Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “Sopa de pescado”, de Francisco Rodríguez Criado

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sopa de pescado, cuento
Músicos en una calle de Cuba.
Fuente de la imagen
 

 

Hace varios meses le pedí a Ángela Velasco Bello, a quien ya conocemos en NarrativaBreve.com por relatos como “La daga“, que nos recomendara un cuento para esta sección. Ángela respondió recomendando uno de mis relatos, “Sopa de pescado”. Su recomendación me halagó tanto como me sorprendió. Le pedí que me diera un margen de tiempo para pensar si era ético publicar el texto en una sección de un blog que yo mismo coordino. Dejé pues la recomendación en barbecho, y durante varios meses me olvidé del asunto. Ha sido esta semana cuando he decidido finalmente que debía publicarlo. No hacerlo implicaría vetarme, sí, pero sobre todo vetar la decisión de Ángela y, en última instancia, negar al lector del blog la posibilidad de leer la narración, si acaso tuviera interés en ello.

Sopa de pescado da título a su vez mi primer libro, publicado por la Editora Regional de Extremadura en 2001.

Podéis leer el cuento traducido al alemán por Rita Tapia Oregui.

 

 

Sopa de pescado (cuento)

De piel blanquecina y marchita, apenas le quedaban dos inviernos para los ochenta. Bajo las pestañas tenía dos ojos: uno suyo, el otro prestado. La barbilla, rugosa y cansada, le colgaba desesperadamente; el labio inferior, plano como una pista de aterrizaje, sobresalía notablemente –podría depositarse una moneda sobre él con la seguridad de que no se caería; los ojos, pequeños y brillantes, emanaban un grado de ternura para nada acorde con el resto de su anatomía; y sus manos, temblorosas, denotaban la eficacia del paso del tiempo.

Más que andar, se arrastraba; sus hombros, visiblemente cargados hacia adelante, delataban los días de fatigas en los campos de azúcar. Normalmente, se hacía acompañar de un bastón, cuyo uso trataba de empequeñecer. “Me hace más señor”, decía.

Los avatares de la vida los esperaba embutido en unos pantalones de pana de color trigueño, a juego con el chaleco, que no se quitaba nunca salvo los domingos, en los que se vestía completamente de blanco, zapatos y sombrero de paja incluidos. Ese día también se ponía el reloj en la muñeca.

Un hombre de costumbres: se vanagloriaba de no haber pasado un solo domingo de su vida sin su sopa de pescado. No podía faltarle. “Antes prendo fuego a este maldito pueblo”, aseguraba.

Sus rasgos físicos y su fuerte temperamento, le habían convertido en el hombre más conocido del lugar. También de eso se jactaba, de no pasar nunca desapercibido: “Soy más famoso que el mismísimo Castro”.

Aquella mañana dejó que su silueta desganada se deslizase por la calle principal, aún sin asfaltar pese a las promesas de los políticos.

Allí estaban los chicos, sentados a la puerta del mesón, aprovechando que las lluvias de verano se habían tomado un descanso.

Nicolás fue el primero en reconocerle.

–Ahí viene el abuelo –dijo–. Y viene cargado.

Su amigo Ernesto, ante el aviso, le miró condescendientemente mientras se llevaba la botella a la boca. La pregunta “¿Crees que le dará de comer?” serpenteó por su garganta, recién anegada de cerveza, lentamente, casi con apatía.

–Por mi santa madre que hoy no habrá sopa –respondió categórico el otro.

El león, acomodado en la empuñadura del bastón, se les acercaba cada vez más; la otra mano iba cargada con una botella de gasolina.

–¡Don Augusto! –le gritó– ¿Dónde va usted?

En el ojo más pequeño de don Augusto se advirtió cierta animosidad. Se giró hacia ellos y les dijo con una voz estentórea que retumbó en toda la calle como un trueno ominoso:

–Ya veo que seguís holgazaneando.

–No se apure usted, amigo, que hoy es domingo.

–Para vosotros siempre es domingo –se había echado a andar nuevamente cuando se detuvo para añadir con gravedad–: Y yo no tengo amigos.

En el semblante de los dos jóvenes apareció una sonrisa jocosa.

–¿Por qué no se toma un vinito con nosotros?

–No puedo, es la hora de la comida.

–Pues su casa está en la otra dirección –fue Nicolás quien le lanzó el dardo.

–Hoy como fuera de casa, como los ricos… si es que hay ricos en este país de mierda –rumió don Augusto, mirándole fijamente a los ojos. Aquello había sonado a reto.

Hizo un leve saludo con su sombrero blanco de paja y se echó a andar de nuevo.

–¿Tú que crees? –preguntó Ernesto.

–Hoy no habrá sopa –se ratificó Nicolás, y le dio un fuerte trago a su bebida–. Tan seguro como que vivo en la república más grande del Caribe.

El otro le copió el gesto y a continuación entraron en el local a pedir otra ronda.

En la puerta, Nicolás se giró para divisar por última vez al abuelo. Pensó: “Un tipo duro, no te jode”.

Hacía calor y tendría que pasar al menos media hora hasta que llegase a la casa.

Se unió a él don Esteban, que iba en su misma dirección.

–¿Cómo va la cosa? –indagó. Su caminar era todavía más fatigado que el de su compañero. Eran como dos hormiguitas obreras peregrinando por una vereda en el campo.

–Hoy hace cuatro días –respondió don Augusto, desabrido.

–¿Vas a pedirle perdón?

–¡¿Pedirle perdón?! ¡Por todos los santos! Como que me llamo Augusto Pacheco García que no voy pedirle perdón. Un Pacheco nunca pide perdón.

–¿Qué me dices tú de los Pachecos, viejo testarudo? –le reprendió don Esteban, con todo el coraje que había ahorrado durante sus ochenta y tres años de vida.

–…Y ella una desagradecida –reflexionó don Augusto en voz alta–. Eso me pasa por casarme con una negra.

–¿Y qué hay de tu hijo?

–Yo no tengo hijos.

–¿Entonces?

–¡Entonces nada! –refunfuñó–. ¿A qué vienen tantas preguntas? ¿Tengo yo pinta de que me gusten tantas preguntas? –Tras un silencio murmuró en voz baja, casi imperceptible–: Voy por mi sopa de pescado…

Don Esteban, hombre cabal como pocos, le advirtió:

–Te vas a morir solo, ya verás.

–Como todos; nos vamos de este mundo como vinimos: solos. Y no me des más la monserga, que no tengo quince años.

–¡Quince años, quince años, maldito testarudo…! –rezongaba don Esteban mientras se hacía a un lado para entrar en su casa.

 Ni siquiera se dijeron adiós.

“¡Viejos! –se dijo don Augusto–. ¿Es que no puede uno dar un maldito paseo sin que se le arrime un viejo entrometido?”.

Se le olvidaba que había intimado estrechamente con aquel “viejo” desde la infancia. No en vano, era su hermano.

Y la Negra, como él la llamaba, era su mujer, que faltaba del hogar desde hacía cuatro días. Extraño que no lo hubiera hecho antes; tiempo hubo: llevaban ennoviados desde los catorce y casados desde los diecisiete. Solo habían tenido un hijo: Matías, con quien él no se hablaba desde hacía once años. “¿Para qué quiero hablar con un castrista… y, además, mulato?”.

Allí era donde se dirigía ahora, a casa de Matías.

La Negra, cansada de su indiferencia, de su mal carácter, de soportar sus pullas, de no saber dónde se metía las noches en que no volvía a casa, bien porque hubiese bebido o porque no le apeteciese dar señales de vida (“quién sabe dónde estará, el muy desgraciao…”), había rescatado ese orgullo de lo más profundo de su alma para tomar aquella decisión; un orgullo que parecía haberle faltado durante tantos y tantos años de sumisión y resignada fidelidad. “Hasta los negros tenemos sentimientos”, dijo cuando abandonaba la casa, cargada con una desvencijada maleta de piel en la que había guardado toda su ropa y la única fotografía que conservaba de su difunta madre.

Don Augusto no se inmutó ante aquella inesperada marcha: se dejó caer en el sillón de mimbre que tenía en el balcón y fumó lentamente de su pipa mientras observaba el bullicio de la calle. Ni siquiera supo determinar cuál había sido la gota de agua que hizo rebosar el vaso.

–Si me hubiera dado cuenta en su momento de que era negra, no me hubiese casado con ella –se justificó para sí.

Ahora no le quedaban más que doscientos metros y ya tenía hambre.

Acababa de responder al saludo de Felipe Ruedas Contreras, quien, desde su cantina, le había dicho en voz alta: “¡Don Augusto, y ahora qué…! Los rusos se están yendo al carajo”.

–Cuéntaselo a nuestros gobernantes –le contestó, sin detenerse–. Nos van a embargar hasta los mocos –añadió en un hilo de voz que carecía de la más mínima emotividad.

Cuando llegó a la casa, ya eran las dos de la tarde.

Sin pensárselo dos veces, golpeó enérgicamente la puerta con los nudillos.

Una sombra se asomó a la ventana desde el interior, y se escuchó una voz severa que decía: “¡No le abras la puerta, que esto no es un hostal!”.

–¡Pues como no abráis, esto no va a ser ni un hostal ni va a ser nada! –gritó él. En su mano izquierda empuñaba fuertemente la botella de gasolina.

–¡Doña Clara, que creo que quiere quemarnos la casa!

–¡Ese malandre no prende ni un cigarro!

Cuando se disponía a destapar la botella, se abrió la puerta. Una hermosa mujer apareció en el umbral, saludando a la tarde con su lozanía.

Desde dentro, la misma voz de antes advertía: “No le des bola al pájaro de mal agüero, y que se vaya ya”.

–¿Y tú quién eres? –preguntó don Augusto con crudeza. Tenía madera de comisario de policía.

–Soy la Celia, la mujer de su nieto.

–Ah.

“No te dejes engañar por ese villano”. Era la voz, aún dando coletazos.

–¡Tú, cállate, bruja, que eres una bruja! –la acusó su marido, aún ante la puerta, a la espera de que le permitiesen la entrada.

–Usted dirá –habló Celia. Debajo de su gesto circunspecto se ocultaba una sonrisa dulce. Su rostro, agazapado bajo aquellos bucles morenos y espesos, era angelical.

–Hoy es domingo –dijo don Augusto.

–¿Y?

–Los domingos siempre hace mucha hambre…

Ella dudaba qué postura tomar.

–Acompáñeme, que voy a la cantina a comprar un litro de vino –resolvió por fin.

Al abuelo no le gustaba aquello, pero tampoco supo negarse.

“¡A la cantina!… Eso, tú dale queso al ratón…”.

–Pero deje ahí la botella, que el vino y la gasolina no hacen buenas migas.

Sin demasiado convencimiento, la dejó en el suelo, frente a la puerta.

Caminaban sin apenas mirarse.

Entonces dio el primer paso.

–¿Qué dice La Negra?

–Que es usted un villano.

–Eso ya lo he oído.

–Que ya no le aguanta. Y que no quiere verle en la vida.

–Maldita loca: después de medio siglo se pone a mirarle la dentadura al caballo.

Ella casi sonrió.

Cuando llegaron a la cantina, don Augusto no quiso entrar. “No, me quedo fuera, que este me malea”, dijo refiriéndose a Felipe Ruedas.

Ella entró y compró el litro de vino.

Don Felipe salió y dijo son sorna:

–¡Vaya una buena moza que se ha echado hoy…!

El abuelo la miró con caballerosidad y no tardó en responder a la alusión:

–¿Qué pasa… acaso has visto a algún Pacheco casarse con una mujer que no fuese hermosa? Menuda vista tenemos para eso –añadió–. Hasta yo, que tengo un ojo de cristal.

El cantinero se rio a carcajadas. “Es genial”, dijo en voz alta y entró de nuevo en la cantina, a dispensar más vino a los clientes.

Celia sonrió como solo sonríen las mujeres guapas.

–Haré lo que pueda –dijo. Sus ojos brillaban con intensidad.

–¿Para qué?

–Para que la señora le deje entrar.

“La señora” era La Negra.

–¿Qué hay de comer hoy?

–Sopa de pescado.

Por primera vez en años, don Augusto sonrió. Aquello le pareció un gesto de fidelidad a tantos años de matrimonio.

–Gracias –dijo tímidamente, casi avergonzado.

–No se merecen: es la primera vez que hablo con usted, pero ya le quiero un poco –sonrió una vez más.

–La juventud es lo único que puede salvar a este país de tercermundistas.

–Y a su señora también la quiero; a ella más.

La miró fijamente, pero no la veía: su pensamiento cabalgaba en el tiempo.

–De joven era como tú: no había ninguna mujer tan guapa como ella. ¡Y cómo cocinaba! –utilizar ese verbo en pasado le heló la sangre–. Una gran mujer –añadió en un susurro apenas perceptible.

–Y entonces… ¿por qué no la trata como se merece?

Don Augusto se detuvo durante un segundo, se irguió todo lo que pudo y, mirándola a los ojos, le dijo con rotundidad: “Si ha vivido todos estos años conmigo, no se merece demasiado”.

Se echaron a andar; ahora fue ella quien se detuvo.

–La señora dice que usted también era muy buen mozo de joven.

–¡Qué sabrá ella cómo era yo! –exclamó refunfuñado–. Su memoria no da para tanto.

–¿Me deja que le dé un beso? –le preguntó mientras un ligero rayo de sol iluminaba aún más sus ojos de gata.

Él se echó para atrás, sobresaltado, como sacudido por una corriente eléctrica.

–¿Un beso? –Trató que su voz sonase más grave que nunca; no lo consiguió.

–Sí, un beso. ¿Tiene usted miedo?

–¿Miedo, yo? –Su rostro se contrajo.

–Así lo parece –dijo ella con picardía.

El abuelo miró a todos lados, no venía nadie, y entonces cerró los ojos. Celia, que olía a rosas frescas, se acercó y le besó en una mejilla. Él miró nuevamente a todos lados, nervioso, ahora con su rostro encendido.

A lo lejos, una niña corría hacia ellos. No tendría más de seis años y vestía una faldita blanca y una camisa rosa de algodón.

–¡Mamá!

Don Augusto se puso aún más nervioso, aún no estaba preparado para aquello.

Cuando la niña llegó y vio el rostro del abuelo, se aferró inquieta a la mano de su madre y preguntó:

–Mamá, ¿y este quién es?

–Este señor es el abuelo, el papá de papá –respondió su madre, y la cogió entre sus brazos.

Y entonces la niña, al verlo ahora tan de cerca, sintió la necesidad de saber más:

–¿Y por qué tiene un ojo marrón?

La madre, que no pudo reprimirse, estalló en una carcajada. La pregunta tenía su gracia: en vez de preguntar por el ojo de cristal, que era azul celeste, lo había hecho por el de nacimiento.

Y por segunda vez en ese mismo día, sin que sirviese de precedente, don Augusto sonrió.

Metió la mano derecha en el bolsillo de su chaqueta.

–¿Te gustan los caramelos?

La niña miró a la madre, buscando su aprobación. Cuando ella asintió, cogió la golosina con la ilusión propia de un niño.

–Son de café –dijo él–. Es lo único que tenemos en este maldito país: azúcar y café… Y ancianos –añadió.

–Gracias –la madre habló por la niña, que ahora se debatía con el envoltorio del caramelo–. Ve y dile a la abuelita que ponga otro cubierto. Hoy somos uno más a la mesa –la pequeña miró a su madre con ojos mimosos.

“¡Aquí no entra ese bribón!”.

Era la voz, en el umbral de la puerta, provocadora, con los brazos en jarras y un delantal blanco a la cintura.

Aquella mujer no perdería su frescura y belleza aunque viviese otros cien años. Y eso fue precisamente lo que más le molestó a su marido en aquel mismo instante.

–Antes no era tan brava –pensó este en voz alta.

Y ella, que le había oído, respondió: “Son ya demasiadas corridas”.

Entonces Celia se agachó y le susurró algo al oído a su hija.

La niña corrió hasta la abuela y le transmitió ese mensaje, también al oído. Y esta, molesta pero resignada, se dio la vuelta y entró en la casa, perseguida por un torbellino de malhumor, dejando la puerta abierta.

–¿Vamos? La primera batalla está ganada –dijo Celia.

–Lo que no consiga una mujer bonita… –reconoció él. Pero no sintió la curiosidad de saber con qué argucias la había convencido.

Ella entró primero; después él.

El ambiente estaba cargado, y no de humo precisamente. Las paredes, desnudas, húmedas, tristes, eran fiel reflejo de que si algo no sobraba en aquella vivienda era el dinero.

A la mesa, ya comiendo, estaban su hijo Matías, viudo desde hacía unos años, el hijo de este, Andrés, su esposa Celia y una vecina que se unía a ellos de vez en cuando. La niña pequeña se había tumbado en el suelo a jugar con una muñeca de cabellos dorados.

Don Augusto se sentó sin mirar a nadie, mientras aquella “gran mujer” le ponía sus cubiertos sobre la mesa. “Quítate el sombrero para comer”, le ordenó. La abuela, ahora, era todo un carácter. Él obedeció sin rechistar.

Entonces ella se sentó y todos siguieron a lo suyo, hablando de temas cotidianos que don Augusto ni siquiera se molestaba en escuchar, absorto en la tarea de llevarse la cuchara a la boca. Para eso estaba allí, para comer: lo demás era perder el tiempo.

La vecina era una mujer mayor que nunca hablaba, se limitaba a sonreír a los demás. Sonreía siempre: unos decían que era como una contracción en su rostro, algún defecto genético, “vete tú a saber”; otros, que era muda; pero nadie estaba seguro de ello.

Celia le sirvió una copa de vino; se la llevó a la boca, pero apenas mojó los labios.

–Abuelo, ¿qué le parece la niña? Ya está aprendiendo a leer y a escribir –quien habló fue Andrés, el más simpático y dicharachero de la familia. El único, cómo no, que podría atreverse a dedicarle ese trato de deferencia en un clima tan hostil. Su padre, Matías, le miró inquisitivamente. Si algo no le apetecía era que animasen a su tozudo padre a opinar.

–Es una Pacheco –dijo este sin levantar la mirada del plato, echándose otra cucharada al estómago.

–¿Sabe usted que tenemos otro?

–¿Otro qué?

–Un bebé. De once meses.

–¿Un bebé…?

–No le hables de niños a tu abuelo: a él no le gustan –soltó La Negra.

Don Augusto levantó la mirada hacia su nieto y le preguntó:

–¿Cómo se llama?

–Rosita.

–Entonces quiero verla: los niños no me gustan, pero las niñas sí. ¿Dónde está? –se puso en pie urgentemente y se quitó la servilleta del cuello de la camisa.

–Le acompaño, compadre, está en la habitación pequeña.

Celia sonrió y se levantó; también quería estar presente.

Anduvieron por el pasillo hasta la habitación.

En ese mismo instante Matías le preguntaba a su madre: “¿Por qué demonios ha venido… es que no sabe que no es bien recibido aquí?”. Esta le miró desabrida, como insinuando: “No sé por qué ha venido, no lo sé…”.

En la habitación, en una cuna diminuta, dormía la niña. Don Augusto se acercó a ella y cogió su manita con delicadeza, temeroso de rompérsela.

La otra niña, asomándose para no ser menos, le dijo al abuelo: “Es mi hermanita, llora mucho por las noches”.

Sus padres estaban orgullosos. De las dos. Dos Pachecos de pura cepa.

–¿Y esta, compadre, también es una Pacheco?

Acarició sus mejillas de algodón con el dorso de su mano y respondió: “Esta, más que cualquiera de los que estamos aquí”.

Andrés estiró su columna vertebral, como agradeciendo el comentario.

Su abuelo añadió: “Ahora es vuestro deber educar a las dos como se debe, no vaya a ser que alguna os salga comunista, como el viejo”, añadió refiriéndose a su propio hijo, aún a la mesa, con cara de poco amigos.

–No se sulfure usted con la política, que tomos somos iguales.

–Sí, todos somos iguales, pero unos más que otros.

Cuando regresaron al comedor, el bebé seguía dormido. Su hermanita se echó en el suelo nuevamente para jugar con la muñeca.

Don Augusto, algo más relajado, levantaba ya la cabeza del plato. Cuando le vio el fondo al plato, pidió más sopa.

Su mujer, ahora menos brava, le miró de soslayo, se levantó de la silla, cogió el plato de su marido y se lo llevó a la cocina, sirvió en él otras dos cucharadas grandes y lo puso de nuevo en la mesa.

–Aprovecha, no vaya a ser que sea el último antes de que te mueras.

Celia y Andrés se transmitieron con la mirada: “Hay que ver cómo se las gastan”.

Tomaron segundo plato y fruta de postre.

–¿Más vino? –preguntó Celia.

–No, que luego no encuentro el camino a casa.

La Negra se tomó aquello como un comentario malintencionado, pero prefirió mantenerse callada, para no remover más las cenizas.

Matías tampoco hablaba: de sus labios no había salido una sola palabra desde que el sombrero de su padre asomó por la puerta.

Entonces el bebé empezó a llorar.

–La cuarta generación de los Pacheco también tiene hambre –dijo don Augusto, y añadió–: normal, hoy es domingo.

–¿Acaso solo comemos los domingos o qué? –bramó La Negra.

–No, pero los domingos hace más hambre.

Hubo otro silencio. Rosita, atendida por su madre, ya no lloraba.

A pesar de no ser un hombre de conversación, se animó a decir algo:

–En casa hay un gato nuevo, lo vi ayer; es pequeño, lo encontré en las escaleras.

Parecía que su comentario iba a caer en un saco roto. Pero entonces la niña, cogiendo a la muñeca del pelo, se giró y preguntó intrigada:

–¿Y de qué color es?

–Blanco, como tu falda.

La vecina miraba hacia todos los lados y sonreía.

–¿Un cafecito? –preguntó Celia.

–No, me voy –estiró en ese momento el cuello–, tengo que regar las plantas.

Aquello cogió de sorpresa a La Negra: él nunca tuvo sensibilidad para “esas mariconadas”.

Y, ya de pie, añadió: “Si no las riego se me mueren”.

Su mujer, a pesar de que no quería entablar el menor diálogo con él, no pudo resistirse a preguntar, justo cuando él estaba en la puerta, ya con la botella de gasolina en una mano y el bastón en la otra:

–¿Has regado las que hay en el patio?

–Las he regado todas. La grande de la entrada, también.

–¿La grande de la entrada?

–¡Sí, la grande de la entrada! ¿Es que te has vuelto sorda de repente?

–¡Pero si esa es de plástico!

Don Augusto sintió en ese momento que todos estaban pendientes de él, casi incrédulos.

–Pues es la que más me gusta –dijo, convencido de ello. Se puso el sombrero y, sin despedirse, salió a la calle.

Desde allí pudo escuchar una estridente carcajada que provenía del interior de la casa. Todos se reían; Matías, el que más: por primera vez en once años se reía como se ríe un hijo.

No le importó al viejo. ¿Qué entenderían ellos de plantas?

Lavaban los platos, calladas. La más joven preguntó:

–Madre, ¿qué le pasa? La veo triste.

Ella tenía la mirada perdida en la calle, se estaba nublando el día.

Quizá no había escuchado la pregunta. Pero, después de unos instantes, regresó de su ausencia:

–¿Crees que le habrá gustado la sopa? Hoy no ha dicho nada al respecto.

–¡Madre, se ha comido dos platos! –le recordó Celia. Se arrimó a ella y le dio un beso tierno en la frente. Los ojos de La Negra escupieron una tímida lágrima.

Volvieron a sumirse en un silencio y continuaron con su tarea.

En el rostro de la vecina, que de pasada había oído la conversación, no asomaba ninguna sonrisa esta vez.

Un viento caracoleado le volteó el sombrero. Miró al cielo y pensó que no tardaría mucho en llover.

De regreso, se topó de nuevo con Felipe, ahora sentado en una silla, en la terraza de la cantina. Ante el saludo con la mano de este, don Augusto decidió hacerle compañía. Se sentó en la otra silla. La hija de Felipe salió a atenderle. Le pidió un vaso de vino.

Don Augusto advirtió: “No quiero saber nada de política hoy, ¿vale? Por culpa de la política no podemos ser todos iguales”. El otro asintió con la cabeza, no había problema.

–Va a llover.

–Sí que va a llover. Y mucho.

–¿Para casa…?

–Sí, me doy un paseo y me entro en la casa, que no tengo ya edad para estar en la calle –dijo don Augusto; y luego preguntó–: ¿Y la mujer?

–La mujer, en la casa.

–Es bueno tener una mujer.

–Sí, es bueno tener una mujer… Va a llover –repitió.

–Sí que va a llover. Y mucho.

La chica de Felipe le trajo el vaso de vino y se marchó para dentro de nuevo.

–¿Cuántos años tiene?

–Quince –respondió su padre.

–¿¡Quince años!? ¿Y la haces trabajar en domingo? ¡Tendrían que meter en la cárcel a los canallas como tú!

–La vida es dura, don Augusto…

–Dímelo a mí.

Don Augusto pegó otro trago. Estaba demasiado callado, algo le rondaba en la cabeza.

–¿Y en este pueblo… venden flores? –preguntó.

–Sí.

–¿Y chupetes?

–Pues claro. Hay que ir hasta el final de la calle, a la derecha, donde están los colmados.

–Ah.

Se colocó el sombrero y vació en su estómago el vino que quedaba en el vaso.

Se puso en pie y se despidió.

–Me voy para casa, antes de que llueva.

–Hace bien, usted que puede; a mí aún me queda toda una jornada de trabajo. Hoy sí que va a llover –miró al cielo en ese momento.

–Y mucho.

Cuando iba a sacar una moneda del bolsillo de la chaqueta, dijo el otro: “Tranquilo, viejo, hoy invita la casa”.

No obstante, dejó la moneda sobre la mesa.

–Pues entonces para la chica. Y yo no soy ningún viejo.

El padre de la chica, acomodado en su silla, se despidió de él con una sonrisa.

Don Augusto bajó las cuatro o cinco escaleras y continuó su camino.

Más adelante, en el otro mesón de la calle, alguien dijo:

–¡Ahí viene otra vez el abuelo!

Y todos se asomaron a la puerta, a verle pasar.

Cuando llegó hasta la altura de los chicos, se detuvo un instante, miró al cielo con gesto cansado y se desperezó ostentosamente.

–Ahora qué, ¿hace ese vinito?

Entonces se giró hacia ellos e hizo como que no les había visto. Ahora eran más, pero la sonrisa jocosa era la misma.

–No puedo, me voy a descabezar una siesta: tengo que hacer la digestión –se acarició el estómago con ambas manos, como si estuviese hinchado por culpa de una buena comilona, y se echó a andar.

Nicolás se enfrentó con los muchachos, que se estaban riendo.

–¿Y qué quieres? –le dijo uno–. ¿No has oído lo que ha dicho? “Tengo que hacer la digestión”. Seguro que lleva cuatro días sin probar bocado.

–¡Si ha dicho que ha comido, es que ha comido!, ¿vale? El abuelo es un hombre de palabra –dijo muy serio, casi provocándoles–. Si no fuese así –añadió– ya no llevaría a cuestas la botella de gasolina.

–Vale, vale –admitió uno de ellos, conciliador– no te pongas así.

Nicolás, dándose por satisfecho, los dejó en la puerta y se fue para dentro.

Don Augusto miró su viejo reloj de los domingos, quería saber la hora; no pudo: hacía años que no funcionaba. “Antes que me muera, me compro otro”, se dijo.

No quería detenerse, aunque estaba cansado, deseoso de acabar con aquella caminata tan larga.

Pero parecía que aquel día no le dejarían en paz. El Flaco, que tenía de todo menos de flaco, le abordó.

–Este mes no le doy nada. La mujer se me puso enferma, y no hay dinero en casa.

El pago era por un asunto de un borrico. Se lo había vendido hacía ya más de cuatro años, pero el Flaco nunca había sido buen pagador.

–Tu mujer la única enfermedad que tiene eres tú. A disgustos la matas un día de éstos…

–El mes que viene yo le pago.

–Lo llevas diciendo desde hace años. Eso me pasa a mí, por venderle un borrico a otro borrico –don Augusto ni le miró ni se detuvo. Tampoco pasaba nada si no le pagaba jamás. No es que le perdiera los vientos por el Flaco, pero al menos se dirigía a él sin tratarlo de “viejo” o de “amigo”, algo que era de agradecer.

Éste se hizo a un lado y pensó, ofendido: “Pues si no se quiere creer que le pago el mes que viene, que no se lo crea”.

El abuelo dio por finalizado aquello:

–Dale saludos de mi parte a la buena de tu mujer. Y que Dios le dé fuerzas para soportarte, que falta le hace.

Y el Flaco se quedó allí, en medio de la calle, pensativo, rascándose la cabeza.

La visión de su casa, por fin, fue como un oasis en el desierto.

Sin resuello, se dio un descanso de unos segundos antes de sacar la oxidada llave del bolsillo de su pantalón. Una vez se hubo recuperado un poco, la metió en el ojo de la cerradura, también oxidada.

La puerta se abrió con un chirrido agudo.

Entró y se quedó clavado, mirando la planta grande de la entrada. Así estuvo durante unos segundos, pensativo. Luego vino con una botella llena de agua y la regó. “A mí me van a enseñar éstos de plantas…”. Y eso mismo hizo con todas las de la casa, incluidas las que estaban en el balcón.

Cuando acabó, se fue al refrigerador y se sirvió un vaso de agua fría. Se sentó en una silla y se lo bebió. Luego se sirvió otro.

Entonces echó en falta algo, y empezó a recorrer toda la casa. “Bartolo, Bartolo…”.

Agazapado en una esquina, lo encontró. Parecía adormitado. Lo cogió en brazos, le acarició el lomo y se lo llevó al balcón para sentarse en su sillón preferido, donde pasaba las horas muertas. “Bartolo, eres el peor gato que he visto en la vida. ¿Es que no me has escuchado? Te estaba buscando”. Bartolo era una hembra, aunque el abuelo no se hubiese percatado de ello. Le miró con sus ojos diminutos, que no parecían agradecer en lo más mínimo las atenciones de su amo.

–¿Sabes, Bartolo?, he estado allí –le dijo a la gata, que se había vuelto a dormir–. Y he comido la sopa. ¡Ja, qué se creerían ésos; a mí no me conocen; si no, les quemo la casa! Ahora tienen una niña nueva, ¡toda una Pacheco, te lo aseguro, de pies a cabeza, con unas manitas que son como de porcelana y unas mejillas rosadas que no parecen de verdad…! Allí estaba el mamón de mi hijo –había cambiado el tono de voz–, el comunista ése… –y siguió relatando a su nuevo amigo todos los acontecimientos de la jornada.

Después de recrearse una y otra vez en sus hazañas de machito, sintió sueño. Dejó el gato en el suelo, que corrió hacia algún lugar escondido de la casa donde no le molestase nadie, y se fue a su cama, no sin antes darse una vuelta por toda la casa, buscando quién sabe qué.

Pero cuando se estiró en ella, se dio cuenta de que no podía dormir. “Ni para dormir tengo fuerzas ya”. Lo consiguió al cabo de varias horas, cuando el sol empezaba a ocultarse. Se había abrazado a la almohada tras darle un beso y convencerse a sí mismo de estar acompañado.

Una hora más tarde, algo le despertó.

Sus manos temblaban: los cuatro días se le habían hecho más largos que el resto de su vida anterior.

La puerta chirrió. “Habría que engrasarla”, pensó.

Sintió vergüenza de sí misma. Qué hacía allí, no lo sabía. Quizá sólo había ido para cerrar las ventanas: iba a llover, de eso estaba segura, y si alguna ventana quedaba abierta, la tempestad podía mojar los viejos muebles; tal vez sólo quería ver al gato nuevo, o coger ropa limpia, o simplemente comprobar que todo estuviese tan ordenado como ella lo había dejado; pero, aunque no quisiese reconocerlo, lo más seguro es que estuviese allí, cansada, confusa, temerosa, para demostrarse una vez más que “hasta los negros tenemos sentimientos”.

Y entonces, ese miedo, aquella vergüenza, brotó de su alma como nunca, cuando el viejo refunfuñón bajó y le dijo, con una voz tan grave como siempre, pero casi con afecto:

–Sabía que eras tú: el olor de un negro lo distingo a la legua.

Entonces ella dijo que venía por algo de ropa.

Antes, bebió un vaso de agua y se sentó en la silla de la cocina: también ella estaba sedienta.

Cuando hubo recogido la ropa interior que le quedaba allí y se disponía a salir de nuevo por la puerta, escuchó una voz, ahora más estentórea que nunca, que le decía:

–Son de porcelana…

Y ella se giró y dijo:

–¿Qué?

–Que son de porcelana… sus manos… Diminutas. Cuando las tocas parecen que se van a romper…

Ella no dijo nada.

Hizo otro intento de salir, cuando de nuevo sonó la voz:

–Va a llover. Y mucho –tras un silencio de unos segundos, añadió–: mejor que te quedes. Una vieja no puede caminar así como así, bajo la lluvia, como si tuviera veinte años… por muy guapa que sea. Y, además, podrías acompañarme mañana: quiero comprar un chupete.

Y cuando ella asintió con la cabeza, y subió con él hasta el dormitorio, y se quitó la ropa, y se puso el camisón, y rezó en silencio, y se acostó en un extremo de la cama para no rozarle, ya no pensaba en nada.

Él, después de una charla consigo mismo, se aproximó a su espalda, la atrajo con sus brazos y le dio un beso donde pudo.

Así estuvieron varios minutos, sin mirarse, hasta que ella se giró y le preguntó con la emoción contenida de aquella niña inocente de catorce años:

–¿Por qué me dijiste que me quedara? No fue por la lluvia.

Ahora era él quien sintió miedo y vergüenza. Y se dijo que quizá se lo había pedido porque estaba cansado de vagar por la casa, de hablar con el gato, de regar las malditas plantas, de mirarse en el espejo y no ver a nadie; en definitiva, que estaba cansado de no sentirla a ella.

–Quería que te quedaras… por la sopa de pescado –le dijo–. No puedo estar cada domingo de caminatas.

Ella suspiró y, aferrándose a él, se dejó sentir.

El silencio duró varios minutos.

–También es mi preferida –dijo. Y él supo a qué se refería: a la grande de la entrada, la que era de plástico.

Y como ella le conocía, no le extrañó que él se levantase de repente y se fuese hasta la ventana de la habitación. Y que allí, de espaldas a ella, dijera:

–Hoy va a llover más que nunca.

No, no le extrañó. Después de toda la vida a su lado no le hacía falta saber que él continuaría en esa postura durante un buen rato, observando una lluvia que a buen seguro no iba a venir.

Se giró sobre sí misma y se dispuso a dormir, sabiendo que del ojo de Augusto Pacheco García, el que no era de color celeste, acababa de brotar algo parecido a una lágrima.

 



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