El asesinato de John Lennon



El lanzamiento de la última biografía de John Lennon, escrita por Philip Norman y publicada en nuestro país por Anagrama (que aún no he leído), me ha abierto el apetito por recordar la figura del genial músico. A modo de consolación, cabo de terminar una biografía que ya tiene unos añitos, John Lennon y Yoko Ono, de James Woodall, publicada por Muchnik Editores en 2002.

Reproduzco un pasaje del capítulo “Diciembre de 1980”, que sintetiza en pocas páginas el asesinato de John Lennon.


“[…] Cómo fue capaz Mark Chapman, quien disparó a John Lennon en la tarde del 8 de diciembre frente al edificio Dakota, de asesinar al objeto de su desilusionada admiración sigue siendo un misterio, a pesar de todo lo que se ha podido averiguar sobre el caso.

Su plan no estaba fijado de antemano, aunque en el transcurso de los interrogatorios se evidenció que, desde mediados de octubre de1980, Chapman estaba convencido de que tenía que matar a John Lennon. En Honolulú entró en una armería y se compró un revólver de cañón recortado de cinco balas, un Charter Arms Especial del calibre 38. El 29 de octubre voló a Newark y se alojó una noche en el Waldorf Astoria, en Nueva York. En ese mismo hotel se hospeda una noche Holden Caulfield, el protagonista de la novela El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. A Chapman le entusiasmaba esa novela. La designación favorita de Caulfield para cualquier persona que no le gustara era también “farsante”.


Chapman pasó varios días en Nueva York, primero en el YMCA, en la calle 47, y después en el Hotel Olcott, cerca del Dakota, antes de volar a Atlanta para visitar a la familia de su padre. A principios de noviembre regresó a Nueva York, donde, como más tarde confesaría, se estuvo debatiendo entre decidirsepor el “Bien” o el “Mal”; Chapman estaba contento de que en esa ocasión hubiera ganado el Bien, salvándole de cometer un acto terrible. Llamó a su esposa Gloria a Hawaii para decirle que volvía a casa.




El 5 de diciembre voló de nuevo a Nueva York, después de explicarle a Gloria que tenía que pensar. Tomó una habitación en YMCA, en la calle 63, entre Broadway y Central Park West. El domingo, 7 de diciembre, se cambió al Sheraton Center Hotel, en la calle 52 esquina con la Séptima Avenida, y reservó habitación para siete días.

Durante sus primeros días en Nueva York vaciló en su decisión de visitar el Dakota. Finalmente, el domingo, se dirigió hacia allí, poco antes de mudarse al Sheraton, sin embargo no esperó a John Lennon. El lunes, 8 de diciembre, su decisión estaba irrevocablemente tomada. Armado con el libro El guardián entre el centeno, el elepé Double Fantasy y su revólver, Mark Chapman se dirigió, hacia el mediodía, al edificio Dakota y se apostó frente a la entrada, junto con algunos fans. Delante del Dakota siempre había pequeños grupos de personas, que esperaban poder verle la cara a John Lennon.

Chapman se quedó allí todo el día. Dentro, en la quinta planta, John Lennon y Yoko Ono tenían una sesión fotográfica con Annie Leibovitz, para una portada de Rolling Stone. Entre las fotografías que se hicieron en esta ocasión figura la legendaria foto de Lennon, desnudo, abrazado a Yoko, vestida: la última demostración de su intimidad.







A las cinco de la tarde, Lennon salió del edificio, camino del estudio; él y Yoko estaban trabajando en un álbum, pensado para ser publicado después de Double Fantasy. Cuando Lennon pisó la acera, Chapman le alcanzó su disco; Lennon escribió en él: “John Lennon, 1980”. Paul Goresh, un fotógrafo que casualmente se encontraba allí y había estado conversando con Chapman, realizó una instantánea, en la cual se ve a Lennon inclinado sobre el álbum, mientras Chapman -con gafas- de pie a su izquierda, a un metro de distancia, observa la estrella con una leve sonrisa en los labios.

Después de que Lennon se marchara, Chapman comentó orgulloso el triunfo de haber visto y conseguido un autógrafo de John Lennon: “¡En Hawaii no se lo van a creer!”. Goresh se retiró hacia las ocho y media. Chapman se quedó allí, pero al portero, un cubano, no le extrañó; no era nada raro que los fans asediaran día y noche al edificio Dakota.

A las once menos diez llegó la limusina de los Lennon. Primero salió Yoko, y pasó caminando por delante de Chapman, quien la saludó amablemente. Después pasó Lennon por su lado y lo miró fijamente, pero no dijo nada. Justo cuando Lennon se disponía a traspasar el umbral de la puerta, Chapman le llamó desde una distancia de apenas dos metros: “¿Sr. Lennon?”. El interpelado se volvió, y jamás podrá saberse si tuvo tiempo de ver el arma que le apuntaba . Chapman apretó el gatillo cinco veces, vació todo el cargador del revólver. Las primeras dos balas alcanzaron a Lennon en la espalda y el impacto le hizo girarse. Dos más le dieron en el cuello y en el hombro, y la última erró el blanco.

Tambaleándose, Lennon subió las escaleras hacia el edificio Dakota y se desplomó en el vestíbulo. Cayó boca abajo, las cintas y la grabadora que llevaba en la mano impactaron con estruendo en las baldosas de piedra. Jay Hastings, el portero de noche, escuchó el grito de Yoko: “¡Han disparado a John!, y, aunque primero estaba confuso, después tuvo suficiente sangre fría para apretar el botón de la alarma, debajo de su mostrador, alertando a los agentes del distrito 20. Hastings tapó a John con una chaqueta. Yoko estaba completamente histérica, de pie, encima de él, sin saber qué hacer. Mientras la sangre le salía por la boca y la nariz, John Lennon balbuceó: “Me ha disparado”. Cuando llegó la policía, Chapman dejó caer su ara y no intentó huir. El portero cubano le gritó si sabía quién lo había hecho. “Acabo de matar a John Lennon”, le contestó Chapman.

Lennon fue llevado en un coche de policía al Roosvelt Hospital. Yoko le siguió en un segundo vehículo. Chapman, esposado, fue empujado al interior de un tercer coche patrulla. Lennon estuvo consciente el tiempo suficiente para confirmarle al agente en el coche que sabía quién era; cuando llegó a la entrada de urgencias del hospital había perdido el ochenta por ciento de su sangre.
Media hora más tarde, después de haberlo intentado todo para resucitarle, John Lennon falleció. Todavía no era medianoche. Tenía exactamente cuarenta años y dos meses”.

James Woodall, Lennon y Yoko Ono, Muchnik Editores, 2002.



 

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