El Diario Down: Pensamientos enrevesados

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Caballeros atendiendo a los sacerdotes enfermos en el hospital. Lucas Valdés. Fuente de la imagen

El Diario Down: Pensamientos enrevesados

Francisco Rodríguez Criado 

Hoy, en la sala de espera de la consulta de cardiología del hospital, mientras espero escuchar por el altavoz el nombre y apellidos de mi hijo. Sé que voy a pasar toda la mañana entre médicos, un día más. Una forma como otra cualquiera de terminar la semana, una forma como otra cualquiera de comenzar el mes de agosto.

Estoy leyendo la novela de un escritor español consagrado. Una novela notable y premiada (creo que con motivos) en la que el personaje-narrador, al parecer trasunto del propio autor, escribe al hilo de sus pensamientos. Unos pensamientos enrevesados que suponen –o al menos lo intentan– un acto de exorcismo personal, una suerte de autoanálisis casero que echa mano de la escritura para ahorrarse las facturas del psiquiatra. Son pensamientos similares, con todos los matices que podamos encontrar, a los que me asaltan desde que tengo uso de razón. En definitiva, una novela digna con la que combatir la rutina hospitalaria a la que estoy sometido desde hace más de un año y que ha sido especialmente virulenta en los últimos meses.

De repente una mujer que está sentada a mi izquierda invade mi espacio y, tras acercar los ojos al libro, a mi libro, lee unos párrafos que luego comenta:

–Qué pensamientos más truculentos. ¿De veras hay gente que pierde el tiempo escribiendo estas cosas?

–Pues sí -me limito a responder, entre incrédulo y enfadado-. E incluso hay gente que pierde el tiempo leyéndolas.

La mujer me escruta como si yo fuera un bicho raro. O un impertinente. Tal vez lo sea. Ambas cosas.

–¿Y te gusta? –me pregunta.

–Sí –contesto.

Noto que se contiene. Callar forma parte del lenguaje. Mejor dicho: es un lenguaje en sí mismo. 

Se asoma al carrito para ver sonreír a mi precioso bebé y le pone el chupete.

–No se puede ser más guapo –dice. Se refiere al niño, no a mí. Y en esto sí que estoy de acuerdo. El niño, ese bebé que encandila a mujeres de todas las edades, agita sus manitas y sonríe de nuevo con sus preciosos ojos azules–. A lo mejor tiene hambre –dice la mujer.  

Yo la miro durante unos segundos antes de preguntar:

–¿A qué hora le diste el biberón?

–No hará ni tres horas –responde.

–Entonces no, es demasiado pronto.

Y acto seguido prosigo la lectura de esa novela que ha escrito un tipo extraño lleno de pensamientos enrevesados (o “truculentos”) que bien podría ser yo. 


 

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