Cuento corto de August Strindberg: Medio folio

 
Santiago Rusiñol. Un bohemio, París, 1891. Archivo Joan Maragall, Generalitat de Catalunya
 

 

Este cuento -que yo no conocía- del gran dramaturgo sueco August Strindberg nos llega de la mano de Blanca Ballester, que lo ha traducido y comentado para la antología donde ha visto la luz: Cincuenta cuentos breves (Cátedra, 2011), en edición de Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada.

Blanca Ballester es escritora y traductora, y en la actualidad trabaja como administradora de Comisión Parlamentaria el Parlamento Europeo.


 

MEDIO FOLIO

August Strindberg

(cuento)

La última carga de la mudazna ya se había ido; el inquilino, un hombre joven con una banda de luto en el sombrero, caminó una vez más por el piso para ver si había olvidado algo. No, no había olvidado nada, absolutamente nada; y salió al vestíbulo, decidido a no pensar más en lo que había vivido en ese piso. Pero, mirad: en el vestíbulo, al lado del teléfono, había medio folio pinchado en la pared, y estaba todo escrito en diferentes estilos: por aquí anotado con pluma; por allí garabateado a lápiz o bolígrafo rojo. Allí estaba, toda esta bonita historia que se representó en el corto tiempo de dos aaños: todo lo que quería olvidar estaba allí. La vida de una persona en medio folio.

Desclavó el papel. Era de esos amarillos de notas, de esos brillantes. Lo dejó sobre la repisa de la chimenea e inclinado sobre el mismo leyó. Primero aparecía su nombre: Alicia, el nombre más bonito que él conocía por entonces, porque ella era su novia. Y el número: 15 11. Parecía el número de un salmo en la iglesia. Después ponía: Banco. Era su trabajo, el segundo trabajo, el que le daba el pan, la casa y la esposa, la base de su existencia. ¡Pero estaba tachado! Ese banco había quebrado, pero a él lo había rescatado otro banco después de cierto tiempo de mucha preocupación.

Así fue. Floristería y carroza. Era el día en que se prometieron, cuando los bolsillos de él rebosaban de dinero.

Después: ebanistería, tapicero: preparando su casa. Mudanzas: ya se instalan.

Taquilla de la ópera: 50 50. Se acaban de casar van a la ópera el domingo por la tarde. Sus mejores momentos, cuando se sientan callados, el uno con el otro, y se encuentran con la belleza y armonía del país de cuento que está al otro lado del telón.

Luego sigue un nombre masculino, que está tachado. Era un amigo que una vez llegó muy alto, pero que no supo sobrellevar su suerte y cayó, desamparado, y tuvo que irse muy lejos. ¡Así de frágil es todo!

Aquí parece que viene algo nuevo en la vida de la pareja. Está escrito con letra de mujer, a lápiz: “Señora”. ¿Qué señora? Ah, sí, esa del abrigo amplio y cara amable y comprensiva, la que viene en silencio y nunca pasa por el salón, sino que siempre va por el pasillo hacia el dormitorio.

Debajo de su nombre dice “Doctor L”.

Por primera vez aparece el nombre de un pariente. Pone: “Mamá. Es la suegra, que discretamente se mantiene al margen para no molestar a los recién casados, pero a la que ahora se la llama por ser una urgencia, y viene con alegría porque se la necesita.

Aquí empieza un borrón grande en azul y rojo. “Agencia de empleo”: la joven empleada se ha marchado o, a lo mejor, van a contratar una nueva. “Farmacia” ¡Hum! ¡Se oscurece! “Lechería”. Aquí se ha encargado leche pasteurizada [1].

“Ultramarinos, carnicero”, etc. La casa empieza a llevarse por teléfono, porque la señora no está en donde debería estar. Está en cama.

Lo que pasó después no podía él leerlo, puesto que todo empezaba a emborronarse para sus ojos, como debe hacerlo para los que se ahogan en el mar al tener que mirar a través de agua salada. Pero ahí estaba: “Funeraria”. ¡Qué más se puede decir! Uno grande y un pequeño; se sobreentiende: féretro. Y entre paréntesis decía: “para cenizas”.

¡Después ya no decía nada! Terminaba con las cenizas; y así era.

Pero él cogió el medio folio amarillo, lo besó y lo metió en el bolsillo de su pechera.

En dos minutos había revivido dos años de su vida.

No estaba hundido cuando salió; bien al contrario, llevaba la cabeza bien alta, como un hombre feliz y orgulloso, porque sabía que había poseído lo más preciado. ¡Cuántos desgraciados no lo han alcanzado nunca!

 

 

“Ett halvt ark papper”, Sagor, 1903.

Trad. Blanca Ballester para esta antología.

 

 

 

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