El Diario Down: Los fantasmas de la noche

 

 

 


El Diario Down, Francisco Rodríguez
Nighthhawk, de Edward Hopper

 

El Diario Down: Los fantasmas de la noche

Francisco Rodríguez Criado

Después del penúltimo biberón de la noche, leemos poemas. Poemas de varios autores. De mis autores preferidos, si soy yo quien lee. O de los suyos, cuando es su turno, un turno que suelo arrebatarle caprichosamente sin que ella se queje demasiado. Yo leo poemas de Neruda, de Agustín Goytisolo, de Gil de Biedma, de Jaime Sabines, de Kavafis, de Pessoa. Y en un juego tan infantil como perverso leo también poemas de autores menores que tienen, creo, la oscura y secreta misión de alumbrar la obra de los primeros, los excelsos.

–¿Y este que vas a leer a continuación de quién es? –pregunta ella.

–Luego te lo digo –me gusta responder.

Y entonces leo “a ciegas” el poema de un autor que no nombro y que ella comenta tras la lectura, con conocimientos y a la vez con cierta zozobra, no fuera a desacreditar el trabajo de uno de los grandes: un Premio Nobel, un Cervantes, un Príncipe de Asturias, ve tú a saber. Pero siempre acierta. Nunca le arrebata la corona a un monarca de las Letras ni embadurna de oro a un plumilla sin talento.

Ella dice:

–A este autor le falta altura, sobre todo en los últimos versos.

–Este vuela demasiado alto y se acaba estrellando.

–Falla el ritmo. Y me sobra el principio.

O:

–Aquí no hay música.

O:

–No me dice nada.

Y así vamos matando los fantasmas de la noche con la fuerza de las palabras. La dinámica está escrita: yo leo poemas y ella escucha y comenta. Y Francisco, acostadito en el sofá sobre un cojín de lactancia, calla en respetuoso silencio, limitándose a mover sus manitas y a girar la cabecita de un lado a otro. Unas veces mira a Betty y otras veces a Vilma; y las dos perras, a su vez, están pendientes de él y de nosotros, deseando aprovechar algún descuido para acercarse al bebé y darle un cariñoso lametón.

Pero yo estaba hablando de los poemas. Quiero pensar que, aun sin entender el sentido de las palabras, a Francisco le gusta escuchar cada noche a sus padres mientras coquetean, ayudados por el lenguaje de la poesía, con los grandes temas de este pequeño y absurdo mundo.

No puedo evitar un paréntesis para ejercitar el sufrido arte de la reflexión. Pienso en presente (en este Diario, las contracturas musculares, el último partido de la Liga, los libros que tengo pendientes de leer, en mi carrera de escritor –o lo que queda de ella). Y pienso en pasado: en mi infancia, en los juegos escolares, en el afán por la competición, en lo orgulloso que estaba mi padre cuando me enviaba a hacer un recado y yo lo cumplía en una carrera veloz, como si me fuera la vida en ello. Pienso en los grandes planes que mi padre hacía para su vástago (que no se cumplieron) y pienso en los grandes planes para el futuro que yo mismo me hacía (que tampoco se cumplieron).

La vida es al fin y al cabo una sucesión de proyectos y anteproyectos, de escasos éxitos que siempre sobredimensionamos y de muchos fracasos que sublimamos escondiéndolos bajo la alfombra del pragmatismo.

También pienso en el futuro…

–Mañana… –dice ella, como adivinando mis pensamientos.

–¿Sí? –pregunto.

–Ya sabes. Mañana empieza la cuenta atrás.

–Todo saldrá bien, tranquila.

Ella suspira y mira al bebé, que mueve sus manitas y sonríe ajeno al hecho de que está a punto de pasar por el quirófano.

–Léeme un poema –dice ella, con la mirada perdida.

–Todo está bien –digo convencido.

–Sí, todo está bien, pero léeme un poema –insiste.

–¿Alguno en concreto?

–Alguno divertido.

Como si eso fuera sencillo, pienso, pero no digo nada. Me levanto para hurgar entre la sección de poesía de la biblioteca. Debo encontrar una sonrisa, al menos una sonrisa, entre tanto libro de autores enfadados con el mundo. Para confirmar que el encargo no va a ser fácil, los poetas me miran solemnes desde las estanterías…

Mañana, y las semanas siguientes, serán duras en el hospital. Y es que, al igual que una madre, corazón no hay más que uno. Pero aún nos queda una noche al calor del hogar. Una noche tan cálida como oscura al amparo de esas lecturas poéticas que no sabría decir si nos ayudan a comprender el mundo que nos ha tocado en suerte o si simplemente nos narcotizan contra él.

 

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