidosa  de sus recuerdos, de cuando fue soldado en batallas de alcoba y podía mantener un carruaje propio,  cuando  lo  cubrían  una  chaqueta  de lustrina y unas rellenas medias blancas, unas botas con vueltas  amarillas  y  un  sombrero  con  divisas,  cuando compraba a diario seis peniques de pasteles “Damas de honor”, cuando jugaba al whist rodeado por cortinas de legitima cretona y tenía una fe genuina en el Imperio y en la suerte, salió al oscuro callejón de una yarda de ancho, la nariz colorada, cocido en ginebra y cerveza de jengibre,  tambaleándose con la sucia casaca bajo la enseña del Jabalí Azul y las ventanas devoradas por el hollín, entre sacos de yute y escaleras mugrientas, entre chiquillos andrajosos que en ocasiones vendían carbón al menudeo  y que  ahora  se burlaban  de  él, le  daban patadas  y forcejeaban  para  arrebatarle  su  única  posesión de valor, ese lustroso bastón que el viejo caballero se resistía a empeñar, un vestigio de sus negocios americanos, un blasón, un poderoso asidero que veía alejarse desde su posición  en el suelo enfangado mientras, a través de sombríos pasajes y zaguanes, se acercaba la lejana tonada de un organillo de manubrio. Amoratado por el frío, se incorporó al fin el teniente después de una cabezada en el húmedo catre del puesto de mando, avanzó por la estrecha trinchera de altas paredes rematadas con sacos terreros y, como una institutriz que vigilara a los infantes en un parque, pasó revista a sus hombres de la quinta del 15 repartiendo órdenes a la vez que se golpeaba las polainas, como solía, con el bastón perteneciente a aquel abuelo que logró huir de la miseria de East End; habían resistido la primera ofensiva, y aunque el enemigo descargó sobre ellos una tormenta de fuego y acero, abrió brechas en los flancos y sepultó viva toda una sección con la tierra de un obús, el sector estaba en calma, ya no se oían los clamores del cañoneo incesante ni los gemebundos gritos de dolor, se cambiaban los apósitos a los heridos, se enterraban los cadáveres ametrallados, panzudos, reventados, tumefactos, se limpiaban de barro las palas y las bayonetas, los puntos de mira y las máscaras antigás, se rezaba por los placeres que iban a malograrse, se procedía al espulgo de las cabezas y a la reparación del enredijo de las alambradas. Justo en medio de ellas, y al lado de las vías del tren que morían allí mismo, se abría un camino ancho por el que marchaban despacio multitudes de recién llegados antes de acceder a la rampa; cientos, miles de personas que habían abandonado los vagones azuzadas con brutalidad por los perros y los látigos y las furiosas voces, cargaban ahora con niños de pecho, con bultos de ropa y maletitas; aquel lugar desconocido no era una estación y toda la aterrorizada comitiva se detuvo ante tres puntos negros y uno blanco: un sanitario y tres soldados de rostros anodinos y bien alimentados, de pie, hablaban entre ellos con sonrisas furtivas para estimular el deber y sobreponerse al acre olor y al aburrimiento de una nueva jornada de trabajo rutinario; se volvieron, en el borde de la rampa, hacia la silenciosa muchedumbre y uno de los soldados, con gorra de oficial y un bastón de enebro en la mano derecha, comenzó a levantarlo de forma veloz y despreciativa y, señalando a cada cual, indicaba un lado u otro, separaba a los hombres a la derecha y a las mujeres a la izquierda, seleccionaba después entre las apretadas filas, con un leve pero firme movimiento del bastón, a los débiles, a los ancianos, a los enfermos. El doctor, sintiéndose culpable por tantos años de desapego, decidió que esta vez complacería a su esposa y viajarían juntos; y paseó aquel resistente bastón suyo de enebro que, según ella, le hacía parecer mayor y más ridículo por el suelo encerado del aeropuerto, por entre las mimosas y los algarrobos locos del jardín de un palacio, por los alrededores del faro sobre una playa desierta, por la puerta de una iglesia donde arrojaban arroz sobre los novios, por la habitación del hotel en la que hicieron el amor sin reticencias y con pasión por primera vez en un lustro, por la yerba seca de un sinuoso camino de montaña donde los sobrepasó un pequeño camión envolviéndolos en una nube de polvo anaranjado, por la plaza del pueblo que celebraba una verbena en la que bailaron y él tomó tres copitas de un vino verde, por la Capilla de los Huesos de Évora, ante cuya entrada el doctor se apoyó con las dos manos sobre aquel bastón infinitamente bruñido que parecía flotar solo frente a los azulejos, y leyó, traduciéndolas, las palabras escritas en el lintel del pórtico: «Nosotros, huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos».

Las frutas de la luna, Palencia, Menoscuarto, 2013, págs.119-125

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