El Diario Down: Supervivencia emocional

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El Diario Down, síndrome de Down
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El Diario Down: Supervivencia emocional

En un gesto de supervivencia emocional, me propuse sufrir lo menos posible en la operación y durante el post-operatorio de Francisco. Y eso he hecho. No veía nada positivo en magnificar el dolor, en pasearme clavado a una cruz por el Gólgota de la paternidad. (Llorar abrazado a las farolas es de melifluos). Una intervención a corazón abierto no es nada agradable, pero flagelarse tampoco soluciona nada, sobre todo cuando –como es mi caso– se tiene mucha confianza en los médicos.

Así que le di la espalda al sufrimiento por anticipación y traté de vivir  a cuerpo de rey en esa vivienda de protección oficial que es la aséptica cotidianidad. Leer, corregir manuscritos, pasear a los perros, escuchar música, proseguir la redacción de este diario… Eso hice…  hasta ayer, el peor día de Francisco desde que salió del quirófano. Su lenta pero favorable evolución se truncó durante veinticuatro horas. Parece ser que se le encharcaron un poco los bronquios. El bebé tenía serios problemas para respirar por culpa de los mocos, fuertemente agarrados a su pecho. Así que los doctores le prescribieron antibióticos y de paso le aplicaron oxígeno para abrir sus alvéolos pulmonares. Los efectos secundarios no tardaron mucho en hacerse notar: la tripita del niño se hinchó mucho y no paró de llorar durante horas por culpa de los gases. Un cólico no es nada serio, y menos cuando el niño se encuentra  en una de las mejores unidades de cuidados intensivos del país, pero me resultó muy doloroso verlo en esa cama de hospital, tan consciente, tan apesadumbrado, invasivamente cableado como mi viejo PC. En los días previos el niño estaba sedado, y eso ayudaba (a mí, al menos) a sobrellevar su lenta recuperación, porque si él no era consciente de su sufrimiento, yo tampoco. Para frenar su llanto, me arrimé a él y traté de darle ánimos, de hacerle reír, como tantas veces sucedía antes de la intervención. No hubo suerte: Francisco tenía el rostro congestionado por las molestias y no atendía a las  zalamerías de su ridículo padre.

En fin, ayer confirmé que los mecanismos de autodefensa funcionan solo hasta cierto punto. Aferrado a un positivismo de andar por casa, me había sugestionado para pensar que la operación de Francisco no era una problema sino una solución, pero el ánimo de los padres, como le ocurre a los propios pacientes, sufren recaídas.

Y así están las cosas: cuando Francisco ríe, yo río; cuando él llora, yo lloro; cuando sus bronquios se encharcan, yo me sueno los mocos; cuando él se constipa, yo estornudo.

Afortunadamente hoy se encuentra bastante mejor. Tanto, que los médicos nos han informado de que si prosigue su evolución positiva podrían subirlo el martes a la planta (que en estas circunstancias es lo más parecido a subir al cielo).

Si nada se tuerce, si los numerosos efectos secundarios de la operación (esos que “entran en el guión”, según los médicos y enfermeros) respetan al bebé, allí estaré el martes, a su lado, piel con piel, no solo como padre sino también –por extensión– como sufrido paciente.

Francisco Rodríguez Criado

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