Cuento corto versus novela

Hoy me he reencontrado con este texto que escribí con motivo de la promoción de Mi querido Dostoievski  (La Discreta, 2012) y que ciertos problemas informáticos habían condenado al ostracismo. Lo rescato con la esperanza de que al margen de su carácter promocional y del contexto en que fue escrito (año 2012) siga manteniendo su vigencia.
 

La editorial La Discreta me pidió hace poco un escrito donde presentara, grosso modo, la novela Mi querido Dostoievski a potenciales lectores. Para no quedarme en lo meramente promocional, decidí redactar, con intención más testimonial que didáctica, estas líneas sobre la diferencia que encuentro a la hora de enfrentarme a ambos géneros.
 
CUENTO CORTO VERSUS NOVELA
Francisco Rodríguez Criado
Hace poco, una amiga escritora a quien yo estaba corrigiendo una novela me dijo a modo de elogio que envidiaba ciertas características de mi estilo como la concisión, la economía del lenguaje, la capacidad de síntesis… Puede que estos rasgos sean positivos de cara a la escritura de relatos cortos o de microrrelatos, pero considero que también pueden ser un inconveniente a la hora de escribir una novela. Y lo creo porque muy a menudo imagino historias a priori extensas que quedan finalmente plasmadas en el papel en pocas páginas. Estos son los hechos: las historias que concibo mentalmente, de manera espontánea, son siempre relatos, nunca novelas. Al contrario que los relatos cortos, que vienen a mí con cierta naturalidad, a la novela he de salir a buscarla. Necesito encontrar un tema, un argumento, unos personajes que me aguanten al menos 200 páginas. Muchas personas opinan que es más difícil escribir un relato corto que una novela porque el relato corto no permite tiempos muertos y la novela sí. No comparto esta opinión. Considero que un género tan vivo como la novela soporta a duras penas el adjetivo muerto. No me agradan los tiempos muertos en las novelas, sí las cadencias, que son otra cosa. Creo que es el lector quien tiene que hacer los tiempos muertos (cuando lo precise), no el novelista. Así que en igualdad de condiciones, si eliminamos el recurso de los tiempos muertos, resulta evidente que es más difícil mantener la tensión, el ritmo, el interés en un texto de doscientas páginas que en uno de siete u ocho.
En resumen: busco siempre novelas donde el ritmo no decaiga en ningún momento, donde la tensión no se tome vacaciones. No solo como lector, también como escritor. Mi concepción de la novela como género narrativo fibroso, libre de “paja narrativa”, me complica bastante el asunto…
En mi anterior novela, Historias de Ciconia, logré dar vida a 120 personajes en una pequeña ciudad, Ciconia, trasunto literario de Cáceres. Historias de Ciconia era una novela coral, vanguardista, experimental. Fue un reto estimulante… que me dejó exhausto. En 2009 me propuse eso que Azorín consideraba tan difícil… escribir sencillo. Salí a la caza de una novela accesible, con una estructura nada compleja, con pocos personajes. El resultado de mi intento se llama Mi querido Dostoievski.
¿Cómo surgió la novela?
Como decía antes, no es la novela quien viene a visitarme sino que soy yo quien ha de salir a su encuentro. Durante un tiempo traté (sin éxito) de hallar alguna idea que articulara mi próxima novela. Finalmente me di de bruces con tres palabras que podrían ser el título: Mi querido Dostoevski. A partir de estas tres palabras, tan sugerentes, comencé a pergeñar la novela. Después de las obligadas indecisiones, y teniendo en cuenta que el título invitaba al género epistolar, me animé a redactar una serie de cartas que una chica muy joven, una niña de unos doce años, le escribe desde Madrid, en pleno siglo XXI, a Fédor Dostoievski, fallecido en San Petersburgo en 1881. En estas cartas la niña iba dejando constancia de sus anhelos y preocupaciones. La idea me pareció original, pero cuando revisé las doce o trece páginas que entonces llevaba escritas me di cuenta de que aquello no funcionaba, que era poco verosímil que una chica, una niña, le escribiera cartas a un tipo sesudo y filosófico como Dostoievski, alguien, además, de otra época y de otro lugar. Encontré la solución: no iba a ser una chica la autora de las cartas sino una anciana, una mujer culta y compleja, extravagante y descreída. Un personaje con varias capas que podría darme mucho juego. Así pues, la historia pasó de ser una novela de iniciación a una novela de despedida del mundo. Por esa época hice un viaje a Roma, y fue en la capital italiana donde me convencí de que Laura Bauer, el personaje en cuestión, no escribiría las cartas desde Madrid sino desde Roma.
A partir de ahí la novela empezó a fluir con normalidad. Al principio todo habían sido dificultades, pero ahora la historia pedía abrirse camino con ímpetu.
Entre el diario y la novela
El libro empieza como un diario. Un diario donde el personaje-narrador, la ciclotímica Laura Bauer, deja constancia de sus preocupaciones más domésticas. Al principio todo es cotidianidad: partes meteorológicos, vecinos, lecturas, reflexiones sobre la vida en Roma, Berlusconi… Pero poco a poco me di cuenta de que Laura Bauer era una mujer con un pasado. Ese pasado va aflorando poco a poco, como podrá percatarse el lector. Y lo que en principio son banalidades, luego desemboca en una confesión sobre los sucesos más importantes que marcaron su vida. No desgranaré esos sucesos; hacerlo sería una desconsideración hacia el lector en potencia.
Después de la novela
Cuando terminé el borrador de la novela no experimenté gran cosa, ni euforia ni decepción. Lo único que experimenté fueron dudas. ¿Merecerá la pena lo que he escrito? Como no soy un escritor autosuficiente (todo lo contrario: necesito conocer la opinión de los lectores para formarme una opinión neutral sobre lo que he escrito), presté el manuscrito a familiares y amigos. Su opinión debería haber sido reconfortante: Mi querido Dostoievski les había gustado mucho. Sin embargo, y sin desmerecer en absoluto sus opiniones, yo no estaba satisfecho. ¿Les habría gustado la novela porque el aprecio que estas personas tan próximas me tienen? Ahí entró en juego Paloma González Rubio, la que sería la editora del libro. Ella es amiga pero también escritora, y aunque también media un aprecio entre los dos, creo que a la vez sabe mantener un sano distanciamiento. Cuando me dijo que le había gustado mucho la novela, supe que lo decía desde presupuestos artísticos e intelectuales, y no emotivos por ser yo el autor. Ahora sí podía empezar a sentirme satisfecho.
Para concluir, empecemos por lo que debería haber sido el principio: ¿qué es Mi querido Dostoievski?
Mi querido Dostoievski es una novela intimista y confesional que pone en el centro de la narración a un maestro ruso del XIX, Dostoievski. El libro supone una revisión de la pulsión por la literatura (como lector y como escritor, aunque sea aficionado) y abre un debate sobre la necesidad que tenemos todos de expurgar nuestras culpas.
Juan Manuel de Prada, que presentó el libro en Madrid, dijo que era “una novela de psicología, de delicadeza, de sencillez franciscana casi, libre de artificios”, y añadió que haría las delicias de psicólogos y psiquiatras. Ojalá haga las delicias también de aquellos lectores generosos que quieran darle una oportunidad a Laura Bauer.

Libros de Francisco Rodríguez Criado

Historias de Ciconia
  • Francisco José Rodríguez Criado
  • Editor: Editorial de la Luna Libros
  • Edición no. 1 (09/30/2008)
  • Tapa blanda: 248 páginas
Rebajas
Oficios perdidos de Extremadura
  • Francisco Rodriguez Criado
  • Editor: Regional De Extremadura
  • Tapa blanda: 171 páginas

 

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