Cuento de Francisco Rodríguez Criado: Ladridos

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“Inesperadamente un hombre, también desnudo, hizo su entrada en el sueño; corría e iba armado con un machete. Los perros, al olisquear la presencia humana, se giraron hacia él y salieron instintivamente en su caza. El hombre no se atrevió a hacerles frente y emprendió la huida. Los ladridos eran cada vez más insistentes”.

 

LADRIDOS

Francisco Rodríguez Criado

(cuento)

Abrió la puerta y caminó sigilosamente por el pasillo hasta la habitación. Ella dormía ya. Conteniendo la respiración, se quitó la ropa y se acostó a su lado, evitando el roce. Al poco se quedó transpuesto.

Una hora después le despertaron los empujones de su mujer, que se estremecía y farfullaba palabras incoherentes. Parecía tan indefensa… La miró y sintió frío pese a los calores del verano. Entonces se arrimó sin miedo, pasó con delicadeza una mano por su frente, acarició su pelo y le susurró palabras agradables al oído. Y en ese instante, al contacto de su piel, adivinó su pesadilla. Es más, la vio. El pelo alborotado, desnuda, muy delgada, el rostro desencajado, arrinconada al fondo de lo que parecía un oscuro callejón sin salida, acosada por varios perros feroces que, amenazantes, ladraban y enseñaban con obstinación sus colmillos afilados… Trataba de gritar, pero el terror oprimía su garganta. Inesperadamente un hombre, también desnudo, hizo su entrada en el sueño; corría e iba armado con un machete. Los perros, al olisquear la presencia humana, se giraron hacia él y salieron instintivamente en su caza. El hombre no se atrevió a hacerles frente y emprendió la huida. Los ladridos eran cada vez más insistentes.

Ella despertó entre sudores, interrumpiendo de esa forma el sueño que los había unido por un instante. El rostro desencajado, el pelo alborotado, desnuda. 

-No pasa nada –dijo él, tranquilizador-. Todo ha sido una pesadilla.  

Ella le miró sin reconocerle, como ausente.  

Una vez repuesta, se explicó entre sollozos:  

-Estaba soñando que varios perros te perseguían. Iban a matarte… Y yo no podía hacer nada…  

-No te preocupes… tan sólo era un sueño –dijo él-. Ya pasó todo. Ahora descansa.  

La habitación olía a perfume desconocido.  

Ella le miró a los ojos.  

-¿Vas a huir? –preguntó.  

-¿Huir, yo? ¡No! –dijo él con falsa seguridad. Y sonrió para que la pregunta pareciese estúpida.

-¿Seguro?

 -Te lo prometo –añadió sin ser aún consciente de que mentía.  

Ella lo estrechó con ímpetu entre sus brazos, temerosa de que pudiese escapar. Y por miedo al silencio se puso a hablar y a hablar, empujándose hacia el olvido. Pero él ya no la escuchaba. Impasible, con los pensamientos lejos de aquellas cuatro paredes, se limitó a cerrar la ventana en un vano intento de acallar los reproches de la noche.

 

(Relato publicado en Siete minutos, La Bolsa de Pipas, 2003)

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