Cuento de Elvio Gandolfo: Química y tabaco

plumas estilográficas
Fotografía de Francisco Rodríguez Criado

 

Aunque poco conocido en España, Elvio Gandolfo se ha forjado una prestigiosa trayectoria literaria en su país, Argentina, sobre todo en la faceta de cuentista.

Este relato, que tiene mucho de artículo de opinión, toca un tema que siempre está de actualidad: el tabaco. (Recordemos que a patir del día 2 de enero estará prohibido fumar en los locales públicos de nuestro país).


“Química y tabaco” está incluido en la antología Vagón fumador (Eterna Cadencia, 2008).

 

QUÍMICA Y TABACO

Elvio Gandolfo

(cuento) 

Nunca llegué a fumar. No me atacó la costumbre en la secundaria, el momento ideal. Igual no sabía qué hacer con las manos en los ascensores, cuando iba al centro, a entregar trabajos del lugar donde era cadete. Sospecho que eso retrasó considerablemente mi avance, no hacia la madurez, sino hacia la imagen de la madurez. Lo que veo cuando miro con el recuerdo aquellos años es invento puro, desde luego, pero psicogeográficamente creo que se ajusta bastante a la verdad.

Tenía poco más de diecisiete años y me invitaban a la única reunión del año que yo solía aceptar con tipos y tipas de más o menos mi misma edad. Justamente porque no quería dar la imagen de la edad que tenía, tenía un neurótico profundo oculto en alguna parte de mi espíritu que me llevaba a proyectar una imagen supuestamente mucho más madura. Así que no bailaba, no hablaba, no me reía, me quedaba en un rincón del cuarto cargado de tipos como yo pero distintos, y mascullaba entre dientes mi aburrimiento o mi rencor, sobre todo cuando alguna mujer (o muchacha) se acercaba y me invitaba explícita, verbalmente, a bailar.

“No”, decía yo, corto, seco, casi un fumador, pero sin cigarrillo, con las comisuras de los labios hacia abajo y una barba de tres o cuatro días. Si era alguien que me gustaba mucho, agregaba: “Gracias”.

Y cuando miraba desde lejos a los que fumaban, si los había, empleaba un tono resentido para pensar: “Que fumen ellos, si quieren”.

Después me quedaba ahí, con los ojos perdidos en el espacio (aunque tratando de dar la impresión de que estaba pensando profundamente, o concentrado en graves problemas personales), salvo cortas miradas de reojo, para que advirtieran hasta qué punto era yo mucho más adulto que ellos. Increíblemente, muchos años después, crecí un poco. Y una vez leí una frase, no recuerdo de quién, que fue un bálsamo para mis oídos: “Aquel que quiera ser joven cuando viejo, deberá ser viejo cuando joven”. No creo equivocarme si afirmo que nadie fue más viejo que yo a los diecisiete años. Y que gracias a una manía mucho más fuerte que el tabaco y que ocupó casi todo el espacio y el tiempo -leer-, di con esa frase, quizá falsa pero para mí balsámica.

Nunca empecé a fumar. Pero aquella barba permanente de tres o cuatro días se me quedó pegada a la cara por el resto de mi vida, o lo que va de ella hasta este momento en que escribo. Fue un vicio tan imposible de abandonar como lo es, para otros, fumar. Porque mi rostro, sin esa barba, parece inimaginable: las dos veces que me afeité desde entonces le provoqué sustos de cuidado a mi pequeña hija, primero, y a mi misma hija adolescente, después, que por suerte había logrado ser mucho menos vieja que yo a la misma edad.

Yo no fumaba. Si no me equivoco, mis hermanos Mario y Sergio tampoco. Si no me equivoco, mi hermano Carlos sí, fuma o fumaba. La que fumó siempre, sin la menor duda, es mi hermana Ema. Mi hermana más menor, María, no sé si fumó o no fumó, o si fuma ahora, en presente, de vez en cuando. Mi madre, dueña de una pureza suiza invulnerable, no fumó.

El fumador fue siempre mi padre. El cigarrillo de mi padre, y su humo, sus paquetes de distintos colores envueltos en celofán, sus filtros, sus implementos entre absurdos y lógicos (boquillas, pipas y otros artefactos destinados a fumar menos sin dejar de fumar), incluso aquel período de cigarrillos de mentol prodigiosamente desagradables y dulzones (como si fumara sucesivos trozos de tiramisú humeantes) dejaron en mí un recuerdo inolvidable.

Mi padre fumaba con la seguridad, la elegancia y el aplomo de los galanes del cine italiano de, digamos, entre los años cuarenta (donde nací) y los años setenta. También, alternadamente, con la insolencia, el desparpajo y hasta la comicidad de ciertos capocómicos cinematográficos del mismo origen, o de esos mafiosos baratos, de apoyo, que aparecían en ciertas películas policiales. Recuerdo con especial delectación una boquilla de tono azulado o verde, totalmente absurda, que me hacía reír: junto con muchos otros objetos y observaciones, esa boquilla construyó en gran parte mi sentido del humor, que me ayudó a pasar por la secundaria sin aprender a fumar y sin efectos secundarios graves.

Mi padre, cuando la usaba, empleaba gestos mucho menos convincentes que cuando fumaba sólo cigarrillos. Peor aun: explicaba. Como sus sucesivos hijos lo mirábamos de reojo, con cierta sospecha de engaño o cierta incomodidad, creía necesario no perder ese puesto de padre cabal, tan sólidamente ganado, arrebatado a sus decenas de horas de trabajo en un taller, y lo defendía siendo docente, minucioso.

“Fíjense -decía, y se quitaba la estrambótica, colorida boquilla de los labios. La tomaba entre las manos y la desenroscaba con dos o tres gestos decididos, que parecían retrotraerlo a la época en que fumaba cigarrillos a secas. De ese modo podía extraer un trozo de algodón que quedaba dentro del cilindro de plástico verde o rosado-. Todo esto, si no la usara, iría a los pulmones”, y señalaba didáctico la mitad del algodón totalmente ennegrecida, amarronada, pegajosa. 

Después de que yo, el mayor, el que nunca fumó, tuvo más edad, y la escalera de hermanos también tuvo otras edades, mi padre siempre tuvo una tarea adicional a la de usar pipa (duró muy poco), buscar boquillas más eficaces, fumar mentolados o triturar algo con los dientes para no volverse loco: dejar de fumar, o sea, lo único eficaz. Pero nunca pudo llegar ni al año de abstención. Salvo tantos años después que todos habíamos dejado de ser sucesivamente niños, adolescentes y jóvenes.

Eran luchas perdidas de antemano. Porque mi padre tenía fantasía, ganas, deseos, planes absurdos de cumplir en una amplia masa familiar que dependió durante tantos años de un solo sueldo: picnics, viajes en tren a visitar a nuestros abuelos, idas al cine, etc. Ante la tensión, no sólo de juntar esas dos cosas imposibles (proyectos de diversión colectiva y falta de dinero), sino también ante el modo en que se le hacía cada vez más cuesta arriba su propio trabajo, en un taller cuyo techo se sobrecalentaba en verano y que tenía el entretecho invadido por murciélagos malolientes, mi padre fumaba y fumaba. Cuando no estaba en una de esas dos condiciones de tensión, fumaba por placer, por ganas de tener pinta de galán entre duro y tierno del cine italiano; fumaba, parafraseando el tango, porque sí, de puro curda. Con frecuencia tenía esa pose inevitable del proletario que fuma mientras hace su trabajo, con el pucho colgándole hacia abajo y un ojo entrecerrado por el humo.

Más adelante, cuando después de años de esfuerzo tuvo su propio taller, fumó un poco menos. En esa época hizo sus intentos sucesivos por dejar. Pero siempre recaía, y cuando lo contaba, lo hacía con cierto placer, dato ese -el del placer ante el abandono de una postura rígida- que nunca se tiene en cuenta con el tema. Me contaba una vez con una sonrisa nostálgica, fumando, cómo había recaído la última vez: iba con un tío por la carretera cuando vio un gigantesco cartel de los cigarrillos Camel, si no me equivoco con los famosos camellos. “Me dio un placer tan grande verlo, unas ganas inmediatas tan fuertes de fumar, que me dije: «Es sólo este paquete». Y ahí quedé, enganchado”, remató, con una sonrisa aun más amplia, mientras seguía fumando un cigarrillo que no era Camel, porque en ese momento estaban carísimos.

Mi padre tenía por lo menos dos vicios fuertes: el cigarrillo y la lectura, como yo. Y una devoción: el trabajo de imprenta. Yo estaba seguro de que iba a ser de esos tipos que siguen al pie de la máquina hasta el último aliento. Por eso me resultó una práctica lección de vida que, alrededor de los setenta años, dejara por completo el trabajo y se pusiera a trabajar en cambio con tenacidad en una serie de libros de poesía que fue escribiendo. En esa época, más o menos, dejó de fumar. Cedió definitivamente ante el susto que le propinó un médico al preguntarle si seguía queriendo a mi madre. Contestó: “Por supuesto”, escandalizado, echándose hacia adelante, al borde de la agresión física en el mejor estilo tano, frontal. Entonces el médico le dijo que, si seguía fumando, le estaba quitando entre cinco y diez años de compañía. Y mi padre dejó. Así de eficaces para asustar son algunos médicos.

Por mi parte, no sentí ni siento ninguna emotividad fuerte alrededor del cigarrillo: me daba y me sigue dando lo mismo que la gente fume o no, y a veces ver fumar me provoca un placer estético profundo, sobre todo en algunos grandes rostros femeninos de la pantalla. De la misma manera que no fumo, tampoco aprendí a manejar un auto, y sigo hasta hoy virgen de celular. No me molestaba, por ejemplo, cuando fumaban estando yo presente, ya de niño y tampoco más adelante. Menos me impresionó el argumento de la salud. De hecho, toda defensa a ultranza de la salud me ha parecido siempre un poco ridícula, empezando por la gimnasia y el aerobismo. Hasta las vacunas. Dicen que son casi siempre la enfermedad debilitada, y me digo que es exactamente así.

En los tiempos recientes, en que el mundo occidental emprendió la cruzada final contra el tabaco, vi cambiar las costumbres con cierta diversión: en Montevideo al menos, a partir de las medidas que tomó su presidente oncólogo, la regla se aplica con fuerza de ley y en cualquier cena o encuentro en un bar, el que fuma o los que fuman salen a fumar al patio o la vereda: se consiguió al fin hacerles sentir a los fumadores cierta marca fuerte, restrictiva. Hay algunos momentos del día, a media mañana o media tarde, en que a lo largo de la calle Tristán Narvaja pueden verse empleados o empleadas de sus abundantes librerías fumándose un cigarrillo en la vereda, y charlando con los libreros o libreras aledaños, espectáculo a la vez pintoresco y agradable que suelo presenciar si ando caminando por allí a esa hora, cosa que ocurre con frecuencia. Por mi parte, cuando más de un taxista me pregunta si me molesta que fume, le digo que no.

Se suele explicar la dependencia por la ingestión de nicotina. Pero el punto clave creo que está en la sensación palpable, abundante, física, de fumar: el fósforo o encendedor primero, y su fuego, después el calor que se expande en el torso, por dentro. Como dice Iain Gately en una historia del tabaco: “No cabe duda de que los primeros americanos fueron los inventores de un nuevo sistema de consumo: la inhalación. […] Los pulmones constituyen una gran superficie de tejido absorbente, recorrida por una densa red de vasos capilares que transportan el oxígeno, el veneno y la inspiración del corazón al cerebro. La capacidad de absorción de estos capilares es cincuenta veces mayor que la del paladar o el colon. Por lo tanto, fumar es -después de la aguja hipodérmica- la vía más rápida de incorporación al torrente sanguíneo”. Pero la aguja pincha un punto, y el humo empapa con su nube la gran superficie del pulmón, con una sola seca profunda.

En parte el atractivo de fumar tiene que ver con la dureza, la aspereza, el famoso país de Marlboro y Humphrey Bogart (que murió bastante joven de cáncer, y a mucha honra). El que fuma bien (la que fuma es un tema distinto) es alguien que enciende lentamente, que aspira mirando la brasa, que se mantiene un poco en silencio, que se la banca: hasta cierto punto, un duro. En los tiempos modernos la mejor oda al cigarrillo que existe es una película del cine oriental, Con ánimo de amar, donde Tony Leung expulsa nubes de humo que Won Kar Wai filma con delectación y cámara lenta, con música de cuerdas que cantan una melodía inolvidable a la mística del humo, la frustración y el amor. Como corresponde a un fumador, su amor por la mujer de otro (cuyo marido la engaña con la mujer de Leung: típica historia de fumadores) nunca llega a consumarse (en todo caso puede haber existido un beso bajo una lámpara callejera barrida por la lluvia). Para perfeccionar el asunto, esa clase media china incluso un poco alta de los años sesenta, que sin embargo vive en sórdidas pensiones, tiene la banda sonora que corresponde: canciones típicas, clásicas y en castellano de Nat King Cole, que, no sé por qué, se me ocurre que no fumaba demasiado, pero que brinda el fondo sonoro perfecto para una película con humo de cigarrillo visto poéticamente. El personaje de Leung, hay que agregar, es periodista. En su modesta oficina expulsa el humo, que sube en cámara lenta, y las formas del humo representan como ninguna otra cosa (también uno de los más reproducidos afiches de Barrio Chino, la película de Polanski) al deseo, de cualquier tipo, en este caso extremo, trancado y sentimental.

En los últimos años hay un tema que me preocupa, en mi contacto lateral pero inevitable con el hábito de fumar de los demás. Cuando niño, incluso cuando joven, el recuerdo que tengo de las habitaciones donde fumaban mi padre y otros es de un humo denso, pero con olor a tabaco, incluso cuando el cuarto ya estaba desocupado. En cambio, basta con que esté cierto tiempo hoy al lado de alguien o de varios que fuman para que, un rato después, al sacarme un pulóver, por ejemplo, me invada, casi me asfixie, el puro olor hediondo, químico, de algo que parece plástico barato quemado. En casa, basta olvidarme de lavar un cenicero un poco cargado para que, horas después, al entrar al cuarto, me pegue en la nariz el mismo olor de­sagradable, cadavérico y violento.

Pero la idea de investigar realmente si algo cambió en la composición de ese invento tan típicamente norteamericano que es el cigarrillo, si pasó de un mayor porcentaje de tabaco real a un mayor porcentaje de productos químicos malolientes, tendría que relacionarse con algo emotivamente más intenso para mí que el tabaco. Me limité a través de los años a observar con cuidado, sin darme cuenta, los gestos rituales y medidos de los fumadores, que después empleé en un par de relatos con personajes que fuman. Una cosa es no fumar y otra no incluir escenas de fumadores, si se tiene en cuenta el alto rendimiento semiológico, poético y simbólico que se le puede sacar a los gestos con que el cuerpo y las manos manejan los cigarrillos, los fósforos, los encendedores. Me hubiera venido bien aprender y después ejercer yo mismo el arte de fumar para sentirme menos torpe, ante los pasajeros de los ascensores lejanos de los años juveniles. Por una parte, por suerte, no lo hice. Por otra, todo tiene su costo, incluso no fumar, aun no siendo fumador.

 

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