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Cuento de Amelia Coll Vilar: Tu casa o la mía

Mujer en el sofá, de Amanda Virginia Echevarría

 

“Asentí, complacido de que me hubieras reconocido. A continuación, escuchaste mi explicación de cómo me había distraído en esa escena al advertir el reflejo en la cámara de una interesante mujer leyendo, sentada en un sofá, con las piernas estiradas y lo que parecía un gato dormitando en su regazo”.

 

TU CASA O LA MÍA

Amelia Coll Villar

(cuento

Momentos antes de conocernos, estabas en la cocina jugando con tu gata mientras le llenabas su recipiente de comida; la última ración del día. Entonces fue cuando escuchaste un ruido inconfundible en el cuarto de baño, y supiste que había alguien más en tu casa. Pero, extrañamente, te mantuviste serena.

Fuiste decidida hacia el cuarto de baño, y te encontraste con la luz encendida asomando por la puerta levemente entornada. La abriste despacio esperando encontrarte, sin saber muy bien por qué, un monstruo o un ser deforme allí dentro, pero allí sólo estaba yo, completamente desnudo, defecando en tu taza del wáter. Me miraste incrédula de arriba a abajo, y cuando entendiste que mis gestos eran de dolor o, más exactamente, de indisposición, para mi sorpresa cerraste la puerta y te quedaste fuera.

Después de unos minutos que se me hicieron interminables salí del cuarto de baño, tú ya te habías cansado de esperarme de pie, y estabas sentada en el sofá. Me quedé apoyado en el marco de la puerta de tu comedor, mirándote, sin saber qué decir. Tú tampoco estabas mucho más elocuente; y menos aún podías dejar de mirarme. De hecho, tus ojos recorrían mi cuerpo desde mi sexo hasta mis ojos, indiscriminadamente. Tu mirada, que seguía siendo la de una escéptica insolente, empezó a incomodarme.

-Lo siento, ha debido de ser al salir de la tele -dije a modo de disculpa, pero nada más terminar la frase encontré que tenía mucho sentido.

-¿Perdona? -tus ojos se abrieron como platos ante lo absurdo de mis palabras, y empezaste a reír a carcajadas.

-Sí. En serio. Yo estaba bien. Tiene que haber sido al salir de la tele. No sé, quizá el cambio espacio temporal me haya revuelto los intestinos… En fin, esas cosas de la Física, supongo. No soy un experto.

Permaneciste unos cinco segundos callada, con la boca abierta, sin pestañear. Ibas a decir algo, pero sólo salió un leve suspiro de tus labios, te inclinaste apoyándote en el respaldo del sofá y con una mano retiraste hacia atrás tus largos cabellos, estirándolos, como si tenerlos sueltos te impidieran pensar con claridad.

-Dios mío. Este es el sueño más raro que he tenido nunca.

-Esto no es un sueño -dije, seguro de mí mismo.

-Sí que lo es.

-No. No lo es -volví a decir, indignado-. Sé cuándo estoy soñando.

-Ya. Claro -de repente, por fin, me reconociste-. Eres el chico que se acuesta con la protagonista en la película que estaban dando por la tele, ¿verdad?

Asentí, complacido de que me hubieras reconocido. A continuación, escuchaste mi explicación de cómo me había distraído en esa escena al advertir el reflejo en la cámara de una interesante mujer leyendo, sentada en un sofá, con las piernas estiradas y lo que parecía un gato dormitando en su regazo. Cuando terminó mi escena, y me dejaron a solas, me acerqué a la cámara. Tú ya no estabas, pero algo más me llamó la atención. Lo que parecía una cámara apagada era en realidad una ventana a un mundo interior ajeno. A medida que yo me asomaba a la ventana, ésta se hacía más grande hasta que cupo mi cuerpo entero y me encontré atravesando la ventana y saliendo a tu salón por el televisor. Una vez explicado lo ocurrido, algo que no supe discernir con claridad me pareció carente de sentido, pero ese había sido el orden de los hechos, y no había otra explicación posible.

-Y dices que esto no es un sueño, ¿no? Cada vez estoy más convencida de que me he dormido en el sofá mientras miraba esa película tuya, tan mala…

-¡Pero mira que eres obstinada! ¡Es que no se puede hablar contigo!

-Vaya… -dijiste, riéndote-. La voz de mi madre habla a través de mi subconsciente…

Puse los brazos en jarra, sin saber qué hacer. Busqué la puerta de salida, pero desnudo como estaba no podía ir a ninguna parte. Te diste cuenta de mis intenciones, y te sentiste mal por haberte reído de mí. Te levantaste rápidamente del sofá y me dijiste que, estuviéramos o no en un sueño, no era excusa para ser descortés en tu propia casa. Me hiciste un ademán para que te siguiera al dormitorio, donde buscaríamos algo de ropa con la que taparme. La fragancia embriagadora que desprendían tus cabellos alcanzó mi única célula olfativa cuando pasaste por mi lado bajo el marco de la puerta. Inmediatamente una agradable corriente de electricidad recorrió todo mi cuerpo y endureció mi sexo; que al rozarte sin querer, te transmitió la misma fascinante y placentera sensación de electricidad… Nos sonreímos mutuamente con la mirada antes de seguir andando hacia tu habitación, cuya puerta permanecía cerrada. Toda la magia de aquel instante se esfumó al abrirla, momento en el cual tú no entendiste nada, y yo lo entendí todo. Me acerqué a la ventana y descorrí las cortinas; la luna, llena y rotunda, iluminaba sutilmente una playa que me resultaba familiar; la visión de la playa te desorientó aún más. Salí de la habitación, y abrí la primera puerta del pasillo. Aunque me lo esperaba, no dejó de sorprenderme que mi vestidor apareciera ante nuestros ojos. Me mirabas inquisitiva en busca de respuestas y yo no pude más que balbucear una pregunta…:

-Esta… ¿esta es mi casa, o la tuya?

-¿Esta es tu habitación? -dijiste con un ligero tono de reproche, señalando el desorden que se veía por todas partes.

Pero no me ofendí. Tenías razón desde el principio. Estábamos soñando. Todavía desnudo, te cogí de los brazos, e intenté tranquilizarte:

-Tú existes, y yo existo. Pero esto es un sueño. ¿Qué posibilidades hay de que dos personas se conozcan en un sueño?

Nos dimos cuenta de que ambos éramos personas reales, de que ninguno de los dos era creación del otro, y que podíamos despertar en cualquier momento y olvidarnos de todo en milésimas de segundo. Nos repetimos sin cesar nuestros nombres y apellidos, direcciones y teléfonos, todo ello entre besos, abrazos, suspiros y jadeos, hasta que tú te despertaste en el sofá con la vejiga llena. Pero lo primero que hiciste al levantarte fue coger un bolígrafo y apuntar todo lo que recordabas de mis datos en el primer papel libre que encontraste. A la mañana siguiente, yo hice lo mismo, aunque sólo recordaba tu nombre, y la calle de tu domicilio. Pero fue suficiente. Desde entonces, estamos juntos. Tú y yo: unidos por algo que está más allá de nuestra comprensión. En nuestro caso, la clásica pregunta de cómo nos conocimos, se convierte en una experiencia imposible de contar a familiares, amigos ni extraños, porque nadie en su sano juicio lo creería, salvo que lo viviera en primera persona.

 

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