El Diario Down: La normalidad

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El Diario Down, La normalidad, trisomía 21
Francisco junior y Francisco padre.

 

El Diario Down: La normalidad

Francisco Rodríguez Criado

 

Al doctor Juvenal Rey Lois y al equipo de cardiología y de la REA del hospital La Paz, Madrid

 

En el primer examen tras la intervención, el doctor nos ha dado –por así decirlo– el alta definitiva y su bendición. El niño está sano y radiante, ha determinado, “y ahora lo que toca es hacer vida normal. El niño y vosotros, que lo habéis pasado mal desde que nació”.

Cierto, tenemos que hacer vida normal, me digo, pero no puedo evitar pensar en ese buen hombre que ha fallecido este fin de semana en El Retiro cuando jugaba con sus hijos. El hombre, un militar de treinta y ocho años que había pasado por Bosnia y El Líbano, estaba haciendo vida normal con sus retoños un sábado cualquiera en un parque cualquiera, pero la rama podrida de un árbol decidió tomar excesivo protagonismo y cambiar el guión de la película, la suya y la de su familia.

En casa habíamos encarado la operación de Francisco con la mayor normalidad del mundo; prueba de ello es que ni siquiera me tomé la molestia de tomar actas en este diario de las sensaciones experimentadas durante las tres semanas que pasamos en el hospital. Habíamos decidido considerar la operación a corazón de nuestro bebé de cinco meses no como un problema sino como una solución, no como un drama sino como el capítulo anterior al final feliz. Así que cuando llegaba a casa acorchado tras pasar otra noche más en vela (una de cada dos) en una silla de habitación de hospital, intentaba hacer más que repasar, más vivir que simplemente contar.

Fue una buena decisión quitarle dramatismo a un asunto para el que veníamos preparándonos desde que Francisco cumplió una semana de vida. Para qué quejarnos de algo que tiene solución, apostamos con moral estoica.

Ahora estamos contentos y cansados, porque las pruebas médicas (audiométricas, cardiológicas, inmunológicas…), las consultas pediátricas y las necesarias evaluaciones del grado de discapacidad del bebé por las que hemos pasado en los diez últimos días nos han vuelto a robar la normalidad.

A la salida del hospital, hace un par de días, fuimos a tomar algo en una cafetería y vimos en el televisor una conocida serie de dibujos animados que yo no conozco en absoluto. Entonces me dio por imaginar lo que debe de ser tener un hijo normal. Un hijo que no ha pasado los primeros seis meses de vida visitando médicos (con todo mi respeto y agradecimiento, vaya por delante), un hijo con el que ver dibujos animados en la tele, al que llevar a la piscina o al que enseñar a montar en bicicleta. Un hijo, en fin, con el que jugar un sábado en El Retiro y con el que hacer vida normal si la podredumbre (de la rama de un árbol o del destino, si se prefiere) decide darnos un merecido descanso.

En ciertas circunstancias los padres vislumbran la normalidad como algo absolutamente anormal.

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