El Diario Down: Quien resiste gana

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someonePrint this page

 

 

 

El Diario Down, Quien vence gana
Florence Nightingale Walks Between the Rows of Beds in the Barrack Hospital – Henry Roberts. Fuente de la imagen

El Diario Down: Quien resiste gana

Decía Camilo José Cela que “quien resiste gana”. La frase suena bien y proyecta ambición de supervivencia, aunque en honor a la verdad habría que ponerle algún que otro reparo. No creo que resistir sea sinónimo de éxito sino una mera exigencia, un peaje, un trámite obligatorio cuando uno aspira a ganar –a veces sin suerte– alguna batalla, por pequeña que esta sea.

A eso me he visto obligado durante gran parte de mi vida, a resistir. Y lo digo con sufrido orgullo, porque tratar de imponerse a los contratiempos es un acto de reafirmación personal al que muchas veces renunciamos por pereza o por cobardía. “Yo resisto”: primera persona del singular del presente de indicativo del verbo “resistir”. “Yo resisto”: primera obligación de cualquier persona que esté dispuesta a seguir siéndolo.

Pero si en mi caso resistir ha sido un gesto voluntarioso con el que encarar mi futuro, un acto de madurez y de asimilación de ciertas reglas escritas por otros, en el caso de Francisco esa resistencia se ha convertido no en un modo de vida (“Maneras de vivir”, cantaba Leño cuando yo me moceaba) sino en la propia vida.

Recapitular sobre las dificultades de la llegada de Francisco al mundo sería redundante: ya he escrito al respecto en este diario. No es cuestión de celebrar la fuerza que ha demostrado en sus primeros meses de existencia sino la que está demostrando en estos momentos, cuarenta y ocho horas después de su operación a corazón abierto, mientras sobrevive sedado y asistido por una máquina de respiración. Su cuerpecito, que apenas cubre una pequeña parte de su cama de hospital, las manos atadas para evitar que pueda hacerse daño y el resto del cuerpo aguijoneado aquí y allá por vías endovenosas, drenajes y catéteres, conforma una estampa del acto de resistir tan dura (para mí insoportable) como digna.

Me preguntan familiares y amigos cómo se encuentra el niño y no sé qué responderles. Su evolución es lenta, muy lenta, tanto que –puede que por distorsión emocional paternal– ni siquiera la aprecio. Los doctores nos recuerdan que las personas con síndrome de Down (sobre todo cuando se trata de bebés que no alcanzan los seis kilos) se recuperan más lentamente tras pasar por operaciones de este tipo. Y a partir de ese punto los médicos se limitan a aportar datos técnicos: cuentan si le han inyectado sangre o si le han administrado lo que ellos prosaicamente llaman “drogas”, si orina poco o nada, si respira bien o mal. Si les preguntamos si el niño evoluciona correctamente, si va a salir de esta, ni afirman ni niegan. (Demasiadas oraciones condicionales, responden con la mirada). En resumen: asumiendo que la información nos llega a cuentagotas, las predicciones en cambio son inexistentes.

Así pues, ¿quién soy yo para añadir palabras profanas a ese cuasi silencio médico?

Dejémoslo en que Francisco resiste, que no es poca cosa. Resiste porque lo lleva en la sangre, porque forma parte de su ADN, porque nació resistiendo. Resiste por sus santos cojones o porque es un gladiador al que le gusta la batalla. Resiste, en fin, porque es testarudo y se ha empeñado en demostrar, en sintonía con Cela y en confrontación con el escepticismo de su padre, que quien resiste gana.

Francisco Rodríguez Criado

EL DIARIO DOWN

 

 

 

narrativa_newsletterp

Artículos relacionados