Cuento de Fernando Bermúdez: Como las visitas que tampoco vienen

El argentino Fernando Bermúdez forma parte del colectivo de escritores latinoamericanos afincados en Suecia. Es cofundador del grupo literario Estocolmo y autor de varios libros de narrativa que han sido premiados en España y Latinoamérica. Reside en Estocolmo desde 1995.
A modo de introducción a su obra, os recomiendo la lectura de su cuento largo “Como las visitas que tampoco vienen”.

 

Historia corta de Fernando Bermúdez: Como las visitas que tampoco vienen

Acostada a mi lado, mirando la televisión desde mi cama, hay una mujer. Una mujer joven y rubia que de tanto en tanto se arregla el cabello con la mano izquierda, me mira y me sonríe embarazada de cuatro meses. Una mujer con residuos adolescentes en la reiteración de sus asombros, en sus palabras que parten con una seguridad de tren expreso pero que se derriten sin embargo a medio metro de la boca y se depositan mansas sobre los muebles y las convicciones ajenas y acaban invariablemente en una sonrisa aprendida de memoria. Tiene los pies envueltos en un sweater gris; tiene esa conducta algo masculina de las mujeres hermosas; tiene entre el pulgar y el índice un cigarrillo que compartimos ayudados por un movimiento curvo de su mano derecha que lo lleva desde un origen impreciso cerca de su estómago hasta su boca o la mía, según el caso, sin dejar nunca de atender a la televisión; tiene, ya lo dije, un hijo de cuatro meses llevados sin edad adentro de su vientre. Pero no fui yo, yo no la toqué, hace ya catorce años que no toco a una mujer. Ella me cuida. Con la puntualidad de las malas noticias llega a mi departamento los martes, los jueves y los domingos a las seis de la tarde y no hace otra cosa que cuidarme hasta las doce; es su trabajo, y se llama Anna. Limpia mi casa, me hace un poco de comida entre ruidos de sartenes y bananas picadas y olores imprecisos y me baña, a veces salimos. No lo hace especialmente por mí, por todo eso le pagan. Catorce años y acabo de tener noticias de ella. No directamente por ella, no es que ella se haya sentado frente a una mesa al borde de la nostalgia y recordándome me haya escrito una carta amorosa o atorada de reproches o incluso indiferente. La mujer embarazada me acaba de contar, antes de dedicarse por completo a interesarse nada más que solamente por la televisión, que había sabido de Kristina, que Kristina estaba de nuevo aquí en Estocolmo, que iba a empezar a trabajar de nuevo, según parecía, en el servicio social.

Anna me mira –hay un pequeño intervalo comercial en el programa– y me sonríe en un extremo de la boca y me pregunta si es que necesito algo, un vaso de algo antes de comer y seguramente no deja de pensar en el sinsentido de Kristina sobre mí haciéndome el amor, desnuda, dulce en el fondo; un fantasma que durante algunos días la va a acompañar en cada circunstancia, propicia o no, que se le ofrezca a la asociación. Asombro quizás sea la palabra que mejor encaja esta noche en el dibujo de su expresión cuando mira mi cuerpo, se estará imaginando qué acrobacia habrá podido ensayar Kristina sobre mi inmovilidad, qué desatino se habrá enquistado en su orgullo para poder enamorarse de mí, también. Le digo que sí, que un whisky estaría bien, y que de paso vigile que la comida no se queme. Ella se levanta y camina como todas las embarazadas, como dando explicaciones por su lentitud y su cansancio infinito. Me pregunta casi desde la cocina si me trae el hielo aparte y le digo que no, que ponga dos trocitos en el vaso y que no se preocupe. Que acaba de terminar la pausa y ya está comenzando su programa.

Vuelve con movimientos de insecto, como desprendiéndose de las paredes del pasillo, los pasos y los ademanes más rápidos que cuando se fue y no se acuesta en la cama, se sienta y pone el vaso en mi mano derecha, la única que a duras penas se resigna a los caprichos de mi voluntad de animal móvil. Se sienta porque sería un suceso vecino del milagro que yo me llevara el vaso a la boca sin ayuda, y entonces ella debe estar pendiente de mi sed y ayudarme a pilotear el vaso hasta mis labios, inclinarlo en el ángulo preciso y esperar que se haya vaciado el líquido suficiente y volver a ayudarme a deshacer todo el esfuerzo y bajar el vaso hasta apoyarlo sobre el vientre. Ella bien podría tenerlo en su mano y darme de beber cada vez que yo se lo pidiera, pero sabe que prefiero sentir que al menos ejerzo mi poder de ser humano sobre el alcohol cotidiano y que ella sólo coopera conmigo para conducirlo sin errores. Ya lo sabe de sobra, hace más de un año que compartimos este pequeño enamoramiento mío de mentira, esta costumbre que apenas se transforma en un descenso imperceptible en los rincones de su boca cuando el trabajo es demasiado y la televisión queda distante y sorda, un año de idas y de vueltas y de comprendernos a fuerza de malentendidos y sobreentendidos y desentendimientos. Yo creo que entre otras palabras podría decirse que somos amigos, Anna y yo.

Mi mano izquierda es prácticamente inservible, no sólo porque tiene apenas fuerza y los dedos están agarrotados como un feto que no termina de nacer, sino también porque el brazo es un residuo blanco, insólito y transitorio, una serpiente de mármol blando y dócil que Dios olvidó a mi lado para que me acompañara en un silencio estúpido, rehén de su grosera inmovilidad; de ahí que duerma por lo general aliviada de maniobras en un costado de mi cuerpo, lejos de casi todas las cosas, de casi todos los sentimientos, incluso. El brazo derecho no, tiene la fuerza suficiente para mantener a una mujer abrazada y pedirle que no se desvanezca en la penumbra rectangular que dibuja la noche en la ventana, que juguemos a parecer un hombre y una mujer dormidos en la trastienda del placer conyugal y me haga sentir menos absolutamente solo, o que al menos no se evapore exactamente a las doce de la noche como una cenicienta y se quede un rato más y hablemos de rutinas cotidianas o de las historias más extraordinarias que se nos ocurran. Anna a veces se niega con toda la fuerza que le permiten el balanceo de la cabeza y sus veinticinco años; otras veces incluso acepta que la bese en el cuello mientras la rodeo con el brazo derecho y le pregunto si ella no quiere amarme porque mi cuerpo es así como es y porque las mujeres sólo quieren un hombre que les proporcione prestigio y seguridad y ella me dice que no, que simplemente no podría hacerlo porque es de otra persona de quien está enamorada y yo le creo, a veces no, pero le creo. Sin embargo hace ya tres meses que la abrazo únicamente, desde que supimos de su embarazo –los dos al mismo tiempo, el sobre con la esperada o inesperada noticia lo abrió en mi casa una noche de arroz blanco y ketchup y queso parmesano– y que estaba feliz de llevar a su hijo, de tenerlo y cuidarlo al cabo de unos meses progresivamente redondos y somnolientos. Hace ya tres meses que sólo le pido que se quede unos minutos más o que venga algún día a tomar un café fuera de los días de trabajo.

cuento de Fernando Bermúdez

Acabo de tomar un trago y entonces Anna me sonríe y regresa a su telenovela, una rara historia australiana que transcurre dentro de una cárcel de mujeres, donde las historias de amor son escasas y la traición es moneda corriente y la solidaridad también. Sé que en algún lugar entre proyectos de cambio de carácter, pronósticos de lotería y otras formas de la mentira, la imaginación de Anna compuso más de una vez la puesta en escena de acceder a mis propuestas y hacerme un hombre con mujer, pero que la desarmó y la dejó morir en un segundo, abriéndole paso a la próxima desmesura, a la fantasía de comprar en la farmacia más cercana la voluntad de dejar de fumar, a otra ilusión. No por repugnancia ni por un desprecio de mujer, sino por falta de amor y a causa de una lealtad inconsulta hacia el padre de su futuro hijo, al que ella llama contra su voluntad mi pareja o Göran, le gustaría tanto tener un apodo sólo suyo, para llamarlo así ella única en el mundo. Pero también sé que cuando a veces me mira y me sonríe está pensando cómo es posible que Kristina se haya enamorado de mí y me haya hecho el amor como una mujer que desea al hombre acostado junto a ella.

La miro ahora junto a mí y me parece ajeno el tiempo en el que cada palabra era un pretexto para conseguir de Anna una circunstancia de sexo, más errantes en la certeza de la memoria, por ejemplo, las ocasiones en las que intentaba lograr que se bañara conmigo, a veces mintiéndole sinceramente que así sería más fácil para ella, a veces confesándole en un tono grave y con la sonrisa más absurda que quería sentir su piel como ella sentía la mía, otras reprochándole que era injusto que ella estuviera vestida y yo desnudo. Nunca me dijo que sí, me miraba con un gesto de reproche resignado, como hubiera hecho con un chico que acababa de probar la cobertura de una torta con el dedo. Solamente una vez me bañó ella en ropa interior porque, dijo, debía ir luego directamente a una fiesta y no quería arruinarse la ropa y yo la miré tanto y le propuse tantas cosas que entonces nunca volvió a hacerlo y ahora mirándola pienso que quizás fue mejor, pero me gustaría decirle que con Kristina fue distinto, que yo jamás le había insinuado nada, que ella una noche mientras me bañaba, con una confianza muda y definitiva, empezó a masturbarme y que yo la miré y ella siguió y no dejó de hacerlo hasta que yo me cansé de sorprenderme y de pensar por qué una mujer tan hermosa estaba haciendo por su propia voluntad y por ningún dinero eso conmigo y me apliqué a disfrutarlo hasta el final; que ella me siguió lavando desentendida del pasado más inmediato y que después me llevó hasta la cama, me acostó y me dio un beso en la mejilla como de costumbre y que yo creí que ya no volvería a verla; decirle que pensé que la vergüenza u otra acepción del espanto le impediría volver a los dos días, que sentía que en algún tono de voz que no sé habría tenido que decirle cosas que no dije, que debía haberme comportado distinto, como un hombre. Me gustaría contarle que dos días después ella rehizo el camino hasta mi puerta y limpió la casa mientras en una paciencia larga me contaba una confusa serie de intrascendencias del día anterior y que después de bañarme me llevó hasta la cama y me hizo el amor tres veces, la primera vez con los ojos cerrados, la segunda mirándome a intervalos inconstantes, la tercera riéndose conmigo, liberados al absoluto descontrol de su respiración, a sus movimientos sin calma. Que esa noche, cerca de las tres, ella se recompuso de su desnudez y se fue pensando que yo dormía; que no pasó la noche conmigo, también, querría decirle.

*

Esta mañana me desperté con el estómago ácido. Se hizo enorme el día, entonces, y estaba solo. Pensé en Kristina en un momento; siempre, desde hace ya catorce años, pienso en ella en algún momento del día. No continuamente, no como una obsesión de hombre dedicado a la nostalgia, sólo un momento y no porque algo me la traiga, el perfume de Anna, el cielo recién oscurecido, la paciencia de las seis de la tarde, sólo viene. Viene como vino un día y dijo me llamo Kristina y soy nueva en esto, es mi primer día de trabajo y espero que me disculpe si hago mal alguna cosa así que le ruego que me ayude los primeros días. Viene como un día vino, tiempo después, con los ojos rojos, con los ojos negros debajo de los ojos y me dijo que acababa de abandonar a su novio, que de algún modo estaba triste por haberlo hecho pero que quería estar conmigo solamente. Tenía el estómago ácido también ese día pero no se lo dije porque decidí que yo debía sufrir también con ella, que debía ponerle un límite a la alegría, al increíble azul de la alegría, y no hicimos el amor esa noche, se acostó a mi lado y durmió hasta el otro día. Viene como las visitas que tampoco vienen y se sienta en mi memoria y yo repaso con ella ahí sentada todo un día entero de los que estuvimos juntos. Olvidar un detalle es una catástrofe presentida e inevitable; el infierno es el día en el que los dos años que compartimos se concentren en el ínfimo cruce de una cara borrosa y un nombre imborrable, en un punto de fuga sin el paisaje consabido. Repaso los detalles entonces cuando cada día viene y se sienta en mi memoria y es más real que Anna sentada a mi lado ayudando al vaso de whisky a terminar en mi estómago ácido.

Pienso que el alcohol va a empeorar mi próxima mañana pero intento no quejarme, aunque a veces soy tan ácido como mi estómago y esos días el mundo es la casa central del infierno y Anna me escucha y yo sé que se va más triste de lo que llega. Ella casi no se queja, sí de la espalda pero no lo dice, sugiere que yo debería perder algunos kilos y entiendo que es porque ella tiene que cargarlos de la cama a la silla de ruedas, de la silla al baño, y a veces una vuelta por esta ciudad tan de subidas y bajadas, tan poco amable con la espalda de una mujer embarazada de cuatro meses. Es su cumpleaños, hoy, y yo hice comprar una botella de champagne que ella seguramente ya habrá visto pero no dijo nada, dejándome la alegría de una sorpresa que los dos sabemos falsa. Un regalo, también, tengo para ella.

*

La telenovela terminó y escucho a Anna en la cocina en un alboroto de ollas y cubiertos. Es como si intencionalmente hiciera más ruido que el necesario para que yo no me piense solo en toda la casa en los momentos en que ella no está algebraicamente a mi lado. Pero también porque su comida únicamente podría surgir de un sonido equívoco y confuso. Y no porque me trate displicentemente o piense que un hombre como yo no puede apreciar la sutileza de un matiz. Ella come conmigo y lo disfruta, y descuento que sus almuerzos diarios no difieren en el más mínimo detalle de lo que suele prepararnos. A veces cenamos sandwiches de banana y curry, otras leche cuajada con tomates, almendras, ajíes amarillos y pequeños trozos de carne. La escucho inventando en la cocina y no puedo dejar de pensar que quizás Kristina se habría sentido amputando la culpa de algún pecado, y por eso las comidas a horario, los cuidados exagerados y su comprensión universal, su ilimitada comprensión, su paciencia. Que aquella primera noche mientras me bañaba o el hacerme el amor como una posesa como si mi cuerpo fuera el del hombre más deseable de la Tierra o haber dejado a su hombre y haberse mudado conmigo era quizás el claustro en el que se había retirado por el hecho mismo de haber vivido veinticinco años sin saber que yo o que hombres como yo existíamos de la manera en la que lo hacemos. Anna no, ella hace su trabajo y nuestra relación es la que podría haber mantenido con cualquier compañero de oficina.

La escucho concebir una comida nueva y recuerdo que es su cumpleaños y me dispongo entonces a toda la extensión del asombro. Me pregunto si Anna podría haber accedido a algo si Göran no hubiera existido. Me pregunto si es que amé realmente a Kristina o accedí a que me amara como una hierba eficaz contra la locura. Me pregunto si su deseo desesperado de practicar el sexo conmigo y sus modos de esposa fiel y cuidadosa no eran la máscara de la culpa de quien demasiado tarde se da cuenta de su privilegio de mujer sana, libre, móvil. Me pregunto y Anna vuelve con un enorme puré de algo plagado de uvas pasas y avellanas y castañas, seguramente algo aproximado a su idea de una comida sofisticada. Trae una botella también de vino tinto y yo le digo que hice comprar champagne para su cumpleaños y me contesta que el champagne lo usó para el puré, que vamos a tomar vino tinto, que hoy es su cumpleaños y que ella decide. Yo sonrío, ella también; hoy no voy a hablarle del infierno de vivir en un mundo de personas móviles, ése también va a ser mi regalo.

*

Anna me está dando de comer y está muy alegre. Me habla de Göran, de su hija que va a llamarse Laia, de Göran que siente que está cometiendo incesto cuando le hace el amor, esas cosas. Le digo que es un bonito nombre, Laia, que suena como una lluvia corta, como un billete de cien coronas, como un dibujo que vi hace mucho tiempo de un pintor que sólo dibujaba con los ojos cerrados, como un cordero que duerme a la sombra de un árbol y respira miles de moléculas y no lo sabe. Para ella suena como una campana, dice Anna, como la campana de una iglesia en España, pero que tal vez tenga demasiadas vocales. Kristina tomaba pastillas, no quería un hijo mío aunque nunca lo haya dicho así, con esas palabras, con la boca. Las tomaba cada mañana, acostada a mi lado; era lo primero de lo que no se olvidaba al despertarse. Después preparaba mi desayuno y me hacía el amor, a veces el orden era el inverso. Ella las tomaba desde antes, me había dicho; no quería tener hijos, eso era todo. Yo lo deseaba con una profundidad de alma, pero no lo decía; trataba de ahorrar cada contingencia que pudiera acabar en una discusión, en una distancia. Ella era mi diosa y eso estaba claro. Pero después de aquella noche atroz yo también empecé a no quererlo, a sentir que no sabría qué hacer con un hijo mío, cómo comportarme como un hombre con él, como un padre. Sería en todo caso un hijo de ella, no mío, y yo podría mirarlo desde la cama y abrazarlo sólo cuando él quisiera acercarse y ponerse en el radio de alcance de mi brazo derecho. Sería entonces una caricia de él, él decidiría el ritmo de nuestros encuentros y de nuestros abrazos y de nuestras separaciones apenas pudiera confiarse a sus propios y pequeños pies. O tal vez todo esto lo pensé mucho después, o es el recuerdo de un presagio que en su momento no entendí o no tuve, para no morir con el cuerpo la tarde que ella volvió del hospital, vacía, con otra muerte en el bolsillo derecho, la de mi entusiasmo.

*

Siento un ruido en la cocina y le pregunto a Anna si cerró la puerta de entrada con llave, si las ventanas están todas cerradas. Ella me dice que sí, me mira con un gesto exagerado de comprensión y me dice que no me preocupe, que todo está más herméticamente cerrado que un frasco de mermelada antes de abrirlo por primera vez y yo me río, pero ella no sabe. No sabe que una noche Kristina y yo estábamos hablando, entre silencio y silencio, de cosas sin importancia, como si esa fuera a ser cualquier otra noche y no ésa y sonó el timbre. Ella fue a abrir la puerta y no preguntó quién era porque la desconfianza únicamente habitaba fuera del exilio mutuo de nuestro departamento, también porque supuso, los dos lo habíamos hecho, que sería algún vecino envuelto en pantuflas de piel y frases corteses necesitado de ayuda; Kristina era enfermera y de vez en cuando alguien tocaba la puerta para que ella le aplicara una inyección en el mismo centro de la noche nevada o le indicara la frecuencia adecuada de cierto medicamento. Ella fue a abrir la puerta y en un primer momento no se escuchó nada, o no puse atención porque ninguna novedad tenía la trascendencia de Kristina recién mudada a mi departamento, después sí y era una voz profunda que había venido a pedirle que volviera con él. Hacía dos semanas que lo había dejado y él le confesaba que estaba terriblemente triste y quería, le rogaba que volviera con él a casa. Ella le dijo que no, que ya habían hablado y que había sido sincera con él, que le parecía de muy mal gusto que hubiera venido a esta casa a decirle lo que le estaba diciendo. Yo desde la cama grité si todo estaba bien, si necesitaba algo. Kristina me dijo que no, que no había ningún problema y entonces le dijo que lo quería mucho pero que estaba enamorada de otra persona. Yo escuché el sobresalto de su risa y su voz como un cachetazo diciendo que yo no era una persona, que ella no podía estar enamorada de mí, que tenía que haber otro motivo, que seguramente había otro hombre y ella le dijo que no, que absolutamente no, que ellos ya habían hablado muy claro y que no quería volver a tener una escena como aquella. Entonces él comenzó a gritar y a decirle puta y que ella no iba a dejarlo a él por un inválido, que ella no sabía lo que estaba haciendo y repetía la palabra inválido cada dos oraciones y ella le pedía que se fuera, que por favor se fuera porque lo que él estaba haciendo no era sino empeorar las cosas. Yo era un silencio minucioso y la discusión de ellos en el living fue desmesurándose y él le decía cosas terribles y ella sólo le pedía que se fuera, que la dejara tranquila, que nos dejara tranquilos. Yo no me atreví a hablar desde la inmovilidad de mi cama, Kristina era la única que podía cumplir una amenaza. Pensaba frases que gritarle pero todas chocaban contra el escándalo de mi cuerpo y de mi situación y contra el eco de la palabra inválido gritada hasta la náusea en la otra habitación. Entonces le pegó, escuché que le pegó y que después lo volvió a hacer y que ella le pedía que no lo hiciera más, que la dejara, y apretado contra el exilio de mi cama sentí que era yo el que estaba castigando su abandono, que milagrosamente mi cuerpo había tomado otra forma, otra fuerza y que era mi mano la que se levantaba y le pegaba, primero abierta, después cerrada, muy fuerte, en la cara.

Aparecieron los dos en la habitación, él la tenía tomada del pelo y le pedía que le jurara que ella estaba enamorada de esa cosa. Ella le rogaba que la soltara, que nos dejara. Le pidió que me besara, que me besara como lo había besado antes a él. Él estaba loco, le decía Kristina, completamente loco. Que si me besaba, que si lo convencía de que realmente me amaba él se iría, dijo. Kristina lo miró y no dijo nada, él la había soltado y parecía más sereno. Que se fuera, le pidió ella, por favor. Un beso nada más. Ella dudó. Un beso como los que me daba y él se iría. Ella dudó un poco más. Él lo juraba, se iría. Entonces se acercó despacio y me besó. Yo no cerré los ojos y pude ver que ella tampoco. Un beso breve, como los que algunos padres practican con sus hijos mientras ellos lo permiten. Él dijo más, que me besara más; ella lo hizo. Me besó de un modo elástico, y olía a cigarrillo y a torta de manzanas. Tampoco esa vez cerré los ojos y entonces fue claro que ella comenzaba a llorar sin un sonido, presintiendo. Él dijo una sola palabra, cogelo, dijo, y ella lo miró y movió la cabeza transportando horizontalmente los labios hundidos en las puntas, profundos, la única expresión del sufrimiento. Que no, que no lo haría, que la humillación conocía el límite de la vergüenza, que jamás volvería con él, que los insultos se rompían apenas vomitados por su boca; todo eso dijo en un silencio largo, moviendo solamente la cabeza y sin dejar de mirarlo.

Si ella no quería cogerme a mí, él sí se lo iba a hacer a ella, dijo, para que yo supiera cómo se hacía, para que yo lo viera. Ella se defendió, pero ningún grito, tampoco yo grité; el sonido era él diciendo puta, repitiéndolo, y el color que el invierno redondeaba en el techo a esa hora de la noche. También el llanto silencioso de Kristina, el llanto que no era de dolor sino de amargura por el tamaño de noche que aún restaba, por los presagios que ensordecían desde un lenguaje quieto en la garganta. Él le hizo cosas terribles, sucias, cosas que yo jamás hubiera podido hacer, mientras relataba minuciosamente y por adelantado cada perversión, cada caricia. En el primer momento creí que sus palabras tenían el destino de mi humillación, que quería exponerlas al tamaño del dormitorio para que así ensanchadas destrozaran mis oídos y la absurda pasión de Kristina por un hombre a mitad de camino como yo. Después entendí que no hablaba para nadie, ni siquiera para el mínimo eco de una habitación de cuatro metros por tres y medio, que las palabras eran una mera constatación de lo que estaba ocurriendo, para que él pudiera saber luego en su recuerdo que esa noche verdaderamente había ocurrido alguna vez, para fijar la escena.

Yo los miraba obsesivamente mientras él destrozaba cada una de las dulzuras que yo había construido pasivamente en el cuerpo de Kristina; ella revoleaba la mirada por toda la geometría del cuarto al ritmo de su llanto ya seco; él estaba ciego. Pero en un momento, no podría decir cuándo ni lo que en ese momento estaba sucediendo, la atención de mi mirada y la de Kristina quedaron enjauladas en un mismo punto, el aparejo con el que ella me levantaba cada mañana de la cama y me dejaba suspendido en el aire para llevarme a la silla de ruedas y a los paseos largos del final del verano y al viento preciso de la tarde. Sentí que la escena entera cedía su importancia, que la terrible violación era un detalle, un motivo para que los dos pudiéramos observar al mismo tiempo, como en un orgasmo simultáneo, el conjunto de engranajes, las tiras de cuero que solían sostenerme en el aire en un equilibrio precario, los rieles en el techo, el desamparo. Ya no existiría otra cosa por el resto de la noche que nuestra condición perversa, el deterioro y la espontaneidad de los treinta centímetros de nieve del otro lado de la puerta de calle.

No sé cuánto duró todo, el tiempo que él tomó para recomponer su aspecto de hombre vestido con toda la ropa de una noche de invierno, no sé tampoco en qué momento cruzó el punto que Kristina y yo mirábamos y abandonó el departamento, todavía ciego quizás, seguramente confuso. Sé que ella se duchó porque las mujeres lo hacen siempre después de ser violadas o infieles. Como un rito, como un cigarrillo pacífico en la cama después del amor; pero ella no sabe, Anna no sabe todo esto y yo no se lo cuento, entonces ella me mira comprensivamente y me dice que todo está cerrado y que ningún ladrón va a venir a robar mi inmensa fortuna y yo me río.

*

Terminamos de comer, y volvemos a brindar con vino tinto. Anna, con un sonido imposible de escribir, con algo que alude de lejos a una sonrisa y a una sorpresa esperada y seca, se sacude los últimos restos de alegría de un cumpleaños festejado apenas. Entonces le digo que abra el cajón de la mesa de luz, que saque un pequeño paquete rojo que dice Anna, que es mi regalo de cumpleaños. Ella repite la sonrisa sonora, rodea la cama como la luz de un coche lento que pasara del otro lado de la ventana del cuarto y abre demasiado el cajón, como añadiéndole volumen al obsequio, exagerando el agradecimiento por algo que obviamente yo me limité a encargar a otra persona. Se queda mirando el envoltorio rojo, lee las letras de su nombre, un nombre que puede leerse en ambas direcciones, fácil a las líneas de la boca, con la misma cantidad de vocales y de consonantes, un nombre esférico, escrito sobre un papel muy rojo y ella dice Anna lo más lento que puede pronunciarse, un nombre de ida y vuelta, embarazado.

Todo vuelve, pienso, como si los recuerdos, como si las sensaciones de los recuerdos no permanecieran espolvoreadas en algún lugar del cerebro sino que emigraran de nuestros sentidos hacia la tarde o la noche, según el caso, pero volvieran obsesivas, atraídas por una fuerza de gravedad, como cometas precisos, como el dibujo de un átomo, como Kristina que es un nombre sin retorno y sin embargo está de nuevo en Estocolmo y según parece va a volver a trabajar en el servicio social. Le calculo la edad, ahora cuarenta, en dos meses uno más, trato de sumarle las arrugas necesarias, algunos pelos grises, los pechos más abajo, la distancia.

Me pregunto –me lo pregunté siempre y no voy a encontrar ahora una explicación diferente– por qué no gritamos esa noche, por qué no abrí la puerta del departamento con el botón que tengo junto a mi mano derecha y grité, convocando quizás a algún vecino envuelto en las mismas pantuflas y las mismas buenas intenciones. Las respuestas son dos y construidas mucho después y por lo tanto aparentes, falsas, provisorias. Una es que resultaba menos terrible la violación que la vergüenza de que alguien ajeno asistiera a la escena y comprobara la absoluta imposibilidad de mi carne, que yo no habría podido soportar que la humillación traspasara la puerta cancel y se instalara en las habladurías de pasillo, en los saludos frente al ascensor, en las reuniones de consorcio. La segunda no suelo ni siquiera repetírmela a mí mismo.

Anna termina de deshacer el envoltorio rojo y abre el regalo y en algún lugar de sus gestos parece gustarle. En el catálogo de sus ademanes aprendidos, el que ahora le dedica al colgante es, podría decirse, de aprobación, de una sorpresa más plena, de una buena noticia. Le explico que es un amuleto vikingo, que el pedazo agudo de metal engarzado en el centro es algo que quedó atorado en mi garganta hace mucho tiempo cuando comía un pedazo de carne, que tuve que ir al hospital para que me lo extrajeran. Fue en el almuerzo al día siguiente de la violación. Kristina se había acostado a mi lado sin una palabra, con una mueca inmóvil, cóncava y dolorosa, tal vez habría dormido, tal vez ya había sido suficiente pesadilla para una sola noche y de ahí que haya hecho guardia con los ojos cerrados y despierta. Algo que ya no puede saberse. Llegó el amanecer nublado y tardío por las ranuras de la ventana y me desperté solo, con el mes de diciembre alrededor, acostumbrado ya a mirar el invierno con los ojos entornados y a la promesa de pan tostado y café. Kristina llegó apenas después, hacia las nueve, con un aire definitivo y los gestos más duros y pausados y la noticia de que había denunciado a Anders cuando todavía era de noche, que la policía iba a detenerlo en cuestión de minutos. La crueldad de la noche anterior se había refugiado en la constancia de sus ojos, en una velocidad distinta en las palabras, en el polvo urbano sobre los muebles, en el desconsuelo. Después invernó el resto de la mañana en la cocina, entre ruidos de cebollas picadas y primeros hervores, entre circunstancias de carne, dispuesta a hacerse entender por indicios, a distancia, fuera del lenguaje. Más tarde, pasado el mediodía, puso un solo plato frente a mí, ella ya había almorzado mientras cocinaba, dijo. Las paredes se habían acercado perceptiblemente, la habitación había perdido el tamaño entero de la serenidad y no había sitio para otro objeto que nosotros dos, el plato de carne y la tristeza. Por eso el primer dolor agudo en la garganta lo interpreté como un asalto puntual de la congoja, como el inicio de un llanto que no había tenido. Después, toda una confusión y los dedos de Kristina adentro de mi boca y el ahogo y el hospital y el pequeño trofeo. Pero todo esto no se lo digo a Anna, le digo solamente que el pedazo de metal engarzado en el centro del colgante es algo que quedó atorado en mi garganta hace mucho tiempo mientras comía un pedazo de carne, que fue en el hospital donde me lo extrajeron.

*

Son casi las doce y le pido a Anna que se quede algo más tarde esta noche, que la necesito. La miro y reconozco ese matiz preciso de compasión que sólo un desdichado puede percibir en la expresión ajena: la profundización de una línea famélica en los costados de la boca, las pupilas apenas más transparentes y flojas, la cabeza dos o tres grados escorada a estribor. Duda pero no se niega y sé que el silencio significa algunos minutos de gracia, la soledad restringida más adentro de la madrugada. Calculo que se quedará hasta las doce y media y me juego una apuesta silenciosa con otro yo que siempre acude diligente para estos quehaceres. Quizás me pida a cambio algún detalle de Kristina, algún relato que le calme las hormigas en todo el cuerpo por saber. Podría contarle por ejemplo que el juicio fue sencillo, porque en las violaciones no suele haber testigos ni es común que se conozca el nombre y la dirección del agresor, que Anders pasó dos años en una cárcel cerca de Estocolmo, los dos años que pasamos juntos, Kristina y yo.
Dos años en los que el tiempo iba enhebrándose a sí mismo entre conversaciones, comidas a horario, silencios enormes y todo el sexo que pudimos. Los días variaban la trama pero mantenían en líneas generales el desenlace, los supuestos se preservaban para el próximo episodio, como en la serie de televisión de Anna. Nunca ninguno de los dos podía morir, completábamos cada capítulo lo suficientemente ilesos como para comenzar otra historia con los mismos postulados, con un estilo regular. Después ella se inmovilizaba para dormir, a un punto en el que era imposible saber si respiraba; a veces la perturbación de una pesadilla la traía de nuevo al mundo momentáneamente para volver a suministrarse dócil a la muerte, a una distancia lisa que se quebraba cerca de las siete y media de la mañana, a veces más tarde.

También podría contarle que otra vez era enero y la nieve estaba quieta afuera y se olía el calor y la estufa como una verificación del invierno. Kristina había entrado poco al dormitorio en todo el día, o mejor dicho, había entrado muchas veces y había salido otras tantas, y había pasado la mayor parte del tiempo más allá de la puerta exagerando el orden interno, repasando lo indudablemente limpio, dibujando una filigrana difícil alrededor de las cosas, poniendo en el espacio una pregunta o una decisión. Después entró por última vez y dijo que estaba embarazada, que se había equivocado con las píldoras y que estaba embarazada. Yo no supe si ocultar mi alegría o exagerar mi displacer, ambas actitudes habrían sonado falsas y medidas y disparatadas; no dije nada, entonces: escuché. Pero ella no volvió a hablar y se hundió en un edredón de plumas y en un programa de televisión y en la nostalgia. En un momento dejó de moverse y más tarde amaneció y más tarde un café.

De ese día no recuerdo más que el tamaño de la soledad y las sombras que se movían en la pared como una ceniza lenta. Al anochecer volvió del hospital y dijo que se lo había sacado, que apenas había salido de la anestesia, que estaba agotada y que iba a dormir hasta el otro día, según creía. Sentí que alguna clase de rito se había consumado, que se me había asesinado a un costado de mi cuerpo, que había copulado con la abeja reina y que había sido devorado en un cadáver vicario. A partir de ese día no fuimos más una pareja sino el recipiente de las mutuas razones para seguir juntos. De alguna manera esperábamos en compañía del otro el fin de la sentencia, el día en el que Anders saliera de la cárcel y resolviera qué disculpa podría dedicarnos, qué perdón o revancha. Eludíamos el tema con una destreza de estadista, hacíamos un equilibrio precario en cornisas al borde de la certidumbre, nos hablábamos con un hueco en el bolsillo, esperábamos. A pesar de todo, un día, como una metáfora de todo lo demás, nos confesamos el miedo a la venganza, a Anders entrando otra vez por esta puerta, esos fantasmas. Las peores catástrofes se deciden siempre de común acuerdo y nadie es inocente. Nos convencimos de que la mejor conducta sería que ella se convirtiera a la vez en espía y contraespía, que se acercara a visitarlo periódicamente, cada mes o dos meses, digamos, y que intuyera entre las ropas de convicto su propósito, que además disipara con sus visitas el hambre de desquite. Podría contarle a Anna cosas como éstas, pero sólo a cambio de minutos. Para ganar tiempo y escaparle a la muerte, como Scheherezade, para arrinconar la soledad más allá de las doce, de la calabaza y el zapato de cristal.

Anna me pregunta si estoy triste, si me afectó escuchar el nombre de Kristina y le miento que sí para atraparla, para tejerle una duda alrededor de las doce y obligarla a la necesidad de preguntarme y de quedarse a oír, sentada en la cama, un fragmento de la historia. Solamente un fragmento, más allá de las doce. Quiere saber si la extraño y al costado de la pregunta sitúo la que no hace: por qué nos separamos, si ella me dejó o yo no quise más tenerla.

Me obligo a un tono grave y le cuento que había un cielo de invierno, como ahora, con nubes y las calles llenas de nieve y esa falta de insectos y de sonidos que por lo general son una mutua consecuencia y que todos eran elementos con los que se podía construir una melancolía. Hacía algo más de dos años que estábamos juntos y no particularmente felices ni desdichados ese día. Un día más, le digo, un día que había comenzado alrededor de un café y algunos cigarrillos. Sin un gesto que hubiese podido funcionar como presagio. No habíamos hablado del futuro, eso sí, pero lo hacíamos poco. Entonces interrumpo y le pido a Anna un último whisky, un cigarrillo. En su expresión se construye un desconcierto pero no el tedio indiscutible en los extremos de la boca, no el apuro de hundirse en las solapas del abrigo y en la esperanza de no perder el último ómnibus, nada más que la necesidad de escuchar el final de la historia; del fragmento, aunque ella no lo sabe. Me resigno a una victoria imperceptible y ella con una prisa de comadre curiosa va hasta la cocina y vuelve guiñándole los ojos al humo que vamos a compartir unos minutos más y se recuesta en el lado vacío de mi cama y me va a ayudar con el trayecto del vaso. Le digo que su ex-novio estaba en la cárcel y me apuro con la frase siguiente para que no me pregunte por qué, para que sienta que ya fueron demasiadas preguntas para un solo cigarrillo, y entonces le digo que era el mediodía y habíamos almorzado, nada especial, una comida que no recuerdo, puede haber sido pollo y que después de un silencio ella me dijo que esa tarde Anders saldría de la cárcel y que ella lo iría a buscar en su auto pero que no volvería, que ya no volvería. Kristina miró mi desconfianza, le digo, miró mi forma de quedarme quieto para que la farsa pudiera explotar a su antojo, con una escena de llantos y súplicas o con el urbanismo alojado en los buenos deseos. Sin embargo le pedí la simplicidad de un abrazo, un abrazo que no me dio, sigo diciéndole, sólo se despidió con un tono sorprendentemente vacío de afectación, un adiós dicho como cualquier otra palabra y se dio vuelta y salió de este departamento y de Estocolmo y del país según entiendo.

Anna me ayuda con el último trago de whisky y me pregunta cuánto la amaba; le respondo que mucho menos que ella a mí, y me permito la probable mentira porque está ya fuera del relato y me permite intrigarla aún más; ella me autoriza un abrazo, un abrazo largo antes de irse, el mismo que supone que Kristina tuvo el privilegio de negarme, pero Anna va a volver en dos días a cuidarme, pienso, a cuidarme y a atreverse a preguntarme un poco más y a escuchar mis historias minuciosas, hinchadas de secretos, de a ratos demasiado increíbles. Y no es sólo para que se quede unos minutos de más, yo lo sé. Porque no le cuento a ella, para ella; cuento para mí mismo, para nadie, para no olvidar los itinerarios de mi propia historia, para pulir detalles pertinentes, para embellecerme, para tal vez enfrentar un día de estos a Kristina, de vuelta en Estocolmo y al parecer trabajando de nuevo en el servicio social. Son las doce y media en punto y un triunfo inservible me eleva apenas las puntas de los labios.

 

Fernando Bermúdez (Buenos Aires, 1962) es escritor y profesor universitario. Cofundador del grupo literario Estocolmo, ha publicado: Blomma (1994), La mitad del doble (1996), La verdadera historia de Hugo Talmann, muerto en New York (1997), Mapa mundi (1998), Fin de cuentas (1999). Ha sido traducido al francés y al italiano. Su obra mereció el Premio Julio Cortázar en Argentina en 1994, el Juan Rulfo en París en 1997 y el Martos en España en 1998. Reside en Estocolmo desde 1995.

 

 

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