Relato de boxeo de Alexander Drake: Dentro del cuadrilátero

 

Ocho relatos de boxeo, Alexander Drake
Ocho relatos de boxeo, de Alexander Drake (Lupercalia, 2014).

 

DENTRO DEL CUADRILÁTERO


Alexander Drake 

Sonó la campana una vez más. Tucker estaba tan desorientado que echó a andar en dirección equivocada. El árbitro le cogió del brazo y le señaló la dirección correcta hacia su esquina. Se sentó en el taburete y abrió la boca esperando que le cayera un chorro de agua. Le pusieron la botella en los labios mientras otro de sus ayudantes trataba de detener la hemorragia de su ceja con la ayuda de los bastoncillos y la vaselina.

—Harry, ¿cómo estás? —preguntó su entrenador.

—Bien.

—¿Quieres que detengamos la pelea?

—Si lo haces te mato.

—¿Seguro que estás bien?

—Seguro.

—¿Cuántos dedos hay aquí?

Quítame la mano de la cara, maldita sea. Ya te he dicho que estoy bien.

—¿Sabes que anoche me follé a tu hermana?

—No seas capullo. Sabes que yo no tengo hermanas.

—Vale, estás bien.

—Ya te lo he dicho.

—Oye, Harry, ese tío te está haciendo polvo con la derecha. Tienes que vigilar eso, ¿vale? Cada vez que saca la mano te alcanza de pleno. Como te coja un par de veces más vas a tener problemas, ¿me oyes?

—No me digas. Creía que era yo el que estaba ahí dentro —respondió con ironía.

—Escucha, muévete hacia su izquierda para evitar su mano buena y mantente fuera de su alcance, ¿de acuerdo?

—¿Y cómo esperas que gane así el combate?

¿Ganar el combate? Ahora mismo lo único que quiero es que no te arranquen la cabeza.

Sonó la campana de nuevo. Comenzaba el décimo asalto. Los púgiles ocuparon el centro del ring. Harry se había llevado la peor parte pero seguía ahí, con la cara reventada y bailando torpemente sobre la punta de los pies. Su rival era un sádico. Peleaba por la simple razón de poder machacarle los sesos a otro hombre sin que pudieran condenarle por ello. De nuevo sacó los puños con furia. Harry intentó mantener la distancia pero le llegó una mano al rostro de forma limpia. Después intentó contraatacar pero no alcanzó su objetivo. Su contrincante volvió a embestir. Sacó 5 ó 6 golpes. Tucker intentó esquivarlos pero volvió a sentir un par de impactos terribles en la cabeza. Después de aquello quedó tocado. La sangre volvió a brotar por su rostro. Necesitaba un plan de ataque. El problema es que no sabía cuál. Probó entrando en la distancia corta. Metió un par de buenos puños pero se llevó cinco aún mejores. La proporción no parecía muy interesante. Después de aquello retrocedió y se mantuvo alejado esperando que corriera el tiempo. El público empezó a abuchearle.

—¡Tucker, estás acabado!

—¡Eres una vergüenza! ¡Cuelga los guantes de una maldita vez, vejestorio!

—¡Bájate del ring! ¡Eres un farsante!

Aquellos comentarios le hicieron mucho más daño que los miles de golpes que se había llevado a lo largo de toda su carrera.

Sonó la campana. Cada boxeador fue a su rincón. Bradley parecía bastante fresco. No tenía golpes importantes ni cortes y no daba la sensación de que estuviera cansado. Tucker por el contrario tenía la cara descompuesta y ensangrentada y respiraba con dificultad. Sus ayudantes intentaron detener de nuevo la hemorragia.

—Harry, déjalo, no puedes con él. Te va a matar. ¿Es que no lo ves? —le decía su entrenador.

—¿Quién venció a Larry Hayman, eh? ¿Y a Tony Brenzo? ¿Quién noqueó a Bruno Rivera en el tercer round?

—Por Dios, Harry; de eso hace más de diez años. Tú ya no eres el mismo. ¿Es que no te das cuenta? Paremos el combate mientras aún te mantienes en pie.

—¡No pararás el combate, ¿me oyes?! ¡Ni se te ocurra!

Volvió a sonar la campana. Harry salió confiado y tomó la iniciativa pero su adversario bloqueó todos los golpes. Después fue Tyrone Bradley quien dirigió un ataque fulminante a la cabeza de Tucker dejándole completamente descolocado. Harry mantenía el equilibrio por instinto pero era obvio que estaba medio grogui. Sacaba la izquierda de vez en cuando queriendo aparentar normalidad, pero aquellos golpes no tenían fuerza ni coordinación. Su oponente le tanteó un instante con algunos movimientos fugaces y cuando lo vio claro le lanzó con todas sus fuerzas un derechazo a la mandíbula que lo mandó directamente a la lona. El árbitro comenzó la cuenta pero Tucker ni se movía. Viendo el panorama el árbitro dejó de contar en el 2 y dio el combate por finalizado. Cuando levantaron a Harry le llevaron a su rincón y subió el médico. Le examinó con atención fijándose en sus pupilas y tomándole el pulso mientras le colocaban una mascarilla de oxígeno. Al mismo tiempo subían corriendo al ring algunos fotógrafos y una cámara de televisión. Aquello era buena carnaza para el público. Bradley se acercó allí para comprobar el estado de su rival. La escena le pareció tan lamentable que volvió a dar media vuelta y regresó sobre sus pasos. Después saludó al público y bajó del cuadrilátero camino del vestuario en compañía de su equipo mientras Tucker seguía allí arriba en mitad de todo aquel circo.

Alexander Drake, Ocho relatos de boxeo, Lupercalia, 2014, 39-42.

  • 14 x 21 cm.
  • Nº de páginas: 104
  • GÉNERO: Narrativa
  • Editorial: LUPERCALIA EDITORIAL
  • Lengua: ESPAÑOL
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • ISBN: 9788494163982
  • Año edición: 2014
  • Plaza de edición: LA ROMANA

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