Microrrelato de Carlos Sardinero: Una noche muy larga

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UNA NOCHE MUY LARGA
Carlos Sardinero

Entré sediento de rubia espumosa al único bar que había abierto en el bulevar latino. Hasta que no bebí un trago largo no fui consciente del panorama de ojos nublados que ofrecía el mostrador tras el que se encontraba la jefa, una dominicana de tetas como sandías, labios gruesos, ojos negros y un peinado de numerosas trenzas como esqueletos de serpientes. A un extremo de la barra, un dominicano beodo daba lecciones de geografía caribeña a una gorda beoda que se lamentaba por haber dejado marchar a Nueva York a su negro del alma. A su lado dos capitalinas bacantes charlaban en voz baja, como mujeres que temen ser oídas por el micrófono de la historia. Más acá, un catavinos sexagenario canturreaba sin alma una canción de moda, con su mirada torva y los dedos de sus manos crispados frente al vaso. Un cubano ebrio, negro como la historia, sentado como un monarca depuesto en un taburete de pino, hablaba, trastabillándose, con la jefa dominicana, de las virtudes y defectos de un política o de otra, manteniendo al margen su verdadera opinión, ya que no tenía claro que aquí pudiese hablar del orden y del desorden del tiempo. Yo, borracho como un indigente que va a pasar la noche en la calle, trataba de poner orden en mi cerebro, que se entrometía sin riesgos en las conversaciones y el monólogo musitado de los personajes noctámbulos tomados por las copas. Por último, detrás de todos nosotros, una cibaeña de pelo caoba barría el suelo del bar, callada, como sonámbula, al margen de todo. Un marroquí moreno y con bigote de vendedor comercial entró tambaleándose hasta situarse a mi lado, pidió una cerveza por tres veces y cuando se la hubieron servido gritó con todas sus fuerzas: Allah es grande, en su lengua. Todas las miradas se dirigieron hacia el marroquí de cuerpo enjuto. ¡Velay! Fue para mí el significado del silencio copioso que se produjo. ¡Viva la revolución!, gritó entonces el vejete del vino tinto. ¡Viva la virgen de la Macarena!, añadieron subidas de tono y a coro con acento sevillano las dos capitalinas también temerosas. ¡Viva la jefa de la casa!, alzó la voz el cubano, con cierta ternura, como si fuera una declaración de principios. ¡Viva el amol!, dijo la del novio huido a Nueva York, con acento castellano. Yo, que no era capaz de gritar consigna alguna, me refugié en la tradición: ¡me cagüen la puta!, dije, como ausente. Fue entonces cuando la jefa, ordenándose las trenzas de un manotazo tras la espalda, pidió a la cibaeña, que había dejado de barrer, que echase el cierre a la puerta. Acto seguido giró y apagó algunas luces del local, dejándolo en penumbra. No sé como ocurrió, pero todos dimos un buen trago a nuestros vasos. La jefa sacó dos cervezas de la cámara y le dijo a la del pelo caoba que dejase a un lado la escoba pues les esperaba una noche muy larga.

SECCIÓN DE MICRORRELATOS

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